Cien Noches Bajo el Velo Negro

Cien Noches Bajo el Velo NegroES

Romance
Última actualización: 2026-03-08
Léo   Recién actualizado
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Resumen
Índice

Tras la muerte de su madre, Chantelle fue criada por su abuela con amor y sacrificio. Apartada por su padre y eclipsada por su arrogante hermanastra, aprendió a sobrevivir en silencio. Cuando la enfermedad de su abuela exige una suma imposible de dinero, Chantelle acepta una propuesta tan tentadora como peligrosa: Un millón de euros por cien noches. Sin nombre. Sin preguntas. Sin identidad. El hombre siempre lleva un antifaz. Habla poco. Controla todo. Solo deja transferencias bancarias anónimas… y un perfume imposible de olvidar. Pero todo cambia la noche en que es obligada a asistir a una cena familiar. El prometido de su hermanastra resulta ser el frío y poderoso CEO de la empresa donde ella trabaja. Sus miradas se cruzan. Y entonces lo percibe. Ese mismo aroma. Ya ha pasado doce noches en brazos de un desconocido enmascarado. Y aún quedan ochenta y ocho. Un romance oscuro de deseo, poder y secretos donde el contrato podría convertirse en algo mucho más peligroso que el amor.

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Capítulo 1

Capítulo 1

La suite presidencial estaba bañada por una luz tenue, difusa, como si cada rincón hubiera sido diseñado para que nunca se pudiera ver nada con claridad. Todo era acolchado. Silencioso. De un lujo discreto pero sofocante. Las cortinas estaban corridas, aislando del mundo exterior, y en esa burbuja suspendida sobre la ciudad, Chantelle yacía, con las muñecas cruzadas sobre el vientre y los ojos cubiertos por una venda de seda negra.

Ya ni siquiera sabía cuánto tiempo llevaba esperando. Quizá cinco minutos. Quizá treinta.

Era la duodécima vez.

Aún quedaban ochenta y ocho noches para que todo aquello terminara. Para que ella fuera libre.

La puerta se abrió sin hacer ruido. Ella no lo vio entrar, pero sintió su presencia de inmediato. Ese perfume amaderado y seco, sobrio pero embriagador. Su olor. Ese que reconocería entre miles, porque se le grababa dentro de la garganta, en los riñones, en cada latido.

Él. No decía nada. Nunca decía nada.

Chantelle sintió cómo el colchón se hundía a su lado, cómo la tensión en el aire cambiaba, como si cada molécula de la habitación se doblegara ante la silenciosa autoridad de ese hombre al que nunca veía. Su calor se acercaba, lento, controlado. Lo reconoció de inmediato, ese calor que tanto temía como esperaba.

Él nunca le preguntaba si estaba lista. No era necesario. El contrato era claro. Ella conocía cada una de sus cláusulas.

Sus dedos se deslizaron sobre su cadera, despacio, con una precisión perturbadora, y por donde tocaban, dejaban escalofríos que se propagaban bajo su piel, como una onda nerviosa imposible de controlar. Siguió el contorno de su pelvis con una lentitud estudiada, explorando cada curva. Ella no veía nada, pero lo sentía todo. El roce sutil del pantalón contra su muslo desnudo. La textura seca de sus dedos, ligeramente ásperos, que contrastaba con la suavidad de sus propias curvas.

La presión de su palma aumentó, descendió hacia la parte baja de su vientre y se detuvo justo antes de lo íntimo, como para mantenerla en un estado de espera febril. Una espera que se volvía casi dolorosa.

Ella no tenía derecho a tocarlo. Esa era la regla. Pero sus dedos se contraían a pesar suyo, aferrándose a las sábanas. Quería devolverle cada uno de sus gestos. Quería cortarle la respiración. Quería anclarlo dentro de ella. Pero no tenía derecho. Su palma se apretaba contra su propio muslo, su garganta, ese vacío insoportable entre sus piernas. Donde él aún no estaba. Donde ella ya lo deseaba.

Él se inclinó más, su torso rozándole apenas los senos, su boca descendiendo lenta, insidiosamente. Cuando rozó la cara interna de su muslo, ella ahogó un gemido, ronco, demasiado brusco para ser fingido. Sus caderas reaccionaron con un respingo incontrolable.

Él se detuvo. Como si quisiera que entendiera que era él quien marcaba el ritmo. Que ella no era más que un terreno que conquistar. No buscaba complacerla. La exploraba. La diseccionaba. Él reinaba sobre ella.

Y esa noche… esa noche, no fue ni dulce ni brutal. Fue preciso. De una lentitud casi cruel. De una paciencia animal. Como si quisiera diseccionarla con las manos desnudas.

Sus dedos se deslizaron entre sus muslos entreabiertos.

Su pelvis se elevó a pesar suyo. Buscando. Llamando. Reclamando lo que aún tardaba.

Dejó que su boca ascendiera, lentamente, hasta el borde de la desesperación, hasta llegar a sus labios. Pero no los rozó. Se quedó ahí, cerca, jadeante, mudo.

Y entonces, entró en ella. No de golpe. No con un grito. Sino con una lentitud feroz.

— Ah… ah… oh, Dios… sí…

Se arqueó, jadeante, los labios entreabiertos en un gemido mudo, los dedos tan crispados que marcaban las sábanas. Incapaz de contener el fuego que ascendía. Ese ascenso espeso, ardiente, incontrolable. Que le atenazaba la garganta. La vaciaba de todo. Excepto de él.

Apenas se movía. Lo justo para que ella lo sintiera. Lo justo para que ella quisiera más.

Quería suplicarle, pero la palabra se le atascaba en la garganta. No había espacio para las palabras, aquí. Solo alientos, escalofríos, oleadas.

