Mundo ficciónIniciar sesiónMorgan renuncia a las relaciones después de que su prometido la engañara con su hermana, más no renuncia al deseo de ser madre asi que opta por tener el bebé de un desconocido. Asher no confía en las mujeres, pero necesita un heredero. Con la misma necesidad acuden a la misma empresa quien por error, pone en Morgan el hijo del multimillonario soltero más codiciado de la ciudad. Ninguno cede, ninguno quiere tener nada que ver con el otro, sin embargo ambos quieren a ese bebé. La pregunta está en si podrán ser padres cuando son completos desconocidos.
Leer másMORGAN
Me detengo frente al edificio de vidrio y siento que el cuerpo se me resiste. Treinta años. El número pesa más de lo que debería, como si estuviera grabado en mis huesos. Me cruzo de brazos, no por el frío, sino para asegurarme de que sigo entera, de que no voy a romperme antes de entrar. La clínica de fertilidad es luminosa, demasiado blanca, demasiado perfecta. Un lugar diseñado para prometer futuros felices sin preguntar cuántas cosas tuvieron que morir para llegar hasta aquí. Respiro hondo. No vengo a buscar consuelo. Vengo a tomar una decisión. Hace seis meses tenía un anillo en el dedo y una vida que creía segura. Hace seis meses mi prometido me hablaba de hijos, de nombres, de una casa que aún no existía. Hace seis meses mi hermana me abrazaba con la misma cercanía de siempre. No vi las señales, o las vi y elegí ignorarlas. La traición no fue solo de él. Fue doble. Íntima. Devastadora. Dos personas que amaba construyendo una mentira a mis espaldas. Aprieto el sobre manila contra mi pecho. Dentro están los estudios, las firmas, los formularios que confirman que mi cuerpo es capaz. Y también está la decisión final: esperma de un donante anónimo. Un hombre sin rostro, sin voz, sin la posibilidad de mirarme a los ojos y mentirme. Un desconocido que no puede abandonarme. El ascensor refleja mi imagen deformada en el metal. Tengo ojeras, la mandíbula tensa, una mirada que todavía estoy aprendiendo a sostener. No es tristeza. Tampoco rabia. Es determinación. No estoy aquí para reemplazar a nadie. Estoy aquí porque quiero ser madre. Porque ese deseo sobrevivió a todo. Cuando digo mi nombre en recepción —Morgan— algo se ordena dentro de mí. Como si pronunciarlo fuera una forma de afirmarme, de recordarme que sigo siendo yo incluso después de la traición. Me siento a esperar. A mi alrededor hay otras mujeres, otras historias que no conozco. Algunas están acompañadas. Otras, como yo, sostienen su bolso como si fuera un salvavidas. Me pregunto cuántas llegaron aquí por amor y cuántas lo hicieron porque el amor les falló. Pienso en mi hermana y aparto la idea con brusquedad. Pienso en él y el pecho se me endurece. No les debo nada. Ni explicaciones, ni silencios, ni renuncias. No permitiré que lo que me arrebataron incluya también la maternidad. Cuando pronuncian mi nombre, me pongo de pie. El corazón me late fuerte, pero no retrocedo. Camino hacia el consultorio sabiendo que este es un punto de no retorno. No sé cómo será ese hijo, ni a quién se parecerá, ni qué preguntas tendré que responder algún día. Solo sé que será mío. Elegido. Deseado. Y por primera vez desde que todo se derrumba, sonrío de verdad. Entro al consultorio y la puerta se cierra detrás de mí con un sonido suave, casi respetuoso. El espacio es más cálido que la sala de espera, menos impersonal. Hay una ventana grande, una camilla cubierta con una sábana blanca impecable y un escritorio donde una mujer de unos cincuenta años revisa una tablet. —Morgan —dice, levantando la vista—. Puedes sentarte. Su voz es tranquila, segura. Ese tipo de tono que no juzga, que no apura. Me siento frente a ella y apoyo