Mundo ficciónIniciar sesiónMORGAN
Han pasado cuatro semanas desde la clínica, desde la camilla, desde ese instante silencioso en el que dejé de ser solo yo. Cuatro semanas de espera, de interpretar cada sensación del cuerpo como una posible señal, de hablarle a un futuro que todavía no sé si existe. Estoy sentada en la cocina de mi madre, un lugar que no pisaba desde hace meses. El reloj de pared sigue haciendo el mismo ruido seco de siempre, como si el tiempo aquí se negara a avanzar. Ella coloca dos tazas sobre la mesa con movimientos precisos, casi ceremoniales. No me mira cuando se sienta frente a mí. —Hace frío —dice—. Te preparé té. Asiento. No vengo por el té. No vengo por comodidad. Vengo porque necesito decirlo en voz alta. Porque guardar esto solo para mí empieza a pesar demasiado. Mis manos rodean la taza caliente. Respiro. —Mamá… —empiezo—. Tengo que contarte algo. Ella levanta la mirada, expectante, pero antes de que pueda continuar, suspira. —He estado pensando mucho en tu hermana. El nombre me golpea en el pecho como un reflejo involuntario. Se me tensa la espalda. —No vine a hablar de ella. —Es tu hermana, Morgan —dice con suavidad, como si eso lo justificara todo—. Cometió un error, sí, pero el rencor solo te va a enfermar. Error. La palabra me arde. Como si seis meses de mentiras, como si la traición de dos personas no fuera más que un tropiezo. —No fue un error —respondo—. Fue una elección. Mi madre frunce el ceño, incómoda. —Aun así… perdonar es lo mejor para todos. Para todos menos para mí, pienso. Trago saliva. Vine preparada para contarle que decidí ser madre sola. Que me sometí a un procedimiento. Que estoy esperando. Vine buscando apoyo, o al menos silencio respetuoso. En cambio, me encuentro con esta vieja costumbre familiar de barrer el dolor bajo la alfombra. —¿Y yo? —pregunto—. ¿Cuándo alguien piensa en lo que yo necesito? Ella suspira, cansada. —Lo que necesitas es dejar ir, Morgan. Tu hermana está arrepentida. Cierro los ojos un segundo. Cuatro semanas esperando un resultado. Cuatro semanas sosteniéndome sola. Y aun así, aquí estoy, justificando por qué no puedo perdonar algo que me rompió. —Yo también necesito que me perdonen —digo en voz baja—. A mí. Ella no entiende. Lo sé por la forma en que me mira. Me doy cuenta entonces de que no puedo decirlo. No hoy. No aquí. Este no es un lugar seguro para mi verdad. Me levanto despacio y tomo mi abrigo. —Tengo que irme. —Morgan… —No —la interrumpo—. No me pidas que sane algo que no me rompí yo. Salgo de la casa con el corazón apretado. El aire frío me recibe como una bofetada, pero agradezco la claridad que trae consigo. Cuatro semanas. Un futuro incierto. Y la certeza de que, una vez más, estoy sola. Pero esta vez, no estoy vacía. Estoy a un paso de subir al coche cuando escucho mi nombre. —¡Morgan! La voz de mi madre me alcanza antes de que pueda cerrar la puerta. Me quedo inmóvil, la mano apoyada en el marco, los hombros tensos. Por un segundo considero fingir que no la oigo. Pero el pasado siempre sabe cómo alcanzarme. Se acerca con el abrigo mal cerrado, el cabello moviéndose con el viento. Tiene el rostro alterado, como si acabara de recordar algo importante. Algo que no podía quedarse sin decir. —Hay algo más —dice, respirando con dificultad—. No quería que te enteraras por terceros. Mi estómago se contrae. Ya sé que nada de lo que venga después va a ser benigno. —¿Qué pasa? —pregunto, sin mirarla del todo. Ella duda. Ese silencio breve es peor que cualquier palabra. —Tu hermana… —empieza—. Va a casarse. El mundo se estrecha. El sonido de la calle se apaga. El aire se vuelve espeso. —¿Con quién? —pregunto, aunque ya lo sé. —Con Alan. El nombre cae como un golpe seco. Mi ex prometido. El hombre que juró pasar su vida conmigo. El hombre que me traicionó con mi propia sangre. Siento un zumbido en los oídos. Me afirmo en la puerta del coche para no perder el equilibrio. —Pensé que debías saberlo —continúa mi madre—. Están organizando algo pequeño. Íntimo. Ella quiere que estés… —No —la interrumpo. No levanto la voz. No hace falta. —No —repito, con más firmeza—. No quiero saber nada más. Mi madre me observa, como si buscara compasión en mi rostro. No la encuentra. —Morgan, cariño, ya pasó tiempo… La miro entonces. De verdad la miro. —Para