Mundo ficciónIniciar sesiónSe suponía que sería su última noche de libertad antes de ser vendida a un monstruo. Helena Williams solo quería un recuerdo ardiente para sobrevivir a un matrimonio sin alma, pero el destino le jugó una trampa cruel, la habitación equivocada y el hombre prohibido. Ahora, Helena está atrapada en medio de una familia retorcida, y unida a un patriarca despiadado que la reclama como su esposa, pero en las sombras de la mansión Miller, los ojos grises de su hijastro, Alexander, la persiguen con una promesa de placer y destrucción. Él conoce sus gemidos, él conoce su piel, y él sabe que el heredero que ella lleva en el vientre no pertenece al linaje del esposo... sino al suyo. En un juego de traición, lujo y deseo desenfrenado, Helena descubrirá que el hombre que más la atormenta es el único que puede salvarla. ¿Es amor o es el pecado más dulce de su vida? Una boda por contrato. Una pasión prohibida. Un embarazo en peligro. Y una herencia manchada de sangre. ¿Quién ganará cuando el amor y la venganza se vuelvan imposibles de distinguir? En un mundo donde la confianza es un lujo mortal y la verdad está enterrada bajo capas de engaño, Helena dejará de ser la víctima para convertirse en la jugadora más peligrosa. El imperio está a punto de arder, y ella tiene el fósforo encendido en su mano.
Leer másEl aroma a opulencia y decadencia del hotel St. Regis asfixiaba a Helena. El champán que había tomado no era por celebración, sino por pura anestesia.
Mañana, su nombre, Helena Williams, sería borrado para convertirse en una posesión legal de Magnus Miller.
Mañana, se entregaría a un hombre cuyas manos, aunque elegantes y cuidadas, siempre estaban inusualmente frías, como si la muerte ya habitara bajo su piel.
Le daban náuseas con solo imaginarlas.
— Una última noche — susurró contra el cristal del pasillo del hotel, mientras jugueteaba sin darse cuenta con la cadena de sus iniciales en su cuello.
Sus dedos, temblorosos por el alcohol, apenas podían sostener la tarjeta de su habitación. Se sentía mareada.
El pasillo dorado parecía estrecharse. Cuando llegó a la puerta con el número 69, la tarjeta falló dos veces antes de que la cerradura electrónica emitiera un clic agónico.
La habitación estaba en penumbra, bañada solo por las luces de los rascacielos de Miami que se filtraban por el ventanal de techo a suelo.
— Llegas tarde — dijo una voz, alejándose de la puerta.
Era un barítono profundo, vibrante, que pareció resonar directamente en el vientre de Helena, provocándole un escalofrío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado.
Helena se quedó inmóvil.
En la oscuridad, la silueta de un hombre se recortaba contra el cristal. Estaba de espaldas, desabrochándose los puños de una camisa blanca que dejaba adivinar una espalda ancha, poderosa y tensa.
Alex no se giró. En su mente, la mujer que acababa de entrar era la acompañante de lujo que había pedido para escupir simbólicamente sobre la castidad que su padre exigía en su “noche de gala”.
— No hables — ordenó él cuando escuchó el jadeo de Helena — Solo quítate el vestido.
Helena sabía que debía gritar, correr. Sabía que se había equivocado de suite. Pero el alcohol y la desesperación de saberse vendida a un viejo por dinero la empujaron al abismo.
«¡Qué diablos!, ¡si mañana estaré atada a ese anciano, qué más da que viva lo que nunca podré vivir después!», pensó con un arrebato de rebeldía salvaje, relamiéndose los labios al ver la figura imponente del desconocido.
«¡Ese viejo no tendrá mi virginidad, se la entregaré a quien yo quiera! Al menos me merezco esto», decidió por si sola.
Sus dedos bajaron la cremallera de su vestido de seda y la prenda resbaló por su piel como una caricia líquida hasta caer al suelo con un susurro, dejándola solo en una sexi lencería de encaje negro.
