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EL DESCONOCIDO Y LA PROPUESTA

La lluvia comenzó a caer suavemente mientras Alejandra se alejaba del parque, con los hombros encorvados y los ojos aún húmedos por las lágrimas. Cada gota que tocaba su rostro parecía recordarle que el mundo seguía girando, indiferente a su dolor. El despido, la traición de Daniel, la sensación de vacío… y la preocupación por su madre, cuyo tratamiento médico se estaba volviendo cada vez más difícil de costear sin un ingreso estable, la hacían sentir atrapada en un laberinto sin salida.

Sus pasos la llevaron por calles desiertas, reflejando las luces de la ciudad en charcos que parecían espejos de su propio desconcierto. Cada sonido de autos y pasos de transeúntes la hacía sentir más pequeña, más sola. Respiró hondo, tratando de ordenar sus pensamientos, pero la presión era insoportable. Sin trabajo, sin dinero, y con la incertidumbre de cómo pagaría el tratamiento de su madre, cualquier decisión se sentía urgente y peligrosa.

Se refugió bajo la marquesina de un pequeño café, dejando que el aroma del café recién hecho le ofreciera un instante de alivio. Entró y pidió un vaso caliente, abrazándolo entre sus manos temblorosas. Se sentó junto a la ventana, observando cómo la lluvia caía en cortinas plateadas, convirtiendo la ciudad en un paisaje borroso y melancólico. Por un momento cerró los ojos, deseando desaparecer entre la multitud.

No se dio cuenta de cuánto tiempo pasó hasta que alguien se sentó frente a ella. Alzó la vista y encontró un hombre alto, de mirada intensa y porte imponente, con un traje impecable y una expresión que parecía analizar cada detalle de su rostro. No lo conocía, pero algo en su presencia hizo que su corazón se acelerara, como si cada fibra de su cuerpo percibiera que no podía escapar de esa mirada.

—Disculpa —dijo con voz grave y segura—. ¿Te importa si me siento?

Alejandra lo miró, sorprendida. Dudó por un segundo, pero algo en la forma en que hablaba la hizo asentir:

—Está bien… —susurró, apartando un mechón de cabello mojado de su rostro.

Él la observó unos segundos antes de hablar:

—No estoy aquí para molestarte. Solo quiero proponerte algo.

Ella arqueó una ceja, confundida.

—¿Proponerte algo? —preguntó, intentando sonar firme—. No creo que sea buena idea…

—Te pagaré por escucharme —dijo él, con calma y autoridad.

Alejandra tragó saliva. Su curiosidad venció al miedo, y se recostó ligeramente en la silla, cruzando los brazos mientras lo miraba con atención.

—¿De qué se trata?

—Un trato —dijo él, directo—. Matrimonio por contrato. Seis meses. Nada más.

Ella lo miró, incrédula. Cada palabra parecía sacada de un sueño absurdo.

—¿Está bromeando? ¿Seis meses… de matrimonio con un desconocido?

—No —respondió él, serio—. No es una broma. Mi familia tiene un asunto legal que debo cumplir antes de fin de año, y necesito casarme.

Alejandra tragó saliva de nuevo. La verdad era que sin trabajo y con las facturas médicas de su madre acumulándose, cualquier oportunidad era un salvavidas que no podía ignorar. Su mente daba vueltas y su corazón latía como si quisiera romper su pecho.

—¿Y por qué yo? —preguntó, intentando mantener la compostura—. No me conoce.

Él la estudió, y luego respondió con seguridad:

—Porque pareces no tener compromisos que te impidan aceptar el trato. Eres fuerte, inteligente… y por lo que puedo ver, estás pasando por un momento difícil. Eso significa que eres capaz de tomar decisiones complicadas sin depender de nadie.

El corazón de Alejandra dio un vuelco. Él no sabía nada de su madre ni de su vida personal; solo dedujo por su expresión y su tensión que estaba sola y vulnerable. Esa percepción la hizo sentir expuesta, como si cada pensamiento que guardaba para sí misma quedara al descubierto ante él.

—¿Qué gano yo con esto? —preguntó, con la voz temblorosa, pero tratando de sonar firme—.

—Estabilidad temporal y un pago que puede ayudarte a resolver tus problemas —dijo él, extendiendo un sobre con documentos—. Solo seis meses. Nada más.

Alejandra tomó el sobre, sintiendo el peso de la decisión. Cada palabra parecía un recordatorio de que estaba a punto de arriesgarlo todo por un desconocido que parecía tenerlo todo bajo control.

—Está bien —susurró finalmente, más para sí misma que para él—. Lo haré.

Él esbozó una sonrisa lenta, confiada y calculadora.

—Bienvenida… —dijo, con voz baja y profunda—. A lo que podría ser la experiencia más intensa de tu vida.

La lluvia golpeaba los cristales con fuerza, mientras la tensión entre ambos se volvía casi palpable. Alejandra sabía que había dado el primer paso hacia un mundo desconocido, donde el contrato era solo el comienzo, y cada decisión futura pondría a prueba su fortaleza, su corazón y su capacidad de sobrevivir bajo presión.

Y aunque ninguno lo admitiera, ambos comprendían que este encuentro cambiaría sus vidas para siempre.

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