Lissandro no dejó que Ofelia se fuera sola.
Le sacó las llaves del auto de la mano antes de que pudiera protestar demasiado.
Después de verla tambalear apenas al salir del bar —aunque ella intentara disimularlo— supo que no podía dejarla manejar.
Reconocía demasiado bien ese olor a alcohol mezclado con algo más peligroso. Cansancio y tristeza. De esa que no se va durmiendo.
Él había estado ahí.
—No manejás así —dijo, firme.
—Estoy bien —respondió ella, riéndose, con una ligereza que