Alex se giró entonces. La penumbra ocultaba sus rasgos, pero sus ojos grises brillaron como metal fundido.
Se acercó a ella con la parsimonia de un depredador que ya ha olido la sangre. Al ver la piel de porcelana, los hombros delicados y la forma en que los pechos de la mujer subían y bajaban con ansiedad, Alex sintió una punzada de deseo tan violenta que casi lo dobla en dos.
Ella no parecía una profesional parecía una virgen ofrecida al sacrificio. Y eso lo excitó hasta la locura.
La tomó por la nuca con una mano grande y fuerte, obligándola a arquear la espalda y exponiendo su garganta.
El contacto fue eléctrico.
Helena soltó un gemido que Alex devoró al estrellar sus labios contra los de ella en una reclamación carnal, y hambrienta. Sus lenguas se entrelazaron con una urgencia que sabía a whisky caro y a pecado.
Mientras la besaba, la mano libre de Alex bajó por su columna vertebral, presionándola contra su erección, antes de deslizarse hacia adelante para apresar uno de sus pechos sobre el encaje, amasándolo con una mezcla de rudeza y fascinación.
Sus pulgares rozaron los pezones endurecidos, arrancándole a Helena un grito ahogado contra su boca.
Alex la alzó sin romper el beso, las piernas de Helena se enredaron en su cintura instintivamente. La lanzó sobre la cama de hilos egipcios y, en un despliegue de fuerza impaciente, se deshizo de su ropa.
Cuando Helena vio la anatomía del hombre sobre ella, el torso esculpido y la virilidad imponente que latía con fuerza propia, el pánico y la excitación se fundieron.
Él se situó entre sus piernas, separando sus muslos con firmeza y ella se relamió los labios...
Antes de poseerla, él bajó por su cuerpo recorriéndolo con la boca hasta encontrar con los labios la piel sensible del interior de su muslo, para luego subir con lentitud tortuosa. Helena sintió que el momento era eterno y lleno de una exitación que no conocía.
Él se detuvo en la curva de su cadera, donde clavó sus dientes en un mordisco suave, y posesivo, que hizo a Helena arquearse y jadear, mezclando el dolor placentero con una anticipación agónica.
Sus dedos, calientes y exigentes, bajaron para explorar su humedad, hundiéndose en ella para prepararla, mientras su boca subía de nuevo para besar el nacimiento de su pecho, succionando la piel delicada con una intensidad que prometía no dejar centímetro sin reclamar.
El placer la recorrió como un río delicioso mientras él hacía lo suyo con los dedos enviando miles de sensaciones como corrientes electrificadas por toda su piel. Ella no sabía que su cuerpo podía sentir todo ese torbellino que ahora la inundaba.
— Estás temblando — susurró él contra su oído, su aliento abrasándole la piel — ¿Es miedo o hambre?
« Miedo », ella pensó sin mover los labios, « ¡Y hambre! »
— Hazlo — suplicó ella, clavando las uñas en sus hombros — Por favor... ahora.
— No. todavía… quiero me lo ruegues…
— ¡Te lo pido! ¡Por favor!
— Dime que lo deseas.
Ella tragó grueso mientras los dedos de Alex continuaban hundiéndose y trazando círculos en la humedad de su centro.
— ¡Oh, por favor! ¡Lo deseo! ¡Te lo ruego! — mientras el deseo iba en cresscendo en medio de sus piernas.
Alex quería marcarla.
Acomodó sus caderas estratégicamente y se dejó hundir en ella al principio con cuidado, suave, delicioso, una embestida a la vez, hasta que sintió que la cavidad virgen cedía al paso de su virilidad erecta y dura.
Entonces, un empuje poderoso y decidido, un golpe seco que llenó a Helena por completo terminó de abrir el paso.
