04.

MORGAN

Estoy en casa, sentada en el sofá con una manta sobre las piernas, cuando el teléfono suena. No lo espero. No hoy. La pantalla se ilumina y frunzo el ceño al ver el número.

Clínica.

El corazón se me acelera sin permiso.

—¿Sí? —contesto.

—Morgan, habla la doctora Hale —dice la voz al otro lado, y hay algo distinto en su tono—. Necesitamos que te acerques a la clínica lo antes posible.

Me incorporo de inmediato.

—¿Ocurre algo? —pregunto—. Mi cita no es hasta la semana próxima.

Hay un breve silencio. Demasiado breve para tranquilizarme.

—Preferimos hablar contigo en persona —responde—. Es importante.

Importante. La palabra se me queda clavada en el pecho.

—De acuerdo —digo—. Voy ahora.

Cuelgo y me quedo unos segundos inmóvil, mirando el teléfono como si fuera a explicarme algo. No lo hace. Ningún mensaje. Ninguna pista.

Me levanto y voy directo al dormitorio. Me visto sin pensar demasiado: jeans, una camiseta, el abrigo. Las manos me tiemblan apenas mientras me ato el cabello. Mi reflejo en el espejo me devuelve una mirada inquieta, expectante.

¿Qué pudo haber pasado?

La cabeza se me llena de posibilidades que intento apartar. ¿Un error en los estudios? ¿Un resultado adelantado? ¿Algo salió mal?

Tomo las llaves y salgo del departamento con el corazón latiendo fuerte. El trayecto hasta la clínica se me hace irreal, como si la ciudad hubiera bajado el volumen y yo avanzara dentro de una burbuja.

Repaso mentalmente cada paso, cada firma, cada consentimiento. Todo fue claro. Todo fue correcto. O al menos eso creí.

Estaciono frente al edificio y respiro hondo antes de bajar. Hay una urgencia que no entiendo, una sensación incómoda que me acompaña desde que colgué.

Cruzo la puerta de la clínica con el mismo gesto de la primera vez, pero algo es distinto. Esta vez no vengo a esperar. Vengo a enfrentar algo.

No sé qué.

Solo sé que nada bueno suele anunciarse con tanta prisa.

Cruzo la puerta de la clínica y el aire acondicionado me eriza la piel. Todo está igual que siempre: el mismo mostrador blanco, el mismo olor limpio, las mismas plantas que intentan suavizar un lugar donde nadie viene sin miedo. Y aun así, nada se siente igual.

La recepcionista levanta la vista apenas me ve y su expresión cambia. No sonríe.

—Morgan —dice—. La doctora la está esperando.

No me pide que tome asiento. No me ofrece agua. Ese detalle pequeño me inquieta más que cualquier palabra.

Asiento y sigo el pasillo con pasos lentos. Cada sonido parece amplificado: mis zapatos contra el suelo, el roce de mi abrigo, el latido insistente en mis oídos. Me obligo a respirar con calma, pero el cuerpo no coopera.

Intento convencerme de que esto puede ser algo simple. Un error administrativo. Una firma pendiente. Un estudio repetido. Pero la urgencia no encaja con ninguna de esas posibilidades.

Me detengo frente a la puerta del consultorio. Está cerrada.

Levanto la mano para tocar, pero no llego a hacerlo. La puerta se abre desde adentro.

—Morgan —dice la doctora Hale.

Su expresión es profesional, pero hay una tensión que no logra disimular. Me hace pasar y cierra detrás de mí con cuidado, como si ese gesto pudiera contener lo que está a punto de decir.

El consultorio parece más pequeño que otras veces. O tal vez soy yo la que ocupa demasiado espacio con este miedo que no sabe dónde ponerse.

—Siéntate, por favor.

Obedezco. Mis manos se entrelazan sobre las piernas. Me doy cuenta de que estoy conteniendo la respiración y la suelto despacio.

—Gracias por venir tan rápido —continúa—. Sé que no estaba programado.

—¿Qué pasa? —pregunto—. ¿Está todo bien?

No responde de inmediato. Se sienta frente a mí y acomoda unos papeles que no mira. Es una pausa medida, ensayada. Eso me dice que lo que viene no es sencillo.

—Necesitamos hablar sobre el procedimiento —dice finalmente.

El estómago se me hunde.

—¿Funcionó? —pregunto, casi sin voz—. ¿Ya hay algún resultado?

La doctora levanta la mirada, y en sus ojos no hay celebración ni consuelo. Solo seriedad.

—Aún es pronto para confirmarlo —dice—. Esto no tiene que ver con el resultado.

Trago saliva.

—Entonces… ¿con qué tiene que ver?

Se inclina levemente hacia adelante.

—Con el donante.

La palabra me descoloca.

—¿El donante? —repito—. ¿Hubo algún problema médico?

Niega con la cabeza.

—No. Los estudios son impecables.

Eso debería tranquilizarme. No lo hace.

—Morgan —continúa—. Ha surgido una situación que requiere total transparencia.

Mi pecho se aprieta. Una sensación fría me recorre la espalda.

—¿Qué tipo de situación?

La doctora respira hondo antes de responder.

—El material genético que se utilizó en tu procedimiento pertenece a un donante que… no estaba previsto para asignación en ese momento.

