Lissandro Monteiro observaba las calles de São Paulo desde la ventanilla de su auto como quien estudia un territorio enemigo antes del ataque final.
Las luces no lo deslumbraban.
Nunca lo habían hecho.
La ciudad respiraba poder, ambición, exceso. A otros les habría parecido majestuosa. Para él era solo un recordatorio brutal de todo lo que había tenido que soportar para llegar hasta ahí. Cada edificio era una prueba. Cada avenida, una cicatriz.
Apretó la mandíbula.
Su reflejo en el vid