Mundo ficciónIniciar sesiónMORGAN
La clínica huele a desinfectante y a promesas contenidas. Entro con el corazón acelerado, como si cada paso me acercara a una verdad que todavía no sé si quiero escuchar. Dos días pueden cambiarlo todo. Dos días esperando este momento. Doy mi nombre en recepción y me indican la sala de espera. Me siento despacio, con las manos entrelazadas sobre el regazo. A mi alrededor hay silencio, interrumpido apenas por el murmullo lejano de una secretaria y el sonido suave del aire acondicionado. Miro el teléfono sin verlo realmente. No hay mensajes. No hay respuestas aún. Levanto la vista por reflejo. Y entonces lo veo. Está sentado a unos metros de mí. Traje oscuro, líneas limpias, postura segura. No parece nervioso. No parece estar esperando algo que pueda cambiarle la vida. Tiene ese porte de los hombres que están acostumbrados a que el mundo se acomode a su ritmo. Elegante sin esfuerzo. Hermoso de una forma que no intenta llamar la atención, pero la reclama igual. Desvío la mirada de inmediato, como si me hubiera descubierto haciendo algo indebido. ¿Qué hace alguien como él aquí? Vuelvo a mirarlo, esta vez con más cuidado. Sus manos descansan sobre las piernas, firmes. El perfil es preciso, casi demasiado perfecto para este lugar donde la gente viene a exponer sus fragilidades. No sonríe. Tampoco parece distante. Solo… contenido. Siento algo incómodo en el pecho. Una punzada inesperada. No estoy aquí para mirar hombres. No estoy aquí para desear nada que no sea una respuesta médica. Y aun así, mi cuerpo reacciona antes que mi razón. Hermoso, pienso, y me molesta conmigo misma por notarlo. Me obligo a bajar la vista, a concentrarme en mi respiración. En el motivo real por el que estoy aquí. En el resultado que puede cambiar mi vida. Pero la conciencia de su presencia no desaparece. Está ahí, ocupando el espacio de una forma silenciosa, alterando algo que yo creía bajo control. Cuando pronuncian un nombre —no el mío— él se levanta. Lo sigo con la mirada sin querer hacerlo. Camina con seguridad hacia el pasillo de los consultorios, sin mirar atrás. Me quedo sola otra vez. Apoyo una mano sobre el abdomen y trago saliva. No sé por qué ese encuentro fugaz me deja inquieta. Tal vez porque me recuerda algo que pensé haber enterrado: que sigo siendo una mujer, incluso ahora. Incluso aquí. Respiro hondo cuando escucho mi nombre. —Morgan. Me pongo de pie. No miro atrás. Pero algo me dice que este no es el último cruce silencioso entre nosotros. ASHER Estoy sentado frente al escritorio del consultorio con una carpeta abierta entre mis manos. Dentro hay fotografías, perfiles médicos, evaluaciones psicológicas. Mujeres reducidas a datos, a porcentajes, a rasgos heredables. Exactamente como debe ser. La doctora habla, pero su voz se convierte en un murmullo de fondo mientras paso una hoja tras otra. Altura. Complexión. Color de ojos. Historial familiar. No miro a las mujeres. Miro al niño que podría salir de cada una. Imagino un hijo de mandíbula firme, espalda recta, mirada segura. Alguien que no tenga que aprender a desconfiar temprano. Alguien que no crezca preguntándose por qué alguien se fue. Esta tiene ojos claros. Mi padre tenía ojos claros. Paso la hoja. Esta otra es demasiado baja. No. El niño debe tener presencia. Paso otra. Evalúo sonrisas que no me interesan, manos que no sostendrán al niño después del parto, voces que nunca escuchará. Todo es funcional. Objetivo. —Recuerda que todas cumplen con los requisitos —dice la doctora—. La diferencia no está solo en lo físico. Asiento sin mirarla. —Lo sé. Pero no dejo de comparar. Me imagino un pequeño rostro serio, concentrado, observando el mundo con la misma atención con la que yo lo observo ahora. Me imagino enseñándole a no depender de nadie, a no esperar promesas. Paso otra página. Demasiado joven. Otra. Demasiado inestable emocionalmente, según el informe. No busco perfección. Busco seguridad. Continuidad. Y aun así, algo me incomoda. Esta forma de elegir se siente demasiado parecida a cómo mi madre evaluaba personas: como piezas intercambiables, útiles solo en función del resultado. Cierro la carpeta un segundo y respiro hondo. No puedo permitirme dudar ahora. Vuelvo a abrirla. Vuelvo a abrir la carpeta, aunque ya no estoy leyendo nada en realidad. Las hojas están ahí, ordenadas, claras. Demasiado claras para el ruido que empieza a formarse en mi cabeza. —Antes de avanzar —dice la doctora— voy a verificar algo en el sistema. Asiento sin mirarla. La escucho teclear detrás del escritorio. El sonido es rítmico, preciso. Normal. Todo sigue siendo normal. O eso creo. —Quiero confirmar que su donación genética tenga todos los estudios previos completos —añade—. Es solo un procedimiento de rutina. Levanto la vista por primera vez. —Adelante. La observo girar levemente la pantalla hacia sí, concentrada. Sus cejas se fruncen apenas. Es un gesto mínimo, pero lo noto. Siempre noto ese tipo de cosas. Teclea de nuevo. Se detiene. El silencio que sigue no es inmediato. Es progresivo. Se instala con cuidado, como si el aire del consultorio se volviera más denso. —¿Ocurre algo? —pregunto. No hay urgencia en mi voz. No todavía. La doctora no responde de inmediato. Vuelve a mirar la pantalla, como si esperara que la información cambiara por sí sola. —Es extraño… —murmura. Me enderezo en la silla. —¿Qué es extraño? Ella traga saliva. Por primera vez desde que entré aquí, parece dudar. —La muestra —dice—. Su muestra genética. El corazón me da un golpe seco, breve. —¿Qué pasa con ella? Sus dedos permanecen inmóviles sobre el teclado. —Según el sistema… —hace una pausa— ya fue utilizada. La frase cae entre nosotros sin ruido, pero con peso. No explota. No se rompe. Simplemente se queda ahí. —¿Cómo que fue utilizada? —pregunto. No levanto la voz. No la necesito. —Fue procesada correctamente, con todos los estudios previos —explica—. Pero figura como asignada a un procedimiento que ya se realizó. No entiendo. O tal vez entiendo demasiado rápido y mi mente se niega a seguirle el ritmo. —Eso no es posible —digo—. Yo no autoricé ningún uso previo. Ella asiente, nerviosa. —Lo sé. Por eso necesito revisar con más detalle. Vuelve a teclear. El silencio se vuelve absoluto. Ya no escucho el aire acondicionado. Ni mis propios pensamientos con claridad. Mi mirada cae de nuevo en la carpeta abierta sobre el escritorio. Morgan. El nombre aparece en mi mente sin permiso. La mujer de la sala de espera. La mirada firme. La presencia que no pedía nada. La doctora se queda quieta frente a la pantalla. —Asher… —dice finalmente. No responde a mi nombre como a un paciente. Lo hace como a alguien a punto de escuchar algo que no pidió. —¿A quién fue asignada? —pregunto. Ella no contesta de inmediato. Nos quedamos en silencio. Un silencio espeso, cargado de algo que todavía no tiene forma, pero que ya es irreversible.






