Mundo ficciónIniciar sesiónSigue la historia de Alejandra, una joven que enfrenta la pérdida de su trabajo y una decepción amorosa que le rompe el corazón. Obligada por las circunstancias, acepta un contrato de matrimonio con Sebastián. Durante seis meses deben aparentar ser esposos frente a todos, mientras la cercanía forzada, los malentendidos y la tensión romántica despiertan sentimientos inesperados que desafían las reglas del contrato.
Leer másAlejandra Cruz jamás olvidaría ese día.
No por una fecha especial, ni por una celebración, sino porque fue el día en que su vida se rompió en dos… sin previo aviso. El despertador sonó a las seis de la mañana, como siempre. Se estiró y miró el reflejo en el espejo: ojeras apenas disimuladas, el cabello rebelde y un rostro que, aunque maquillado, delataba el cansancio de meses sin descanso. Tres años trabajando en la misma empresa, dando todo de sí misma, y aún así sentía que no era suficiente. —Hoy será un gran día —se dijo, tratando de convencerse mientras se preparaba para ir a la oficina—. Hoy todo irá bien. Bajó las escaleras de su apartamento, saludó al portero con una sonrisa y respiró hondo antes de salir a la calle. La ciudad estaba despierta, como ella, pero el aire frío le quemaba los pulmones y la hacía sentir más pequeña, más vulnerable. Al llegar a la empresa, saludó a sus compañeros, algunos con sonrisas cómplices, otros con miradas distraídas. Nada presagiaba lo que estaba a punto de ocurrir. —Lo siento, Alejandra —dijo el gerente sin mirarla a los ojos, al recibirla en su oficina—. La empresa está haciendo recortes. No es personal. Pero lo fue. Después de tres años llegando temprano, quedándose hasta tarde y cumpliendo metas imposibles, la estaban despidiendo como si fuera un objeto más. Le entregaron una carpeta, una liquidación mediocre y una sonrisa incómoda que solo empeoró el nudo en su garganta. Cada documento parecía un golpe seco, cada palabra una daga invisible que le atravesaba el corazón. Salió del edificio con la caja de cartón apretada contra el pecho. El sol le cegaba y la brisa de la ciudad parecía burlarse de su impotencia. Se sentó en un banco cercano y miró el tráfico, intentando ordenar sus pensamientos. ¿Ahora qué hago? La pregunta le retumbaba en la cabeza como un tambor implacable. Con manos temblorosas, sacó el celular y marcó el número de Daniel, su novio desde hacía cuatro años. El hombre con el que pensaba casarse. El hombre que, según ella, era su lugar seguro. —Amor, ¿podemos vernos hoy? —preguntó, forzando una sonrisa que él no podía ver—. Me pasó algo horrible. Él tardó unos segundos en responder, y ese silencio la hizo temer lo peor. —Sí… claro. Esta noche. Alejandra se aferró a ese “sí” como a un salvavidas, deseando que nada más se rompiera en su vida. Horas después, sentada frente a él en una cafetería elegante, escuchó las palabras que terminaron de destruirla. —Alejandra… creo que lo nuestro ya no está funcionando. Ella parpadeó, confundida. —¿Qué? Daniel suspiró, como si fuera él el cansado, el herido. —Tú siempre estás preocupada, siempre con problemas. Yo necesito estabilidad… y ahora que perdiste el trabajo… El mundo pareció inclinarse. —¿Me estás dejando… por eso? —susurró. —No es solo eso —dijo él, evitando mirarla—. Nunca quise casarme. Creo que tú te ilusionaste sola. Cada palabra fue un golpe seco, un recordatorio de que la vida no siempre sigue el guion que uno imagina. Alejandra sintió cómo el aire le abandonaba los pulmones. Se levantó, con las manos temblorosas y la voz rota: —Yo… yo creía que íbamos a formar una familia —dijo—. Hablábamos de boda, de hijos… Daniel se encogió de hombros. —Era solo conversación. Ese fue el momento exacto en que algo dentro de ella se quebró para siempre. Salió de la cafetería sin despedirse, caminando por las calles llenas de gente ajena a su dolor. Cada paso la hacía sentir más sola, más desamparada. Se detuvo en un parque, observando a las parejas que caminaban de la mano y a las familias felices, y por un momento deseó desaparecer. —Felicidades a mi... hoy lo he perdido todo —murmuró, riendo entre sollozos, sintiendo que todo a su alrededor se desmoronaba. Lo que Alejandra no sabía era que, a pocos