Alejandra Cruz jamás olvidaría ese día. No por una fecha especial, ni por una celebración, sino porque fue el día en que su vida se rompió en dos… sin previo aviso. El despertador sonó a las seis de la mañana, como siempre. Se estiró y miró el reflejo en el espejo: ojeras apenas disimuladas, el cabello rebelde y un rostro que, aunque maquillado, delataba el cansancio de meses sin descanso. Tres años trabajando en la misma empresa, dando todo de sí misma, y aún así sentía que no era suficiente. —Hoy será un gran día —se dijo, tratando de convencerse mientras se preparaba para ir a la oficina—. Hoy todo irá bien. Bajó las escaleras de su apartamento, saludó al portero con una sonrisa y respiró hondo antes de salir a la calle. La ciudad estaba despierta, como ella, pero el aire frío le quemaba los pulmones y la hacía sentir más pequeña, más vulnerable. Al llegar a la empresa, saludó a sus compañeros, algunos con sonrisas cómplices, otros con miradas distraídas. Nada presagiaba lo qu
Leer más