La miro sin entender.

—¿Cómo que no estaba previsto?

—Hubo un error interno —dice—. Un cruce de datos que no debía ocurrir.

Las palabras empiezan a sonar demasiado grandes, demasiado técnicas.

—¿Me está diciendo que usaron el esperma equivocado? —pregunto.

No aparta la mirada.

—Sí.

El mundo se inclina.

Me quedo en silencio, intentando procesar. Error. Crítica. Crítico. Todo se mezcla en mi cabeza.

—¿Eso… afecta al procedimiento? —logro decir—. ¿A mi cuerpo? ¿Al posible embarazo?

—No —responde enseguida—. Médicamente, no hay ningún riesgo para ti.

No es eso lo que me importa ahora.

—Entonces, ¿qué sí afecta? —pregunto.

La doctora baja la voz, como si las paredes pudieran escuchar.

—Afecta al donante. A la trazabilidad. A la confidencialidad que te prometimos.

Un nombre cruza mi mente sin razón aparente.

No sé por qué, pero mi recuerdo vuelve a la sala de espera. Al hombre elegante. A la sensación incómoda que me dejó.

—¿Quién es? —pregunto.

Ella duda.

—Por cuestiones legales, hay información que…

—¿Quién es? —repito, con más firmeza.

El silencio se estira entre nosotras, tenso, cargado.

—Es un donante que estaba realizando su propio proceso reproductivo —dice al fin—. Y que acaba de ser informado del error.

Mi corazón late con violencia.

—¿Y qué quiere? —pregunto.

La doctora me mira con una mezcla de cautela y algo más… anticipación.

—Quiere hablar contigo.

El aire se me queda corto.

No sé por qué, pero lo entiendo antes de que lo diga en voz alta.

Nada de esto es casual.

Y lo que está por suceder va a cambiarlo todo.

La doctora se recuesta apenas en la silla, como si necesitara crear distancia entre nosotras y la magnitud de lo que acaba de decir. Yo sigo inmóvil, con las manos rígidas sobre las piernas, tratando de asimilarlo.

—Él quiere una reunión —dice—. Con todos los responsables del error. Contigo incluida.

La miro sin parpadear.

—¿Una reunión? —repito—. ¿Por qué?

—Para entender exactamente qué ocurrió —responde—. Y para decidir cómo proceder.

Hay algo en la forma en que lo dice que no me gusta. No suena a aclaración. Suena a control.

—¿Y él puede pedir algo así? —pregunto—. ¿O es solo… cordialidad?

La doctora suelta una exhalación lenta, pesada.

—Ambas cosas.

Frunzo el ceño.

—Explíquese.

—Es cordialidad de su parte porque el error fue gravísimo —dice con honestidad—. Un fallo que vulnera protocolos, confidencialidad y derechos reproductivos. Pero también hay un componente de… precaución.

La palabra flota entre nosotras.

—¿Precaución?

Asiente.

—Este hombre tiene los recursos y la influencia suficientes como para cerrar esta clínica en dos segundos si así lo decide.

El pulso se me dispara.

—¿Cerrar la clínica?

—Sí.

El consultorio se vuelve demasiado pequeño. Demasiado silencioso.

—Morgan —continúa—, estamos hablando de alguien con poder real. Económico. Legal. Mediático.

Me paso una mano por el cabello, nerviosa.

—Entonces no es una invitación —digo—. Es una advertencia.

No me contradice.

—¿Y qué se supone que yo haga ahí? —pregunto—. ¿Sentarme a escuchar cómo me reclaman algo que yo no hice?

—No —dice—. No se trata de culparte. Se trata de transparencia.

Transparencia. Otra palabra bonita para algo que me hace sentir expuesta.

Pienso en mi vida ya rota. En la traición. En la espera. En el miedo constante de que todo vuelva a caerse.

—No —digo de pronto.

La doctora parpadea.

—¿No?

—No quiero reunirme con él —repito—. No quiero conocerlo. No quiero estar en una sala con un hombre que puede destruir este lugar con una llamada.

—Morgan…

—Yo no pedí esto —la interrumpo—. Vine aquí a ser madre, no a convertirme en parte de un conflicto de poder.

Me levanto. Las piernas me tiemblan, pero me sostengo.

—Entiendo la gravedad del error —añado—. Entiendo que haya consecuencias. Pero no voy a exponerme.

La doctora guarda silencio unos segundos.

—Respetaremos tu decisión —dice finalmente—. Pero debes saber que esto no termina aquí.

Lo sé. Se me nota en la forma en que aprieto los labios.

—Solo quiero que esto siga siendo médico —digo—. Nada más.

Asiente lentamente.

Salgo del consultorio con el corazón golpeándome el pecho. Camino por el pasillo sin mirar a nadie, como si pudiera desaparecer si mantengo la vista al frente.

Un hombre con poder suficiente para cerrar una clínica.

Un error irreversible.

Y yo, atrapada en el medio de algo que empieza a crecer más rápido de lo que puedo controlar.

Cuando cruzo la puerta de salida, el aire frío me golpea el rostro.

No sé quién es.

Pero tengo miedo de descubrirlo porque sé que con el poder que tiene, más temprano que tarde acabaré por encontrarme con él cara a cara.

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