el sobre sobre mis piernas, aunque sé que ya no lo necesito. Todo está en su sistema. —Soy la doctora Hale —continúa—. Yo estaré a cargo del procedimiento. Asiento. Mis manos están frías, pero no tiemblan. Eso me sorprende. —Antes de avanzar —dice mientras desliza la tablet a un costado— necesito explicarte una vez más cómo funciona la donación. Sé que ya lo leíste, pero es importante que no queden dudas. La escucho con atención. Me habla de bancos de esperma, de perfiles genéticos, de pruebas médicas exhaustivas. Me explica que el donante es completamente anónimo, que no hay posibilidad de contacto, que legalmente no existe ningún vínculo más allá del material genético. Me habla de probabilidades, de tiempos, de paciencia. Mientras habla, pienso en lo extraño que es que la parte más importante de mi futuro se reduzca a términos clínicos. A porcentajes. A palabras limpias que no mencionan el miedo ni la esperanza. —Quiero ser muy clara contigo, Morgan —dice entonces, apoyando las manos sobre el escritorio—. Este camino no es solo médico. Es emocional. Criarás a ese niño sola. Tendrás preguntas. Tendrá preguntas. Y no habrá un padre al que señalar. Levanto la mirada y sostengo la suya. —Lo sé. Me observa unos segundos más, como si intentara leer algo detrás de mis ojos. —¿Estás realmente lista para esto? —pregunta—. No para el procedimiento. Para lo que viene después. No respondo de inmediato. Pienso en la traición, en la casa que no fue, en el anillo guardado en un cajón. Pienso en las noches largas, en las preguntas futuras, en el vértigo de hacerlo todo sola. Y aun así, la respuesta es clara. —Sí —digo—. Lo estoy. La doctora asiente, satisfecha. —Bien. ¿Tienes alguna pregunta antes de continuar? Dudo apenas un segundo. —¿Habrá algún problema con el donante? —pregunto—. Quiero decir… ¿algún inconveniente legal, médico… algo que pueda complicarlo más adelante? Ella niega con la cabeza. —Ninguno. El donante cumple con todos los requisitos médicos y legales. Ha pasado cada prueba necesaria. Puedes estar tranquila. Algo dentro de mí se afloja, como un nudo que no sabía que seguía ahí. —Entonces avancemos —digo. La doctora se pone de pie y me indica la camilla. —Muy bien, Morgan. Vamos a comenzar. Me recuesto, el corazón latiendo con fuerza, pero sin miedo. Mientras ella se prepara y el procedimiento inicia, cierro los ojos por un instante. No sé si funcionará. No sé cuánto tiempo tomará. Pero este es el primer paso hacia algo que elijo sin culpa. Y no pienso dar marcha atrás. ASHER No creo en el matrimonio. No creo en las promesas que se dicen de rodillas ni en los votos que se rompen cuando dejan de ser convenientes. Creo en los contratos, en las cláusulas bien redactadas y en las decisiones que no dependen de sentimientos volátiles. Eso es lo que pienso mientras observo a mi madre caminar de un lado a otro del salón, impecable como siempre, hablando de linajes y herederos como si fueran activos financieros. —No puedes seguir postergándolo, Asher —dice—. Necesitas un hijo. Alguien que continúe el nombre. No menciona el amor. Nunca lo hace. Tampoco menciona el hecho de que fue ella quien destruyó cualquier idea que alguna vez tuve sobre la familia. Mi padre creyó en ella. Le entregó todo: la empresa, la lealtad, la confianza. Y ella lo engañó. No una vez. Varias. Luego se fue. Nos dejó con un vacío que duró años, con un apellido que pesaba más que la ausencia y con un niño aprendiendo demasiado pronto que las personas que dicen amarte también pueden desaparecer sin mirar atrás. Regresó cuando ya no necesitaba nada. O cuando creyó que no la odiaría lo suficiente como para cerrarle la puerta. —No voy a casarme —respondo, sin alzar la voz—. Eso no va a