CERCANIA INEVITABLE

La tarde había caído sobre el departamento, y la lluvia golpeaba suavemente los ventanales, dibujando gotas que resbalaban como pequeñas lágrimas sobre el vidrio. Alejandra permanecía en la sala, con las piernas cruzadas, intentando concentrarse en un libro que apenas podía leer. Su mente estaba demasiado ocupada con la presencia de Sebastián, que se movía por la cocina preparando algo para cenar.

Cada vez que él se acercaba a ella para alcanzar algo o revisar algún detalle, Alejandra sentía un escalofrío que le recorría la espalda. No podía controlar cómo su corazón se aceleraba, cómo sus mejillas se enrojecían, ni la ansiedad que la hacía apretar las manos sobre el libro como si eso la ayudara a mantener la compostura.

—¿Quieres que ponga la mesa? —preguntó Sebastián, sin mirar directamente su reacción, pero notando cómo tensaba los hombros al escucharlo.

—No… puedo hacerlo yo —dijo, aunque su voz tembló ligeramente.

Él asintió, comprendiendo más de lo que sus palabras decían, y Alejandra sintió que cada pequeño gesto suyo estaba siendo observado. La idea de que debían parecer esposos en todo momento, incluso durante una simple cena, la hacía sentirse vulnerable. Y aún así, no podía evitar notar cómo su presencia la alteraba por completo.

Cuando la cena estuvo lista, Sebastián la invitó a sentarse frente a él. Las reglas del contrato no exigían contacto físico constante, pero la proximidad era inevitable en el espacio reducido del comedor. Cada movimiento que hacía, cada vez que pasaba un plato o levantaba la mirada para encontrarlo observándola, hacía que Alejandra sintiera un calor difícil de controlar y un nerviosismo que la hacía perder la concentración.

—Puedes empezar a servirte —dijo él, con voz tranquila—. No hay prisa.

Ella tomó el primer bocado, pero la sensación de que él estaba a solo un par de metros de distancia le producía una mezcla de ansiedad y atracción que no podía ignorar. Su mente recordaba que todo era un contrato, que debían mantener la apariencia de matrimonio, pero su cuerpo reaccionaba de manera completamente diferente.

Durante la cena, un pequeño accidente provocó que ambos se inclinaran al mismo tiempo para recoger un cuchillo caído. Sus manos se rozaron y Alejandra sintió un escalofrío que le subió desde la palma hasta el pecho. Instintivamente se apartó, tratando de recomponerse, pero Sebastián solo la observó en silencio, con una media sonrisa que parecía decir que entendía perfectamente su reacción.

—Tranquila —dijo finalmente, con voz suave—. No es nada.

Alejandra asintió, intentando controlar el ritmo de su respiración. Cada interacción con él se volvía un desafío; incluso las acciones más simples eran una prueba de autocontrol. Sabía que no podía permitirse perder la compostura, pero cada roce, cada mirada y cada gesto suyo la mantenían en un estado constante de tensión.

Más tarde, cuando se acercaba la hora de dormir, Alejandra se preparó para otra noche en la misma habitación. La primera noche había sido suficiente para dejarle claro lo difícil que sería mantener la distancia. Cada vez que Sebastián se movía cerca de ella, sentía un calor intenso y un nerviosismo que la hacía dudar de sí misma.

—Supongo que… otra vez compartiremos la habitación —dijo, con un hilo de voz, mientras ajustaba la manta sobre la cama.

—Sí —respondió él—. Pero solo para mantener la apariencia. Nada más.

Aunque sus palabras eran tranquilizadoras, Alejandra no podía evitar sentir que la tensión entre ellos había aumentado. Cada pequeño movimiento, cada respiración, cada roce accidental se sentía amplificado. Su corazón latía descontrolado y su mente estaba atrapada entre miedo, curiosidad y algo que ni ella misma quería nombrar.

Antes de dormir, se recostó de espaldas, respirando hondo, tratando de calmar el cuerpo que no le obedecía. La lluvia continuaba golpeando los ventanales, como un eco de la tormenta de emociones que sentía. Sabía que estos seis meses serían mucho más que un contrato: serían un desafío constante entre mantener la apariencia, controlar su cuerpo y proteger su corazón de lo que Sebastián despertaba en ella.

Y mientras cerraba los ojos, no podía evitar preguntarse qué pasaría cuando las reglas del contrato empezaran a volverse insuficientes frente a la atracción inevitable que sentían el uno por el otro.

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