Mundo ficciónIniciar sesiónMEGAN
La doctora me cita diciendo que quiere conversar con calma, que es importante. No me da detalles. Eso ya me pone en alerta. Cuando llego, el nudo en el estómago se aprieta. No estoy sola. Hay un hombre en la sala. Alto. Elegante. Demasiado fuera de lugar para una clínica, y aun así parece pertenecerle. Lo reconozco antes de entender por qué: es él. El hombre del que me embarazaron. El origen de todo. No alcanzo a detenerme en su rostro como quisiera, en sus rasgos, en la impresión completa de su presencia, porque una sola palabra cae sobre la mesa como una bomba. —Negociación. La dice la doctora, nerviosa, como si intentara suavizarla. Pero ya es tarde. Siento cómo algo dentro de mí se desestabiliza, como si me hubieran empujado sin aviso. ¿Negociar qué? El hombre se adelanta. Su voz es firme, profunda, entrenada para convencer. —Voy a ser directo —dice—. Si el embarazo es positivo, estoy dispuesto a compensarte económicamente para que interrumpas el proceso. Aborto. Dinero. Todo se mezcla en mi cabeza en una fracción de segundo. El aire se vuelve espeso. Me quedo quieta, escuchando, como si mi cuerpo necesitara confirmar que lo que oye es real. —No —digo. La palabra sale clara, automática. —Piénsalo —insiste—. Es una solución limpia. No tienes por qué cargar con esto sola. Puedo darte una suma que— —No —repito, esta vez más fuerte. Lo miro por fin. Veo su sorpresa, apenas contenida, como si no estuviera acostumbrado a que le cierren una puerta en la cara. —Si hay embarazo —digo—, no voy a abortar. La doctora abre la boca, pero no la dejo hablar. —Y si lo que buscan es terminar con este problema —continúo, mirándolo directo a los ojos—, entonces la solución es otra. Inclino apenas la cabeza hacia él. —Quien tiene que ceder sus derechos eres tú. Porque yo no pienso ceder los míos. El silencio cae pesado. —Eso no va a pasar —responde él, con el tono endureciéndose. —Entonces no hay nada más que hablar —digo. Me pongo de pie. Siento las piernas firmes, aunque por dentro todo me tiemble. Tomo mi bolso. No miro a la doctora. No necesito su explicación ni su mediación. —Esto no es una transacción —añado antes de irme—. Y no soy algo que puedas comprar. Abro la puerta. No espero respuesta. No la necesito. Salgo de la sala con el corazón golpeándome el pecho, sabiendo que acabo de cruzar una línea que no se puede desdibujar. Si hay un bebé, será mío. Y no voy a negociar eso con nadie. —Megan —dice él a mi espalda, antes de que la puerta termine de cerrarse—. Espera. Me detengo. No porque me lo pida, sino porque quiero escuchar hasta dónde es capaz de llegar. —No querrás meterte en problemas legales conmigo —añade—. Puedo convertir esto en algo muy complicado. Para ti. Muy rápido. Cierro los ojos un segundo. Respiro. Cuando me giro, ya no tengo el temblor de antes. Algo en mí se ha acomodado, como si el miedo hubiera encontrado por fin su lugar y dejara espacio a otra cosa. —¿Eso es una amenaza? —pregunto con calma. Él no responde de inmediato. Su silencio es la confirmación. —Tienes que ser consciente de con quién estás hablando —continúa—. Esto puede destruirte. Demandas, exposición, presión económica. No es una pelea justa. Lo miro. De verdad lo miro ahora. Veo el poder en su postura, en la seguridad con la que habla, en la certeza de que el mundo suele doblarse cuando él empuja. Veo también algo más: incomprensión. No logra entender por qué no retrocedo. Y entonces sonrío. No es una sonrisa feliz. Es una sonrisa cansada. Rota. —¿Destruir mi vida? —repito en voz baja. Él frunce el ceño, confundido. —Mi vida ya está destruida —le digo—. Mi prometido me engañó con mi hermana. Perdí a los dos el mismo día. Perdí a la familia que creía tener. Perdí el futuro que había planeado. Doy un paso hacia él. No para desafiarlo, sino para que me escuche bien. —¿De verdad crees que me asustan tus abogados? ¿Tu dinero? ¿Tu apellido? Trago saliva, pero no bajo la mirada. —Haz el intento —añado, con suavidad—. En serio. Inténtalo. Veo cómo algo cambia en su expresión. No es ira todavía. Es desconcierto. Porque no sabe qué hacer con alguien que ya no tiene nada que perder. —No tienes idea de lo que estás provocando —dice. —Tal vez —respondo—. Pero sí sé lo que no voy a hacer. Me giro hacia la puerta otra vez. —No voy a abortar por dinero. No voy a entregar a mi hijo. Y no voy a dejar que me intimides para que desaparezca. Abro la puerta. —Si hay una guerra —digo antes de irme—, no la empecé yo. Salgo sin esperar respuesta. El pasillo de la clínica se extiende frente a mí, demasiado blanco, demasiado silencioso. Mis piernas tiemblan recién ahora, cuando ya no puede verme. Pero sigo caminando. Porque puede que él tenga el poder de destruir muchas cosas. Pero yo ya sobreviví a lo peor. Y no pienso rendirme.






