CAPÍTULO 4 El desconocido

Ofelia se levantó y se quedó unos segundos mirando por la ventana. El silencio ya no dolía como antes. Dolía distinto. Más afilado y lúcido. La verdad, ella pensó que ese día era mejor no haberse levantado. Pero bueno, ya estaba. Había descubierto una verdad que en sí le dolía, pero ahora lo único que quería era vengarse.

Y lo que se le ocurrió era lo que quería hacer. Estaba segura. No le importaba quién iba a ser el susodicho, pero ella se iba a casar sí o sí antes que Luis, y lo iba a dejar en ridículo.

Fue hasta el dormitorio y abrió el ropero. Movió perchas, corrió vestidos que había usado varias veces, prendas neutras, seguras, esas que Luis aprobaba sin entusiasmo pero sin quejarse. Y entonces lo vio.

El vestido rojo.

Lo había diseñado hacía más de un año. Terminó el vestido una noche de insomnio, cuando todavía creía que su vida iba en la dirección correcta. Lo había guardado ahí, cubierto con una funda, como si fuera un pecado. Luis no lo había visto nunca. A Luis no le gustaban los vestidos rojos. “Muy llamativo”, decía. “Muy provocador”, decía cuando veía a alguna mujer vestida así.

Ahora lo entendía. Le gustaba el negro. Le gustaban las viudas.

Ofelia nunca discutía. Por eso, el día que lo escuchó hablar así de las mujeres vestidas de rojo, no se lo puso y lo guardó.

Lo sacó despacio.

La tela cayó pesada entre sus manos. Elegante. Firme. No gritaba, pero tampoco pedía permiso. Se lo probó frente al espejo. El escote justo, la caída perfecta, la espalda marcada. Era ella. No la versión recortada. No la mujer que pedía aprobación. Era la Ofelia Bentancur completa.

—Para vos no —murmuró, pensando en Luis—. Para mí.

Se maquilló. Se recogió el pelo de una forma distinta. Se miró una última vez antes de salir y sintió algo nuevo en su corazón. Determinación.

Lisandro miró el reloj del auto por tercera vez.

21:17.

—Genial —murmuró, golpeando el volante con los dedos.

El tráfico era imposible. Había salido con tiempo, pero la ciudad parecía empeñada en probar la paciencia. No sabía por qué le importaba tanto llegar puntual. No solía hacerlo en ese tipo de citas. Todas le daban igual. Las reuniones con amigos, igual. Menos las reuniones de trabajo, que eran lo único que le importaba.

Pero esa noche no.

Miró el celular. Había escrito.

Estoy un poco retrasado.

Tráfico.

Llego enseguida.

No obtuvo respuesta.

—Bueno —se dijo—. Mejor.

No sabía por qué, pero prefería no hablar demasiado antes de verla. Si es que la veía. Una mujer con un avatar de hilo y aguja. Una desconocida que, sin saberlo, podía ser su salvación… o su problema.

Llegó al bar Cronos a las 21:30.

Ofelia estaba sentada en la barra desde hacía quince minutos.

Al principio miró el reloj con paciencia. Después con inquietud. Luego con fastidio. Revisó el celular por costumbre… y se dio cuenta.

No tenía los datos encendidos.

Había salido apurada. No había abierto la app desde casa. Mi visto ningún mensaje. Recién cuando pidió una copa y el bartender le dio la clave del Wi-Fi, el teléfono vibró de golpe, como si se despertara de un coma.

Tres mensajes.

Estoy un poco retrasado.

Tráfico.

Llego enseguida.

Ofelia soltó el aire despacio.

—Perfecto —murmuró—. Justo lo que necesitaba.

Apoyó el celular boca abajo y dio un sorbo a la copa. No se iba a ir todavía; si no llegaba, se iba a tomar unas copas, después de todo.

Fue entonces cuando los notó.

Tres hombres. Bastante ruidosos. Borrachos. Demasiado cerca.

Al principio no les prestó atención. Después uno habló.

—Eh… linda noche, ¿no?

Ofelia no respondió.

—Digo, para tomar algo acompañada —insistió otro, acercándose más de lo necesario.

—No estoy interesada —dijo ella, firme.

Rieron.

—Vamos, Caperucita Roja, no te hagas la difícil.

El tercero apoyó una mano en la barra, cerrándole el espacio.

Ofelia sintió cómo el pulso le subía. Miró alrededor. El bar estaba lleno, pero nadie miraba. Nadie quería problemas.

—Correte —dijo, sin alzar la voz.

—Uh, qué carácter —dijo uno—. No sos buena como Caperucita. Eso me gusta. Así te dejás comer por el lobo.

La mano rozó su brazo.

Ahí el miedo apareció. No paralizante, pero real. Recordó a su madre. No te calles. Vos gritá. Estaba a punto de hacerlo.

Pero antes de que pudiera reaccionar, una sombra se interpuso.

—¿Hay algún problema?

La voz era grave. Controlada.

Ofelia levantó la vista.

El hombre era alto. Imponente. Hombros anchos. Mandíbula dura. No parecía borracho ni dudaba.

—Estamos charlando con la rojita —dijo uno de los tipos.

—No —respondió el desconocido—. La están molestando.

—¿Y vos quién sos?

El hombre no respondió con palabras.

El movimiento fue rápido. Preciso. Uno contra la barra. Otro al piso. El tercero retrocedió, confundido, antes de recibir un golpe seco que lo dejó sin aire.

—Fuera —dijo el hombre—. Ahora.

El trío se ayudó a levantarse como pudo. Se fueron.

El bar seguía respirando como si nada.

Ofelia se quedó quieta, temblando.

—¿Estás bien? —preguntó él, mirándola ahora.

Ella asintió, sin voz.

—Gracias —dijo al fin—. Yo… gracias.

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labligHay q emoción jajaja ya veo la hora en q los otros 2 se den cuenta quien es Ofelia en realidad jajaja Me encantan tus historias son emocionantes ;) Cuando nos regalas 2parte de “amor a la carta”
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