ustedes, quizás —digo—. Para mí, sigue siendo hoy. Pienso en la clínica. En las cuatro semanas de espera. En el cuerpo que guarda un secreto que nadie aquí conoce. Pienso en lo irónico que es que ellos estén planeando una boda mientras yo intento reconstruir lo que me rompieron. —Gracias por decírmelo —añado, porque no quiero gritar—. Pero no me vuelvas a pedir que celebre algo que nació de una traición. Abro la puerta y me subo al coche antes de que pueda responder. Cierro con fuerza. No arranco de inmediato. Me quedo ahí, respirando, con las manos aferradas al volante. Ellos avanzan. Se casan. Siguen adelante. Yo también. Pero no con ellos. No debería hacerlo. Lo sé en cuanto enciendo el coche y el teléfono vibra en el portavasos, pesado, tentador. No debería. Me lo prometí. Me prometí no buscar, no mirar, no abrir esa puerta otra vez. Pero mis dedos se mueven solos. Desbloqueo la pantalla. Abro la aplicación. El gesto es automático, casi inconsciente, como si el cuerpo recordara algo que la mente intenta olvidar. Escribo su nombre. El de ella. Mi hermana. La primera imagen aparece de inmediato. Alan. Sus manos en su cintura. Sus labios sobre los de ella. Sonríen. Se besan como si no hubiera ruinas bajo sus pies. Como si no hubieran destruido nada para llegar hasta ahí. El pecho se me cierra. Paso otra foto. Y otra. Distintos lugares. Distintos días. La misma intimidad que solía ser mía. El mismo gesto que él hacía cuando creía que nadie los miraba. El ángulo de su sonrisa. La forma en que inclina la cabeza. Me tiembla la mano y dejo caer el teléfono sobre el asiento. No puedo respirar bien. Pensé que estaba preparada para esto. Pensé que había avanzado, que el tiempo y la decisión de ser madre habían colocado una distancia segura entre ese amor y yo. Pero no. El amor no se evapora porque una traición lo manche. Se queda. Se enrosca. Duele de otra manera. Todavía lo amo. La confesión me atraviesa con vergüenza y rabia. Lo amo incluso sabiendo quién es. Incluso sabiendo lo que me hizo. Incluso sabiendo que ahora besa a otra mujer con la misma boca que una vez me prometió una vida. Las lágrimas llegan sin permiso. Se me nublan los ojos y apoyo la frente contra el volante. El coche huele a encierro y a derrota. Sollozo en silencio, como si alguien pudiera escucharme. Ellos avanzan. Se exhiben. Se besan sin culpa. Y yo estoy aquí, rota, con un cuerpo que guarda una esperanza diminuta que nadie más conoce. Una esperanza que ahora tiembla conmigo. Me seco el rostro con la manga. Respiro hondo, una vez, dos veces. No puedo permitir que esto me destruya. Pero duele. Duele porque no solo perdí a un hombre. Perdí el futuro que todavía sigo amando. Estoy a punto de girar la llave cuando el teléfono vibra de nuevo. El sonido me sobresalta, como si me hubieran arrancado de golpe del abismo en el que estaba cayendo. Por un segundo pienso en ignorarlo. No tengo fuerzas para hablar con nadie. Pero miro la pantalla. Clínica. El corazón me da un vuelco. Contesto con la voz aún quebrada. —¿Sí? —Hola, Morgan. Te llamamos de la clínica de fertilidad —dice una voz amable, profesional—. Queríamos informarte que necesitamos que te presentes en dos días para una revisión. Me enderezo en el asiento. —¿Una revisión? —repito. —Sí. Es el control correspondiente para evaluar si el tratamiento ha sido efectivo. El mundo se detiene. Todo lo demás se vuelve ruido de fondo. Las fotos, la traición, la boda anunciada… se diluyen por un instante. —De acuerdo —respondo—. Iré. —Perfecto. Te esperamos entonces. Cualquier síntoma o duda, no dudes en comunicarte. Corto la llamada y dejo caer el teléfono sobre mis piernas. Me quedo mirando el tablero sin verlo realmente. El pecho todavía me duele, pero algo nuevo se abre paso entre la tristeza. No es alegría. Es expectativa. Frágil. Temerosa. Dos días. Dos días para saber si todo este miedo, toda esta soledad, toda esta decisión valiente o desesperada… valió la pena. Apoyo una mano sobre el abdomen, casi sin darme cuenta. El gesto es instintivo, íntimo. Tal vez no esté sola después de todo. Arranco el coche al fin y me incorporo a la calle. El mundo sigue girando. Mi hermana se casa. Alan sonríe para las fotos. Y yo espero. Por primera vez, no por alguien que me eligió mal, sino por algo que podría elegirme a mí.






