Natalia Piriz ese día entró a la oficina vestida de negro; el que la viera respetaba el luto por su marido más que cualquier esposa.
Tres meses habían pasado desde la muerte de su esposo y ella no se quitaba ese color. No por dolor —no ya—, sino porque el luto era un disfraz conveniente. Nadie sospechaba de una pobre viuda. Nadie cuestionaba a una mujer tan triste y rota.
La recepcionista la saludó con respeto. Era la viuda del hermano del dueño.
Natalia caminó segura, como si el lugar le perteneciera.
Tenía el regalo en la mano.
El carísimo reloj que Ofelia Bentancur había comprado con mucha ilusión, después de recordar una frase dicha al pasar frente a una joyería. Natalia recordaba perfectamente ese momento. Recordaba cómo Ofelia se había detenido, cómo había sonreído.
“A Luis le encanta.”
Siguió caminando erguida, tocó la puerta y entró sin esperar respuesta.
Luis levantó la vista. Cuando la vio, frunció el ceño apenas.
—¿Qué hacés acá tan temprano, Naty?
Natalia cerró la puerta con calma.
—Vengo a entregarte algo —dijo, moviendo el paquete y dejando la caja sobre el escritorio—. De parte de tu amor.
Luis miró el paquete.
—¿De Ofelia?
—Claro —respondió ella, con una sonrisa suave—. Fue un esfuerzo enorme para ella. Tú sabés lo que cuesta juntar el dinero con su trabajo… pero siempre que pasábamos por la joyería yo le decía: “¿Te acordás que Luis vio este reloj? ¿Te acordás cuánto le gustó?”. Y bueno… acá está tu regalito.
Luis abrió la caja.
Cuando vio el reloj, sus ojos brillaron. Lo tomó, lo sostuvo entre los dedos. Se lo iba a poner.
Pero no llegó a hacerlo.
Natalia se lanzó sobre él y se lo arrancó literalmente de la muñeca, aventándolo hacia el sillón. La caja cayó al piso junto con la tarjetita que Ofelia sí le había escrito: “Si te lo sacás, te dejo.”
—No —dijo, clavándole la mirada—. No te vas a ponerte el regalo de esa.
Luis se tensó.
—Natalia, ella es mi prometida…
—Y yo soy tu mujer —lo interrumpió ella—. No me vas a dejar a mí con las ganas.
Se acercó más. Lo empujó contra el escritorio.
—No, acá no. Es peligroso.
Luis intentó hablar.
—Tenemos que ser cuidadosos. Estamos en la oficina…
Natalia ya se estaba desabrochando el vestido.
—No seas hipócrita —susurró—. Nadie va a entrar. Y si entran… bueno, soy la viuda. Pobrecita yo.
Lo tomó de la mano.
—Venís conmigo.
No fueron descarados. Ahí no; el escritorio estaba muy visible.
Se metieron en el baño privado.
El silencio duró pocos minutos.
Ahí, con la puerta cerrada, Natalia se apoyó en el lavamanos y lo miró fijo.
—No sé con quién te vas a casar primero —dijo—, pero los segundos corren, Luis. El tiempo pasa y esto se va a empezar a notar.
Luis respiraba agitado.
—Lo sé.
Natalia llevó su mano al vientre.
—Estoy embarazada. ¿Te olvidaste?
Luis bajó la mirada un segundo.
—No me olvidé —respondió—. Me voy a casar contigo. Pero necesito tiempo. Tengo que decírselo a Ofelia. Terminar en buenos términos. No quiero escándalos. No quiero que nada perjudique a la empresa… ni a ti.
Natalia sonrió.
—Por mí no te preocupes. Yo ya estoy esperando a un Fernández —dijo—. Y necesito casarme antes de que nazca.
Luis asintió. Él también lo necesitaba.
La herencia de su hermano.
Eso era todo. No sentía culpa y menos amor.
Aquí era todo estrategia.
Cuando salieron de la oficina, Luis no se llevó el reloj. Natalia sí.
—Vamos a verla —dijo ella—. Ya no podemos postergar esto.
Luis dudó apenas.
—¿Estará en su casa?
—Obvio que sí. Esa se fue a llorar junto al maniquí donde tiene el vestido de novia.
Fueron directo al departamento de Ofelia.
Ella abrió la puerta.
Y lo supo.
No necesitó palabras, esas miradas largas. Ella supo que venían a destruir lo poco que quedaba en pie.
Natalia sonreía.
Luis no mostraba culpa.
—Tenemos que hablar —dijo él—. ¿Podemos pasar?
Ofelia los miró con asco. Natalia intentó entrar.
Ofelia levantó la mano y la apoyó firme sobre su pecho.
—Acá no volvés a pisar —dijo—. Ni vos… ni vos.
El silencio fue espeso.
Luis la miró con desprecio.
—Voy a casarme con Natalia. Está embarazada.
Ofelia los miró en silencio.
Ella no sabía aún la verdad completa, pero algo dentro suyo gritaba.
—¿Y cuándo me lo ibas a informar?
—Nuestro compromiso es público —dijo Ofelia finalmente—. Si hacés eso, la vergüenza va a caer sobre tu familia. Te vas a casar con la viuda de tu hermano…
Los vecinos que pasaban miraron a los infieles.
Luis miró a Ofelia, enojado porque estaba hablando de su vida en un pasillo donde todos podían escuchar.
Soltó una risa corta.
—No seas ingenua. La vergüenza va a caer sobre ti.
Natalia dio un paso adelante, como si fuera su casa.
—Siempre fuiste una simple modista —agregó Luis—. El círculo social que tenés lo conseguiste gracias a mí. ¿Quién se va a burlar de quién, Ofe?
—Pensalo bien. Si armás un escándalo, vas a perder más vos que nosotros —le dijo Natalia con una risa burlona.
Ofelia lo sostuvo con la mirada.
—No te preocupes por mí. Ni por mi reputación. Yo sé que no fui el sinvergüenza en esta relación.
Miró el reloj en la mano de Natalia.
—Quedate con mi reloj, Luis. Es un regalo bien caro. Usalo. Sé que no podías darte el lujo de comprártelo —agregó—. Así empezás a contar las horas…
Luis la miró incrédulo. No podía creer que Ofelia estuviera tan fuerte.
—Así sabés cuánto tiempo te va a costar arrepentirte de lo que me hiciste con tu querida cuñada.
Y les cerró la puerta en la cara.
Del otro lado quedaron ellos.
Del lado de adentro… el silencio.
Ofelia apoyó la espalda en la puerta. No se permitió llorar.
El dolor seguía ahí. Claro que dolía.
Pero algo más había nacido.
Una claridad fría. Una lucidez implacable.
No iba a caer, ni a suplicar.
No era ninguna don nadie como ellos creían. Y tenía algo en claro:
Y el que ríe último…
ríe mejor.