02.

ASHER

La luz entra filtrada por los ventanales del apartamento, suave, indiferente. La ciudad despierta abajo mientras yo sigo de pie, con una camisa abierta y una copa intacta en la mano. Detrás de mí, en la cama, hay una mujer desnuda, envuelta apenas en las sábanas de lino. Su respiración es lenta. Tranquila. Como si creyera que esto significa algo.

No la miro.

No es descuido. Es costumbre.

Las noches suelen terminar así: compañía sin promesas, piel sin historia, silencio sin reclamos. Es un acuerdo tácito que siempre funciona. Nadie pregunta. Nadie espera quedarse.

El teléfono vibra sobre la encimera de mármol.

Clínica.

Frunzo el ceño y atiendo antes de que despierte.

—Asher Hale —respondo.

—Buenos días, señor Hale. Le hablamos de la clínica —dice la voz al otro lado—. Queríamos informarle que ya hemos avanzado en la selección inicial y necesitamos que se presente en dos días para conocer a las posibles candidatas para la gestación subrogada.

Me apoyo contra la barra, atento.

—¿Candidatas? —repito.

—Sí. Mujeres que cumplen con todos los requisitos médicos, legales y psicológicos. La reunión será informativa y confidencial.

Dos días.

—Estaré allí —digo—. Envíen los detalles a mi correo.

—Perfecto. Lo esperamos entonces.

Cuelgo.

Por un momento, el silencio vuelve a ocuparlo todo. La mujer se mueve entre las sábanas, murmura algo, sonríe dormida. No sé su apellido. No me interesa saberlo.

Miro la ciudad otra vez.

Dos días para elegir a la mujer que llevará a mi hijo.

Dos días para dar el siguiente paso hacia algo permanente.

Lo irónico no se me escapa: comparto la cama con alguien cuyo nombre olvidaré antes del mediodía, mientras preparo el futuro con una desconocida que nunca formará parte de mi vida.

Me termino la copa de un solo trago y voy por mi saco.

—Tienes que irte —digo, sin dureza, pero sin espacio para discusión.

Ella abre los ojos, confundida al principio, luego entiende. Siempre entienden.

Mientras se viste y recoge sus cosas, yo ya estoy pensando en la reunión, en los perfiles, en los criterios. En el control que necesito mantener.

Esto no tiene que ver con deseo.

Tiene que ver con legado.

Y en dos días, todo comienza a tomar forma.

La puerta del apartamento se cierra detrás de ella con un clic seco. No se despide. No hace falta. El silencio vuelve a acomodarse en el espacio como algo familiar, cómodo.

Estoy ajustándome el reloj cuando escucho el sonido que menos esperaba a esta hora: la cerradura girando de nuevo.

—¿Asher?

La voz de mi madre corta el aire antes de que pueda girarme. Entra con la misma naturalidad de siempre, como si este lugar también le perteneciera. Su mirada recorre el living con rapidez, demasiado entrenada para no notar lo evidente. Sonríe apenas.

—Veo que no interrumpí nada importante.

—No —respondo—. Ya se iba.

Camina unos pasos más y deja su bolso sobre la mesa, observándome con atención. Esa mirada evaluadora que nunca abandonó del todo, ni siquiera cuando decidió regresar a nuestras vidas después de años de ausencia.

—Entonces dime —dice—. ¿Qué pasó con mi futuro nieto?

No hay rodeos. Nunca los hay con ella.

Me apoyo contra la encimera y cruzo los brazos.

—Avancé con la clínica —digo—. En dos días voy a conocer a las posibles candidatas para la gestación subrogada.

Sus cejas se elevan con interés, no con sorpresa. Como si hubiera estado esperando exactamente esta respuesta.

—¿Así que decidiste hacerlo solo? —pregunta—. Sin esposa.

—Sí.

No agrego nada más. No necesito justificarme.

Mi madre se acerca a la ventana y observa la ciudad, pensativa. Durante unos segundos no dice nada, y en ese silencio reconozco algo peligroso: aprobación.

—Es lo mejor —dice al fin—. Una nuera sería… complicado.