pasar. Mi madre suspira, irritada. —Entonces ¿qué propones? ¿Que el apellido muera contigo? No contesto de inmediato. No porque no tenga una respuesta, sino porque sé que no le gustará. —Tendré un hijo —digo al fin—. Pero no una esposa. Se detiene. Me mira como si intentara descifrar si hablo en serio. —¿Cómo? —Gestación subrogada. La palabra queda suspendida entre nosotros. Clara. Precisa. Imposible de romantizar. —No confío en las mujeres —continúo—. No de esa manera. No quiero mentiras, ni juegos, ni afecto condicionado. Quiero un heredero. Quiero ser padre. Y quiero hacerlo sin poner mi vida emocional en manos de alguien que puede decidir marcharse. No digo como tú. No hace falta. Mi madre aprieta los labios. No discute. Sabe que no voy a ceder. Horas después, estoy en mi oficina, frente a la pared de vidrio que domina la ciudad. Firmo documentos mientras un asesor legal me explica los términos: selección de vientre gestante, anonimato, derechos, obligaciones. Todo es claro. Todo es controlable. Eso me tranquiliza. —¿Está seguro? —pregunta el abogado—. Una vez iniciado el proceso… —Sí —respondo—. Quiero avanzar. No necesito tiempo para pensarlo. Llevo años tomando esta decisión sin saberlo. Tener un hijo no requiere amor romántico. Requiere compromiso. Presencia. Permanencia. Todo lo que a mí nunca me faltaría. Mientras firmo el último papel, no siento emoción. Siento certeza. Mi hijo no crecerá preguntándose por qué alguien se fue. Yo me aseguraré de quedarme.ASHER El coche avanza en silencio, apenas interrumpido por el murmullo lejano de la ciudad. Voy mirando por la ventanilla sin ver realmente nada. Las luces pasan, los edificios se suceden, pero mi cabeza está en otro lugar.En Megan.En la forma en que se sostuvo de pie frente a mí como si no tuviera nada que perder. En cómo pronunció cada palabra sin temblar, incluso cuando le dejé claro lo desigual del terreno. No retrocedió. No negoció. No pidió.Se aferró a ese posible embarazo como si fuera un salvavidas.Y eso me desconcierta más de lo que quiero admitir.Pienso en lo que dijo. En su prometido. En la traición doble, su hermana, el futuro arrancado de golpe. Entiendo, aunque no quiera, por qué se aferra a la idea de un hijo. Para alguien que lo perdió todo, un bebé no es una carga. Es una razón para seguir respirando.Aprieto la mandíbula.No justifica nada. No para mí.Y aun así… su voz se cuela en mis pensamientos con una claridad incómoda. Mi vida ya está destruida. No son pa
MEGAN La doctora me cita diciendo que quiere conversar con calma, que es importante. No me da detalles. Eso ya me pone en alerta.Cuando llego, el nudo en el estómago se aprieta.No estoy sola.Hay un hombre en la sala. Alto. Elegante. Demasiado fuera de lugar para una clínica, y aun así parece pertenecerle. Lo reconozco antes de entender por qué: es él. El hombre del que me embarazaron. El origen de todo.No alcanzo a detenerme en su rostro como quisiera, en sus rasgos, en la impresión completa de su presencia, porque una sola palabra cae sobre la mesa como una bomba.—Negociación.La dice la doctora, nerviosa, como si intentara suavizarla. Pero ya es tarde. Siento cómo algo dentro de mí se desestabiliza, como si me hubieran empujado sin aviso.¿Negociar qué?El hombre se adelanta. Su voz es firme, profunda, entrenada para convencer.—Voy a ser directo —dice—. Si el embarazo es positivo, estoy dispuesto a compensarte económicamente para que interrumpas el proceso.Aborto.Dinero.To
