—Llegaste tarde, Lissandro.
La voz era más baja que antes.
Más rasposa.
Pero no menos autoritaria.
Lissandro se detuvo apenas cruzó el living de la mansión Monteiro, en Punta del Este.
Don Gaspar estaba sentado en su sillón. El mismo desde el que había dirigido imperios y quebrado voluntades sin levantar la voz. No estaba en la cama. Jamás le daría a nadie el gusto de verlo vencido por la enfermedad.
A su costado, un soporte metálico sostenía una bolsa de suero . El pitido suave de u