Ella soltó un grito que se perdió en el hombro de Alex cuando sintió el desgarro de su inocencia. El dolor fue un destello punzante, agudo que la hizo contener la respiración, pero pronto fue sustituido por una plenitud abrasadora.
El ritmo de Alex se volvió frenético, y salvaje. Cada embestida la golpeaba contra el colchón, arrancándole gemidos guturales.
Él la sujetó de las manos, entrelazando sus dedos contra la almohada dominándola por completo.
En un momento de éxtasis, Alex bajó la cabeza y mordió suavemente el tendón de su cuello, justo donde su pulso latía desbocado, arrancándole a Helena un gemido que sonó a rendición absoluta.
Sus manos bajaron de la almohada para apretar sus glúteos, elevándola para profundizar el contacto, mientras sus caderas golpeaban con fuerza contra las de ella en un eco exquisitamente rítmico de carne contra carne.
Helena cerró los ojos, entregándose a la fricción ardiente y a la sensación de estar, por primera vez, viva.
El clímax la alcanzó como una explosión de luz blanca, contrayendo sus músculos internos alrededor de él en espasmos incontrolables.
—¡Ah! ¡ah! ¡Por favor, no te detengas! — Dejó escapar.
Y Alex rugió cerca de su oído, derramándose dentro de ella con una intensidad que lo dejó exhausto, ocultando su rostro en el hueco de su cuello mientras sus latidos se sincronizaban en el silencio de la suite.
Al alba, Helena se vistió con manos temblorosas. Miró la silueta del hombre que dormía profundamente y sonrió con amargura y triunfo.
Había perdido su castidad con un monumento de hombre. ¡Eso no se lo quitaría nadie!
Huyó del hotel dejando tras de sí solo el aroma de su perfume de jazmín.
Horas después, el órgano de la iglesia retumbaba.
Helena, vestida de blanco impoluto lo lucía con una nueva ironía en su pecho, caminaba hacia el altar donde Magnus Miller la esperaba con una sonrisa de satisfacción propietaria.
A sus 65 años, Magnus era un hombre de una elegancia aristocrática impecable, el tiempo le había dado un atractivo de zorro plateado que ocultaba al monstruo sádico de su interior.
— Llegas radiante, querida — le susurró el viejo, tomándole la mano con sus dedos gélidos.
Helena forzó una sonrisa, pero su cuerpo todavía recordaba el calor abrasador de la suite 69 y el rastro del mordisco en su cadera y esas manos enormes en sus pechos.
Cuando Magnus tomó su mano para colocar el anillo, ella se estremeció. Sus dedos estaban congelados, con una frialdad que parecía succionarle la vida.
— Estás temblando, mi pequeña — le susurró Magnus al oído, con una voz que prometía castigos — No te preocupes, tengo formas muy específicas de enseñarte a estar quieta.
Helena sintió náuseas. Magnus buscaba su quiebre para reafirmar su control ante la impotencia que lo carcomía.
— Antes de la bendición — dijo Magnus, girándose hacia el hombre que estaba a su lado — debo presentarte a mi mano derecha. Helena, querida, este es Alexander, mi hijo mayor y mi padrino. Alex, saluda a tu nueva… madre… la nueva señora Miller.
Helena sintió que el suelo desaparecía.
Levantó la vista y el mundo estalló.
Allí, a escasos centímetros, estaba el hombre de la suite. Alexander lucía un esmoquin perfecto, su mandíbula estaba tensa y sus ojos grises la perforaron con un reconocimiento brutal.
En ese instante, Alex comprendió que la mujer que había devorado con una pasión ardiente era la nueva víctima de su padre.
«¡Oh por Dios, esto tiene que ser una broma!», pensó ella, el corazón martilleándole en la garganta. «Es el hombre de anoche… ¡Es mi… hijastro!».