La miro.

—¿Complicado?

—Innecesario —corrige—. Las esposas traen expectativas. Demandas. Conflictos. Ya sabes cómo terminan esas historias.

Lo sé demasiado bien.

—Un vientre de alquiler es práctico —continúa—. Claro. Limpio. El niño será tuyo. Nadie reclamará nada.

Asiento lentamente.

—Eso es exactamente lo que quiero.

Ella sonríe, satisfecha, y por un instante parece olvidarse de que fue ella quien me enseñó a desconfiar de todo esto.

—Un heredero sin ataduras —dice—. Me gusta cómo piensas, Asher.

No respondo. Porque no pienso como ella. Yo no huyo del compromiso. Huyo del abandono.

Mi madre toma su bolso y se dirige a la puerta.

—Avísame cuando sepas más —añade—. Quiero estar presente desde el principio.

La observo salir sin detenerla.

Cuando el apartamento vuelve a quedar en silencio, respiro hondo. Todo está avanzando según lo planeado. Cada pieza encaja. Cada decisión tiene sentido.

En dos días conoceré a la mujer que llevará a mi hijo.

No será mi pareja.

No será mi familia.

Solo será parte del proceso.

Y eso, me repito, es exactamente lo que necesito.

Camino por el apartamento sin un rumbo fijo y siento sus pasos detrás de mí, siguiéndome como una sombra demasiado familiar. Mi madre habla mientras recorre el espacio con la mirada, como si ya estuviera reorganizando el futuro.

—¿Y si es varón? —dice—. Sería perfecto. Un heredero fuerte. Ya puedo imaginarlo.

No respondo. Abro una de las puertas del pasillo y luego otra, solo para mantenerme en movimiento.

—Aunque una niña tampoco estaría mal —continúa—. Tendría carácter, seguro. Podríamos buscar un buen internado cuando crezca, algo exclusivo.

Internado. La palabra me crispa por dentro.

—Todavía no sabemos nada —digo—. Ni siquiera hay un embarazo confirmado.

—Pero lo habrá —responde con ligereza—. Estas cosas funcionan cuando se hacen bien.

Empieza a hablar de nombres. Los dice en voz alta, probándolos, descartándolos, como si ya existiera alguien que pudiera escucharlos. Habla de cunas importadas, de juguetes educativos, de una habitación luminosa con vistas a la ciudad. De ropa hecha a medida. De futuro.

Yo la observo desde la distancia, apoyado en el marco de una puerta.

Y me pregunto cuándo fue la última vez que la vi así de emocionada.

No recuerdo que alguna vez hablara de mí de ese modo. No recuerdo entusiasmo. Ni ternura. Ni planes. Recuerdo ausencia. Recuerdo silencios largos. Recuerdo una casa demasiado grande y un padre que fingía que todo estaba bien.

—No quiero que interfieras —digo de pronto.

Se gira hacia mí, sorprendida.

—¿Interferir?

—Este hijo será mío —aclaro—. No un proyecto. No una extensión de la familia. No una revancha.

Su expresión se endurece apenas, pero se recompone rápido.

—Solo quiero ayudarte.

La miro. De verdad la miro. Tan elegante. Tan impecable. Tan distante.

—Nunca lo hiciste —respondo, sin alzar la voz.

El silencio se instala entre nosotros, incómodo, denso. Por un instante pienso que va a irse. Que va a ofenderse. Pero no lo hace.

—Quizás esta vez pueda hacerlo mejor —dice finalmente.

No sé si habla de mí o del niño.

Camino hasta el ventanal y miro la ciudad extendiéndose bajo mis pies. Me pregunto si ella alguna vez se sintió así conmigo, esperando algo, deseando algo más que cumplir con una obligación.

No necesito que me ame ahora.

Pero no permitiré que vuelva a fallar.

Mi hijo no crecerá preguntándose si fue suficiente.

Y si algo tengo claro mientras escucho a mi madre seguir hablando de futuros que no le pertenecen del todo, es que yo no seré como ella.

Aunque tenga que aprender a ser padre desde cero.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP