El silencio entre ellos ya no era incómodo.
Era expectante.
Lissandro Monteiro miraba su reloj cada tanto.
Un gesto automático. Preciso. Como si el tiempo le estuviera respirando en la nuca.
¿Donde estaba su cita ?Pensó.Habia quedado bastante estresado con lo que pasó.
Ofelia fue la primera en moverse. Giró apenas el celular sobre la barra. La pantalla quedó visible.
La app abierta.
El chat activo.
El nombre brillando sin disimulo: Lissandro.
—Te invito una copa —dijo ella—. Para agradecerte.
Él ni siquiera miró el vaso. Terminaba de escribir algo en su celular.
—No deberías estar bebiendo sola en un bar.
Ofelia frunció el ceño. Ya había tomado una copa mientras esperaba al hombre de la app que no llegaba.Estaba un poco estresada también.
—No estoy bebiendo sola —replicó—. Y aunque lo estuviera, ¿cuál es el problema?
Lo miró fijo.
—¿Por qué soy mujer?
Lissandro envió el mensaje y recién entonces alzó la vista.
—¿Vos sí podés tomar solo y yo no? —añadió ella—. ¿O sos de esos… machistas encubiertos?
Él notó el tono y bajó un cambio.
—No es eso —dijo, firme—. Es peligroso. ¿No viste a esos tipos?
—Los vi —admitió—. Pero entonces el problema son ellos, no yo.
Hizo un gesto alrededor.
—Además, ¿a qué venís a un bar si no es a tomar algo?
Lissandro pensó, incómodo: Espero que mi cita no sea como ella.
—Y para que sepas —agregó Ofelia, ya irritada—, no vine sola.
Él miró alrededor, buscó con la vista.
—No me mires así —lo cortó ella—. No estoy borracha.
Tomó el vaso.
—Si no querés aceptar la copa, decilo. Bastante tuve hoy con mi ex como para que un desconocido me cuestione por venir a una cita.
Miró el reloj del celular. Ya era tarde.
Demasiado tarde.
En ese momento, un mensaje apareció en la pantalla. Estoy en el bar.
Ofelia suspiró. Abrió la cartera para pagar… y se pinchó el dedo.
—¡Genial! —se quejó—. Lo que me faltaba. Enterrarme una aguja en el dedo por tu culpa.
Lissandro reaccionó enseguida. Tomó una servilleta y se la pasó.
—Presioná ahí.
Ella obedeció, molesta.
Entonces él vio la aguja.
El hilo rojo.
Y entendió.
Lissandro miró su reloj.
Ofelia lo siguió con la mirada.
Todo encajó al mismo tiempo.
El silencio cambió de peso.
—Así que… —murmuró ella—. Eras vos.
—Parece que sí —respondió él.
No sonrieron.
Se sentaron de nuevo, menos tensos.
Esta vez fue él,el que hablo:
—Ofelia —dijo Lissandro, directo—. Acepté venir porque necesito una esposa.
Ella alzó una ceja. Lo miro a los ojos sería y segura.
Lissandro esperaba que se levantará y le hiciera un escándalo por la propuesta,pero no lo hizo.
—¿Ah, sí?
—De nombre —aclaró—. Necesito que sea real para que no duden .Debe ser visible. Legal.
Hubo una pausa entre ambos.
—Tengo una evaluación por una herencia. Sin esposa,no heredó.
Ofelia giró el vaso entre los dedos. Vio el hilo rojo que había quedado sobre la barra..
—Qué casualidad es el destino —dijo—. Yo…necesito casarme antes que mi ex.
Ahora fue él quien la miró con atención y curiosidad.
—¿Ex?
—Luis Fernández el empresario. Mi prometido… o mejor dicho, el prometido de otra. Y futuro papá.
Se lo contó todo. Sin lágrimas. Sin dramatismo.
La traición.
La cuñada viuda.
El embarazo.
La humillación que se le venía.
Lissandro escuchó sin interrumpir. Cuando terminó, apoyó los codos en la barra. En ese momento la reconoció pero no le dijo nada.
—Entonces entendés por qué no tengo tiempo para rodeos.
—Perfectamente,yo tampoco lo tengo.
—Yo necesito pasar esa evaluación. Vos necesitás respaldo.
Enumeró sin emoción:
— Ya tenemos lo que ambos necesitamos.Nombre.Firma. Presencia.
— Entonces¿Mañana?.
Ofelia lo miró fijo.
—¿Mañana qué?
—Nos casamos mañana.
El bar siguió vivo alrededor, pero para ellos el mundo se redujo a esa frase.
—Antes —añadió él— firmamos un contrato. Todo claro. Medido. Nada turbio.
—Nada de promesas vacías.
Ofelia pensó en Luis. En Natalia. En el reloj.
En el vestido blanco colgado en su taller.
—Acepto —dijo—. Pero con una condición.
—Decime.
—No voy a ser el adorno de nadie. Ya fui demasiado invisible durante varios años .Mi nombre vale mucho. Mi trabajo vale mucho más y tengo que demostrar que no soy una simple modista como ellos creen.
Lissandro Monteiro asintió.
—No hay ningún problema con eso.
No hubo química desde el principio.
Pero había algo igual de peligroso:
un acuerdo para ser "Esposos por Conveniencia"