El silencio en el gran vestíbulo de mármol de la mansión de Key Biscayne volvió a tornarse denso, dominado por la sombra imponente de Alexander y la mirada fija de Helena sobre el sobre de papel kraft.El lacre rojo brillante parecía la última sangría de una guerra que se había prolongado durante años, devorando vidas, familias e imperios.Alexander no vaciló.Con la frialdad de quien ha dominado a la muerte en la mesa de un quirófano, deslizó su pulgar debajo del sello institucional y rasgó el empaque.Helena se acercó a su costado, pegando su hombro a la seda de su saco, entrelazando sus dedos con los de él para enfrentar juntos lo que fuera que el viejo patriarca hubiera enviado desde las sombras.Alex desplegó el documento oficial de membrete estatal. No era una amenaza, no era una confesión llena de veneno ni una maniobra legal de última hora.Era un informe forense definitivo y el acta de defunción número 884-B del departamento penitenciario.—Murió esta madrugada — murmuró Chas
El eco de la palabra «paro cardíaco» retumbó en la mente de Helena como una sentencia de muerte que se negaba a aceptar.El pasillo del hospital pareció estrecharse, pero en lugar de desplomarse, la mujer dio un paso al frente, plantándose a milímetros del doctor Villalobos.—Escúcheme bien, doctor — siseó Helena, con una voz rasposa pero cargada de una autoridad tan incisiva que el cirujano retrocedió un paso — Alexander no sobrevivió al fuego, al veneno ni a las balas del Atlántico para morir en una mesa de operaciones. Su corazón no se va a detener. Regrese allí adentro y tráigamelo de vuelta.Villalobos sostuvo la mirada esmeralda de la mujer y, sin decir una palabra más, dio media vuelta y atravesó nuevamente las puertas rojas del quirófano.Adentro, la batalla fue implacable.Mientras los monitores emitían el pitido plano de la muerte, el equipo médico aplicó las descargas de reanimación.Una, dos, tres veces.Sin embargo, no fue solo la medicina la que obró el milagro, sino la
—Sálvelo, doctor — siseó Helena, tomándolo de la solapa de la bata médica con una fuerza que descolocó al especialista — Ese hombre en esa camilla es el padre de mis hijos y el dueño de todo lo que ve aquí. Si él no sale caminando de ese quirófano, este hospital no tendrá suficiente dinero para pagar las consecuencias. ¡Sálvelo!Villalobos asintió con gravedad y las puertas rojas se cerraron de golpe, separando a Helena del hombre que amaba. La luz roja de "En Cirugía" se encendió en lo alto del marco, marcando el inicio de la noche más larga de su vida.A las dos de la mañana, la sala de espera del piso VIP del hospital se sentía como un búnker de desolación.Las enormes ventanas de cristal miraban hacia las luces distantes del skyline de Miami, pero para Helena, el mundo exterior había dejado de existir.Vestía la misma ropa de la tarde, ahora manchada con restos de la sangre de Alex, pero su postura seguía siendo erguida, indomable.La puerta del ascensor privado se abrió con un so
El tiempo pareció congelarse en el gran vestíbulo de mármol de Key Biscayne. El eco de las risas infantiles que flotaba desde el pasillo del fondo se apagó de golpe, devorado por el sonido rítmico, denso y pesado del goteo de la sangre.Gotas carmesí sobre la seda negra de su camisa. Gotas de una factura biológica implacable que el cuerpo del magnate ya no podía contener.Helena se quedó inmóvil un segundo, sintiendo cómo el alma se le escapaba del cuerpo.Sus ojos esmeralda, que minutos antes reflejaban la luz de la victoria y la paz familiar, se abrieron de par en par, fijos en la imponente figura de su hombre.Alexander, el titán indestructible, el que había desafiado imperios, sobrevivido a la amnesia y al naufragio en el Atlántico, se sostenía a duras penas contra la pared de piedra.Su mano temblaba, perdiendo adherencia contra la superficie. La palidez de su rostro era la de un espectro, la mandíbula, habitualmente rígida y arrogante, colgaba tensa por el dolor de un golpe inte





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