Si Luis Fernández y Natalia Piriz creían que, ante esa crisis, la vergüenza iba a caer sobre la familia de Ofelia, estaban profundamente equivocados. La familia de Ofelia —al menos su madre— estaría feliz de que por fin había dejado a Luis. Si alguna vez lo trató fue cuando venía de visita, y Luis no sabía nada de la familia de ella. Por eso él creía que Ofelia era una pobre desgraciada, una simple modista. Estaba muy equivocado. Nada más lejos de la realidad.
Ahí Ofelia se acordó de su madre. De cómo le decía: Ofelia, no me hagas decirte “te lo dije”. Ese tipo no sirve para nada. Desde el primer día que lo vio.
Hacía tres años que Ofelia había quedado deslumbrada por Luis Fernández, el día que se lo cruzó en el último año de la universidad. Luis fue muy amable con ella, atento, encantador. Pero su madre no se equivocaba.
—Tiene pinta de sinvergüenza —le había dicho—. Y donde yo pongo el ojo, pongo la bala.
Ofelia no quiso darle el brazo a torcer en ese momento. Pero esta vez sí.
Ese te lo dije iba a escucharlo. Porque su madre era directa, brutalmente honesta, y casi siempre tenía razón.Por eso ella le ocultó su identidad se lo iba a decir cuándo se casarán.
El error de ellos fue pensar que ella iba a sentirse destruida. Que la iban a ver llorando por los rincones o tirada en un sillón comiendo helado. Nada más fuera de la realidad.
Ofelia Betancur nunca se dejaría doblegar por un hombre. Su madre se lo había enseñado.
No hay que darle oportunidades a los infieles. Eso lo tenía claro. Y ahora más que nunca, porque la traición de Luis no se perdonaba. La de Natalia, menos todavía.Un dúo de hipócritas. Y seguramente toda la familia Fernández fuera igual.
Ofelia cerró la puerta y apoyó la espalda. Permaneció así varios segundos, respirando despacio, dejando que el temblor se acomodara dentro del pecho. No iba a desperdiciar una lágrima en esas porquerías de personas. No se dejó caer al suelo como habría hecho otra mujer.
Caminó hasta el living y se sentó en el sillón.
Desde ahí podía ver la esquina del apartamento donde estaba todo su mundo: la máquina de coser, los hilos ordenados por color, las telas dobladas con cuidado, el maniquí. Y sobre él, casi terminado, su vestido de novia.
Se levantó despacio y se acercó.
Pasó la mano por la tela, sintiendo el trabajo de meses, las noches sin dormir, los dedos marcados por la aguja. Era hermoso. Sencillo y elegante. Hecho a su medida y con amor.
Tomó las tijeras.
Las sostuvo unos segundos. El metal frío contra la palma de su mano. La hoja abierta, lista para cortar.
Una parte de ella quiso destrozarlo. Arrancarlo de raíz. Cortar cada costura como quien arranca una traición del cuerpo.
Pero no lo hizo.
Cerró las tijeras con un chasquido seco y las dejó sobre la mesa.
—No —se dijo en voz baja—. Este es mi trabajo. Mi esfuerzo. Yo vivo de esto. ¿Qué culpa tiene el vestido de que ese infeliz me haya traicionado de esa manera?
Respiró hondo.
Y entonces lo entendió.
No iba a ganar nada llorando.
No iba a ganar explicándole al mundo lo que ese par de infieles le hizo.
No iba a ganar esperando que alguien sintiera culpa.
Iba a ganar si jugaba más rápido.
Y más alto.
Si Luis se casaba por el embarazo, ella también podía hacerlo. Pero con un partido mejor. Buscaría a cualquiera, pero mejor si era más poderoso, más conveniente.
Volvió al sillón y tomó el celular. Lo encendió.
Durante unos segundos dudó. Nunca había hecho algo así. Nunca lo había necesitado. Pero la vida acababa de empujarla contra una pared, y Ofelia no era de las que se quedaban quietas mirando cómo la destruían. No. Eso sí que no.
Descargó la aplicación.
Creó un perfil simple. Sin exceso.
Colocó la foto. Un avatar de ella con una aguja y un hilo cruzados.
Nombre: Ofelia.
Deslizó sin demasiada atención, hasta que un nombre la detuvo.
Lissandro.
No sabía por qué, pero ese nombre le generó una sensación extraña.
La foto era borrosa. Nada llamativo. Nada que vendiera lujo ni belleza.
Pero algo la hizo detenerse.
Deslizó a la derecha.
Match.
Ofelia parpadeó.
No pasó ni un minuto cuando llegó el mensaje.
—Hola.
Solo eso.
Ella dudó unos segundos y respondió.
—Hola.
Del otro lado de la ciudad, Lissandro Monteiro golpeó el escritorio con el puño.
—¡No pueden hacerme esto!
El abogado respiró hondo, acostumbrado a ese tono.
—Lisandro, no es personal. Son las condiciones del fideicomiso.
—¡Es absurdo! —gritó él—. Mis números hablan por mí. La empresa creció conmigo. He trabajado años para llegar hasta acá.
—Y eso nadie lo discute —respondió el abogado—. Pero la cláusula es clara. Necesitan una imagen familiar estable. Un heredero. Un matrimonio.
Lisandro se pasó la mano por el cabello, caminando de un lado a otro de la oficina.
—¿Me están pidiendo que me case sin amor?
—Exactamente.
—No lo voy a permitir.
—No tenés alternativa —dijo el abogado, con calma—. O aceptás… o perdés el cargo. Tu puesto de CEO se pone en votación en la junta directiva.
El silencio se volvió cruel.
Lisandro miró la ciudad desde el ventanal. Todo lo que había construido podía desmoronarse por una decisión que no tenía nada que ver con su capacidad.
—¿Cuánto tiempo tengo?
—Poco.
—Genial —murmuró.
En ese momento, su celular vibró.
Un aviso de la app.
Miró la pantalla sin interés… hasta que vio el avatar.
Una mujer con hilo y aguja en la mano.
Frunció el ceño.
—¿Y esto?
Abrió el chat.
—Hola.
Simple. Directo.
Algo en esa imagen, en esa sobriedad, le llamó la atención. No parecía alguien desesperado. No parecía alguien jugando.
Respondió.
—Hola.
El celular vibró casi enseguida.
—¿Perfil nuevo?
Lissandro sonrió apenas.
—Algo así.
—Yo también.
Hubo unos segundos de silencio virtual.
Después, él escribió:
—¿Te gustaría tomar algo hoy?
Ofelia miró la pantalla.
Hoy.
Todo en ella le dijo que sí. No porque creyera en el destino. Sino porque no podía darse el lujo de esperar.
—Sí —respondió—. ¿Dónde?
Lissandro pensó un segundo.
—El bar Cronos. A las 21.
Ofelia levantó la vista hacia el reloj de la pared. Las horas. Los segundos.
—Perfecto.
—¿Cómo nos reconocemos?
Ella miró su avatar y escribió:
—Yo voy a tener hilo y aguja en la cartera.
Del otro lado, Lissandro soltó una risa breve.
—Entonces yo voy a mirar el reloj más de la cuenta.
Cerraron el chat.
Ofelia dejó el celular sobre la mesa.
Miró otra vez el vestido.
No era el final de su historia.
Era el inicio de otra.
Lissandro apoyó el celular boca abajo y miró al abogado.
—Consígame los papeles del contrato.
—¿Decisión tomada?
Lissandro asintió.
—El destino acaba de darme una oportunidad.
A las 21 horas, dos desconocidos se encontrarían jugando con él.
Y cuando el destino decide jugar,
nunca lo hace a medias.