Con cada movimiento, sentía cómo sus pensamientos se derrumbaban, uno a uno. Un vaivén calculado al límite de lo soportable.

— Mmmh… ah… otra vez… no pares…

Perdió pie. Ya no era más que cuerpo. Carne ofrecida. Respiración quebrada. Orgasmo contenido.

Y en esa negrura que llevaba sobre los ojos, en esa oscuridad húmeda, lo olvidó todo. Su nombre. Su historia. El contrato. Las cifras.

Solo quedaba él. Él, el desconocido. Él, a quien nunca vería. Él, de quien nunca conocería el rostro. Ni siquiera la voz. Pero que, cada vez, grababa en ella una huella más profunda. Más indeleble.

Cuando terminó, ella se quedó allí. Jadeante. Desnuda. Temblorosa. Vacía. Derrotada. Su vientre aún anudado por espasmos residuales. Su sexo palpitante por su ausencia. Sus piernas abiertas.

Permaneció tumbada, con la venda aún sobre los ojos. Oyó el sonido del agua corriendo en el cuarto de baño.

El hombre del baño había terminado de lavarse y de ponerse sus impecables ropas.

El hombre, después de vestirse, se acercó a la puerta. El corazón de ella se aceleró. Por primera vez, se atrevió a romper el silencio.

Se aclaró la garganta suavemente y, con voz un tanto vacilante, quebró por fin el silencio que los envolvía desde hacía tanto tiempo.

— Señor, ¿podría darme ocho mil euros más este mes?

Era la primera vez que se atrevía a hablarle. Hasta ahora, su relación se había limitado a intercambios mudos, un juego cruel donde la mirada jamás se había cruzado con la suya.

Ninguna respuesta. Ni una palabra.

El hombre se dirigió hacia la puerta, su silueta rígida en la penumbra matinal. La cerró de un golpe seco tras de sí, un ruido que hizo sobresaltarse a Chantelle. La habitación volvió a caer en su silencio opresivo.

En cuanto oyó el portazo, Chantelle suspiró aliviada y se quitó rápidamente la venda. Una amarga decepción le anudó la garganta. No le había respondido.

Necesitaba tanto ese dinero.

El día anterior, el médico la había llamado. Con voz grave, cargada de preocupación, le había anunciado que el estado de su abuela había empeorado. El cáncer de riñón que padecía, a pesar de todos los tratamientos ya pagados que habían costado más de un millón de euros, mostraba nuevos y preocupantes síntomas.

Así que hoy se había atrevido a pedir, simplemente a intentarlo.

Pero el mutismo del hombre le heló el corazón.

Se levantó suavemente y se dirigió al baño. Sin pensarlo mucho, dejó correr un baño caliente, esperando que el calor acallara por un instante el peso que le oprimía el pecho.

No era feliz con lo que hacía. Nunca, de niña, se había imaginado vendiendo su cuerpo, ni trocando su dignidad por dinero. Pero la vida, cruel e implacable, le había enseñado que los sueños a veces se desvanecen bajo el peso de la realidad.

Desde que tenía cinco años, desde que su madre murió de una enfermedad fulminante, todo había cambiado. Su padre, rápidamente vuelto a casar, la había relegado a un papel de sombra, una extraña entre los suyos.

Su abuela, a pesar de sus escasos recursos, había tomado el relevo, criándola y educándola con un amor rudo pero sincero.

Chantelle creció entre esos dos mundos, conociendo poco el calor del hogar paterno, prefiriendo evitar las miradas frías de su padre y su madrastra.

Luego, hace un año, la enfermedad había golpeado de nuevo: el cáncer de riñón de su abuela.

Los médicos hablaron de un millón de euros, una suma imposible de alcanzar por sí sola.

Fue a suplicarle a su padre, esperando un gesto, una ayuda.

Pero él la echó, sin una mirada.

— No es mi madre, ¿por qué iba a gastar en ella? —escupió, despectivo.

Tras el brusco rechazo de su padre, Chantelle se vio contra las cuerdas. No le quedaba ninguna opción, ningún apoyo. Entonces, rota pero decidida, tomó una decisión que jamás creyó tener que tomar: se dirigió a un club privado, donde se negociaban los cuerpos y los silencios.

Aún no había entrado cuando ya le temblaban las piernas. Pero ya no tenía el lujo de dudar. Su abuela se moría.

Y fue allí donde se topó con una oferta… colosal. Inesperada. Impactante.

Un contrato por un millón de euros, a cambio de cien noches con un hombre. Cien noches de intimidad, de sumisión… con un desconocido. Nunca conocería su nombre, su rostro, ni su verdadera identidad. Un contrato forjado en el misterio, firmado en el secreto.

Un solo detalle no dejaba lugar a dudas: ese hombre era inmensamente rico. Porque ningún pobre podría, ni querría, pagar una suma así para comprar noches de sombra.

Ella firmó. Sin hacer preguntas. Sin leer la cláusula dos veces. Tenía demasiado miedo de que retiraran la oferta si se demoraba.

La condición esencial del contrato era estricta: nunca debía ver al hombre. En cada una de las cien noches, la llevarían a una suite presidencial. Llevaría una venda en los ojos y tendría un solo papel: obedecer. Someterse. Estar allí para él y no hacer ninguna pregunta.

El hombre era su dueño. Durante cien noches.

Hoy, iba por el duodécimo encuentro. Y aunque había aprendido a dominar su miedo, nunca se acostumbraba del todo.

Pero resistía. Porque con cada pago, ahorraba con celo. Hasta el último céntimo. Contaba, anotaba. Para su abuela, para la que lo había sacrificado todo por ella.

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