MORGAN Estoy en casa, sentada en el sofá con una manta sobre las piernas, cuando el teléfono suena. No lo espero. No hoy. La pantalla se ilumina y frunzo el ceño al ver el número. Clínica. El corazón se me acelera sin permiso. —¿Sí? —contesto. —Morgan, habla la doctora Hale —dice la voz al otro lado, y hay algo distinto en su tono—. Necesitamos que te acerques a la clínica lo antes posible. Me incorporo de inmediato. —¿Ocurre algo? —pregunto—. Mi cita no es hasta la semana próxima. Hay un breve silencio. Demasiado breve para tranquilizarme. —Preferimos hablar contigo en persona —responde—. Es importante. Importante. La palabra se me queda clavada en el pecho. —De acuerdo —digo—. Voy ahora. Cuelgo y me quedo unos segundos inmóvil, mirando el teléfono como si fuera a explicarme algo. No lo hace. Ningún mensaje. Ninguna pista. Me levanto y voy directo al dormitorio. Me visto sin pensar demasiado: jeans, una camiseta, el abrigo. Las manos me tiemblan apenas mientras me ato e
MORGANLa clínica huele a desinfectante y a promesas contenidas. Entro con el corazón acelerado, como si cada paso me acercara a una verdad que todavía no sé si quiero escuchar. Dos días pueden cambiarlo todo. Dos días esperando este momento.Doy mi nombre en recepción y me indican la sala de espera.Me siento despacio, con las manos entrelazadas sobre el regazo. A mi alrededor hay silencio, interrumpido apenas por el murmullo lejano de una secretaria y el sonido suave del aire acondicionado. Miro el teléfono sin verlo realmente. No hay mensajes. No hay respuestas aún.Levanto la vista por reflejo.Y entonces lo veo.Está sentado a unos metros de mí. Traje oscuro, líneas limpias, postura segura. No parece nervioso. No parece estar esperando algo que pueda cambiarle la vida. Tiene ese porte de los hombres que están acostumbrados a que el mundo se acomode a su ritmo. Elegante sin esfuerzo. Hermoso de una forma que no intenta llamar la atención, pero la reclama igual.Desvío la mirada de
ASHER La luz entra filtrada por los ventanales del apartamento, suave, indiferente. La ciudad despierta abajo mientras yo sigo de pie, con una camisa abierta y una copa intacta en la mano. Detrás de mí, en la cama, hay una mujer desnuda, envuelta apenas en las sábanas de lino. Su respiración es lenta. Tranquila. Como si creyera que esto significa algo.No la miro.No es descuido. Es costumbre.Las noches suelen terminar así: compañía sin promesas, piel sin historia, silencio sin reclamos. Es un acuerdo tácito que siempre funciona. Nadie pregunta. Nadie espera quedarse.El teléfono vibra sobre la encimera de mármol.Clínica.Frunzo el ceño y atiendo antes de que despierte.—Asher Hale —respondo.—Buenos días, señor Hale. Le hablamos de la clínica —dice la voz al otro lado—. Queríamos informarle que ya hemos avanzado en la selección inicial y necesitamos que se presente en dos días para conocer a las posibles candidatas para la gestación subrogada.Me apoyo contra la barra, atento.—¿C
MORGAN Han pasado cuatro semanas desde la clínica, desde la camilla, desde ese instante silencioso en el que dejé de ser solo yo. Cuatro semanas de espera, de interpretar cada sensación del cuerpo como una posible señal, de hablarle a un futuro que todavía no sé si existe.Estoy sentada en la cocina de mi madre, un lugar que no pisaba desde hace meses. El reloj de pared sigue haciendo el mismo ruido seco de siempre, como si el tiempo aquí se negara a avanzar. Ella coloca dos tazas sobre la mesa con movimientos precisos, casi ceremoniales. No me mira cuando se sienta frente a mí.—Hace frío —dice—. Te preparé té.Asiento. No vengo por el té. No vengo por comodidad. Vengo porque necesito decirlo en voz alta. Porque guardar esto solo para mí empieza a pesar demasiado.Mis manos rodean la taza caliente. Respiro.—Mamá… —empiezo—. Tengo que contarte algo.Ella levanta la mirada, expectante, pero antes de que pueda continuar, suspira.—He estado pensando mucho en tu hermana.El nombre me g
Último capítulo