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PRIMEROS ROSES Y REGLAS DEL CONTRATO

El amanecer llegó con un cielo gris y la lluvia cesando lentamente, dejando charcos brillantes en la acera frente al departamento. Alejandra se levantó temprano, intentando recomponerse. Dormir en la misma habitación que Sebastián había sido un desafío: cada movimiento, cada sonido, cada respiración había hecho que su corazón latiera desbocado. Sentía aún un calor incómodo en el pecho, mezclado con nervios y curiosidad.

—Buenos días —dijo Sebastián, ya vestido y arreglando algunos papeles sobre la mesa de la cocina—. Espero que hayas descansado.

Alejandra asintió, intentando sonar firme, pero su voz tembló ligeramente. Cada vez que lo veía, el aire parecía hacerse más denso, y sus piernas se sentían como gelatina.

—El desayuno está listo —continuó él—. Luego repasaremos las reglas del contrato y lo que se espera de nosotros estos días.

Ella tragó saliva, caminando hacia la mesa. Cada paso se sentía pesado, como si el peso de la tensión en la habitación la arrastrara al suelo. Sus manos temblaban apenas tocando la taza de café, y no podía evitar mirar de reojo a Sebastián mientras él trabajaba con tranquilidad, concentrado, indiferente a la tormenta que ella sentía por dentro.

—Antes que nada —dijo él, tomando asiento frente a ella—, necesitamos establecer límites claros para que la convivencia funcione. Nada inapropiado, nada fuera de lugar, y respeto mutuo.

—Entendido —susurró Alejandra, sintiendo cómo el calor subía a su rostro. Cada vez que él la miraba directamente a los ojos, su respiración se aceleraba y sus pensamientos se confundían entre miedo y deseo.

—Bien —continuó Sebastián—. Y respecto a nuestra “apariencia de matrimonio”… —su voz bajó un poco, casi como un susurro—. Debemos practicar situaciones que podrían presentarse mañana. Fotos, saludos, conversaciones públicas… Todo debe verse natural.

Alejandra sintió un escalofrío. No solo la idea de estar observada por otros la intimidaba, sino que cada palabra que él pronunciaba hacía que su corazón latiera más rápido. Sabía que debía mantener la compostura, pero su cuerpo parecía no obedecer.

—Empezaremos con saludos y contacto físico mínimo —dijo él, levantándose y señalando que debía acercarse.

Alejandra tragó saliva y se levantó lentamente. Cada movimiento hacia él la hacía sentir vulnerable y expuesta, como si cada centímetro de distancia que se acortaba fuera un desafío para controlar sus emociones.

—Acércate un poco más —indicó Sebastián—. Quiero que sea natural.

Ella obedeció, conteniendo el aliento. Cada roce de sus brazos al caminar juntos la hacía estremecer. Su mente repetía: “Mantén la calma, esto es solo un contrato”, pero su cuerpo no respondía igual.

—Perfecto —dijo él finalmente, con un ligero asentimiento—. Ahora practica sostener mi mano al caminar. Nada más, solo caminar como esposos.

Alejandra se congeló. Sostener su mano… parecía simple, pero al tocar la piel firme y cálida de Sebastián, todo su cuerpo reaccionó. Sintió un escalofrío recorrerle la espalda, y su respiración se volvió más rápida. Intentó mantener la calma, pero era imposible ignorar la intensidad que emanaba de él.

—Respira —dijo él, observando cómo sus hombros se tensaban—. No hay nada de qué preocuparse. Solo estamos practicando.

Ella asintió, aunque su corazón parecía querer salirse del pecho. Cada vez que lo miraba a los ojos, sentía que podía leerla, comprenderla sin palabras, y eso la hacía aún más consciente de cada gesto, de cada reacción.

La mañana continuó con más ejercicios: saludos, abrazos simulados, y sonrisas que debían parecer naturales. Cada contacto físico, aunque mínimo, hacía que Alejandra se pusiera más nerviosa, y Sebastián parecía disfrutar observar cómo reaccionaba. No era cruel; era observador, calculador… y sumamente fascinante.

Cuando finalmente terminó la práctica, Alejandra respiró hondo, recostándose en la silla. Su corazón seguía acelerado, y la tensión que había sentido durante toda la mañana parecía no querer abandonarla. Cada gesto, cada roce, cada mirada de Sebastián dejaba en ella una mezcla de miedo y deseo que no podía controlar.

Él se acercó y dejó sobre la mesa el sobre con los documentos nuevamente:

—Recuerda —dijo con voz baja—. Esto es solo el principio. Lo que venga después dependerá de cómo manejemos estos seis meses.

Alejandra lo miró, consciente de que esas palabras no eran solo un recordatorio del contrato, sino también de lo que su vida comenzaba a ser: un desafío constante entre obedecer las reglas, mantener la compostura y luchar contra la atracción y tensión que Sebastián despertaba en ella.

Esa primera mañana juntos fue solo un vistazo a lo que serían los próximos días: cercanía obligada, roces inesperados, miradas que decían más de lo que las palabras podían expresar, y un contrato que ambos sabían que cambiaría todo, incluso sus corazones.

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