metros, un hombre la observaba con atención. Alto, elegante, y con una mirada que parecía leer cada emoción que ella no podía controlar. Sebastián Montenegro no creía en coincidencias. Y cuando vio a esa mujer llorando como si el mundo se le hubiera venido encima, supo que estaba frente a la respuesta que llevaba semanas buscando.El departamento amaneció en silencio.Pero no era un silencio cualquiera.Era uno definitivo.Uno que no pedía conversación.No pedía explicación.Solo… aceptación.Alejandra fue la primera en levantarse.No porque hubiera dormido bien.Sino porque ya no tenía sentido quedarse en la cama.Había tomado una decisión.Y esta vez…no iba a aplazarla.Se movió con calma.Sin prisa.Sin hacer ruido.Como si no quisiera romper algo que ya estaba roto.Abrió el armario.Y por primera vez…no miró lo que quedaba.Miró lo que se iba.Sacó una maleta.La puso sobre la cama.La abrió.Y empezó.No fue dramático.No dudó.No se detuvo en cada prenda.Pero tampoco fue fácil.Porque cada cosa…tenía un recuerdo.Un momento.Algo que no iba a repetirse.Dobló una blusa.Recordó una noche.Guardó un vestido.Recordó una conversación.Tomó una chaqueta.Recordó el calor de sus manos.Se detuvo.Solo un segundo.Respiró profundo.Y siguió.Porque quedarse en esos recuerdos…no iba a cambiar nada.Mientr
El departamento amaneció en silencio. Pero no era un silencio cualquiera. Era uno definitivo. Uno que no pedía conversación. No pedía explicación. Solo… aceptación. Alejandra fue la primera en levantarse. No porque hubiera dormido bien. Sino porque ya no tenía sentido quedarse en la cama. Había tomado una decisión. Y esta vez… no iba a aplazarla. Se movió con calma. Sin prisa. Sin hacer ruido. Como si no quisiera romper algo que ya estaba roto. Abrió el armario. Y por primera vez… no miró lo que quedaba. Miró lo que se iba. Sacó una maleta. La puso sobre la cama. La abrió. Y empezó. No fue dramático. No dudó. No se detuvo en cada prenda. Pero tampoco fue fácil. Porque cada cosa… tenía un recuerdo. Un momento. Algo que no iba a repetirse. Dobló una blusa. Recordó una noche. Guardó un vestido. Recordó una conversación. Tomó una chaqueta. Recordó el calor de sus manos. Se detuvo. Solo un segundo. Respiró profundo. Y siguió. Porque quedarse en esos
Así que hizo lo que siempre hacía. Nada. Observó. Calló. Se contuvo. Pero esta vez… no le funcionaba igual. Porque no era una suposición. Era real. Alejandra se estaba yendo. Y no de forma impulsiva. Sino con una calma que lo incomodaba más que cualquier discusión. Los días siguientes fueron extraños. No dejaron de hablar. Pero dejaron de ser ellos. Las conversaciones se redujeron a lo necesario. —Voy a salir. —Está bien. —Llegaré tarde. —Ok. Nada más. Ni una pregunta. Ni una intención de extender el momento. Pero lo que no decían… era lo que más pesaba. Porque cada uno sabía. Sabía lo que el otro estaba evitando. Sabía lo que el otro estaba sintiendo. Y aun así… ninguno lo tocaba. Alejandra empezó a pasar más tiempo fuera. No porque tuviera a dónde ir. Sino porque necesitaba no estar ahí. No ver la puerta de su habitación cerrada. No escuchar sus pasos en la madrugada. No sentirlo cerca… sin poder acercarse. Porque ese era el problema. Sebastián e
La puerta de la habitación se cerró con suavidad.Pero el sonido…retumbó más de lo que Alejandra esperaba.Se quedó de pie unos segundos.Sin moverse.Sin respirar profundo.Sin hacer nada.Porque si hacía algo…iba a sentirlo.Y en ese momento…no quería hacerlo.Se sentó en la orilla de la cama.Las manos entrelazadas.La mirada perdida.No lloró.No reaccionó.Pero por dentro…algo se estaba acomodando.Algo definitivo.Porque lo que había visto…no dejaba espacio para interpretaciones.No era imaginación.No eran suposiciones.Era real.Había otra mujer.Y no era alguien pasajero.No con esa seguridad.No con esa forma de hablar.No con esa forma de mirar.Alejandra cerró los ojos.Y por primera vez…no pensó en él.Pensó en ella.En lo que estaba haciendo.En lo que estaba permitiendo.Porque quedarse ahí…no era quedarse por él.Era quedarse sin respetarse.—Ya basta… —susurró.Y esas dos palabras…no fueron impulsivas.Fueron claras.Firmes.Decididas.Afuera, la conversación





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