Entrelazados: un bebé para el multimillonario.
Entrelazados: un bebé para el multimillonario.
Por: Alisson Robles
PRÓLOGO

MORGAN

Me detengo frente al edificio de vidrio y siento que el cuerpo se me resiste. Treinta años. El número pesa más de lo que debería, como si estuviera grabado en mis huesos. Me cruzo de brazos, no por el frío, sino para asegurarme de que sigo entera, de que no voy a romperme antes de entrar.

La clínica de fertilidad es luminosa, demasiado blanca, demasiado perfecta. Un lugar diseñado para prometer futuros felices sin preguntar cuántas cosas tuvieron que morir para llegar hasta aquí. Respiro hondo. No vengo a buscar consuelo. Vengo a tomar una decisión.

Hace seis meses tenía un anillo en el dedo y una vida que creía segura. Hace seis meses mi prometido me hablaba de hijos, de nombres, de una casa que aún no existía. Hace seis meses mi hermana me abrazaba con la misma cercanía de siempre. No vi las señales, o las vi y elegí ignorarlas. La traición no fue solo de él. Fue doble. Íntima. Devastadora. Dos personas que amaba construyendo una mentira a mis espaldas.

Aprieto el sobre manila contra mi pecho. Dentro están los estudios, las firmas, los formularios que confirman que mi cuerpo es capaz. Y también está la decisión final: esperma de un donante anónimo. Un hombre sin rostro, sin voz, sin la posibilidad de mirarme a los ojos y mentirme. Un desconocido que no puede abandonarme.

El ascensor refleja mi imagen deformada en el metal. Tengo ojeras, la mandíbula tensa, una mirada que todavía estoy aprendiendo a sostener. No es tristeza. Tampoco rabia. Es determinación. No estoy aquí para reemplazar a nadie. Estoy aquí porque quiero ser madre. Porque ese deseo sobrevivió a todo.

Cuando digo mi nombre en recepción —Morgan— algo se ordena dentro de mí. Como si pronunciarlo fuera una forma de afirmarme, de recordarme que sigo siendo yo incluso después de la traición.

Me siento a esperar. A mi alrededor hay otras mujeres, otras historias que no conozco. Algunas están acompañadas. Otras, como yo, sostienen su bolso como si fuera un salvavidas. Me pregunto cuántas llegaron aquí por amor y cuántas lo hicieron porque el amor les falló.

Pienso en mi hermana y aparto la idea con brusquedad. Pienso en él y el pecho se me endurece. No les debo nada. Ni explicaciones, ni silencios, ni renuncias. No permitiré que lo que me arrebataron incluya también la maternidad.

Cuando pronuncian mi nombre, me pongo de pie. El corazón me late fuerte, pero no retrocedo. Camino hacia el consultorio sabiendo que este es un punto de no retorno. No sé cómo será ese hijo, ni a quién se parecerá, ni qué preguntas tendré que responder algún día.

Solo sé que será mío. Elegido. Deseado.

Y por primera vez desde que todo se derrumba, sonrío de verdad.

Entro al consultorio y la puerta se cierra detrás de mí con un sonido suave, casi respetuoso. El espacio es más cálido que la sala de espera, menos impersonal. Hay una ventana grande, una camilla cubierta con una sábana blanca impecable y un escritorio donde una mujer de unos cincuenta años revisa una tablet.

—Morgan —dice, levantando la vista—. Puedes sentarte.

Su voz es tranquila, segura. Ese tipo de tono que no juzga, que no apura. Me siento frente a ella y apoyo el sobre sobre mis piernas, aunque sé que ya no lo necesito. Todo está en su sistema.

—Soy la doctora Hale —continúa—. Yo estaré a cargo del procedimiento.

Asiento. Mis manos están frías, pero no tiemblan. Eso me sorprende.

—Antes de avanzar —dice mientras desliza la tablet a un costado— necesito explicarte una vez más cómo funciona la donación. Sé que ya lo leíste, pero es importante que no queden dudas.

La escucho con atención. Me habla de bancos de esperma, de perfiles genéticos, de pruebas médicas exhaustivas. Me explica que el donante es completamente anónimo, que no hay posibilidad de contacto, que legalmente no existe ningún vínculo más allá del material genético. Me habla de probabilidades, de tiempos, de paciencia.

Mientras habla, pienso en lo extraño que es que la parte más importante de mi futuro se reduzca a términos clínicos. A porcentajes. A palabras limpias que no mencionan el miedo ni la esperanza.

—Quiero ser muy clara contigo, Morgan —dice entonces, apoyando las manos sobre el escritorio—. Este camino no es solo médico. Es emocional. Criarás a ese niño sola. Tendrás preguntas. Tendrá preguntas. Y no habrá un padre al que señalar.

Levanto la mirada y sostengo la suya.

—Lo sé.

Me observa unos segundos más, como si intentara leer algo detrás de mis ojos.

—¿Estás realmente lista para esto? —pregunta—. No para el procedimiento. Para lo que viene después.

No respondo de inmediato. Pienso en la traición, en la casa que no fue, en el anillo guardado en un cajón. Pienso en las noches largas, en las preguntas futuras, en el vértigo de hacerlo todo sola. Y aun así, la respuesta es clara.

—Sí —digo—. Lo estoy.

La doctora asiente, satisfecha.

—Bien. ¿Tienes alguna pregunta antes de continuar?

Dudo apenas un segundo.

—¿Habrá algún problema con el donante? —pregunto—. Quiero decir… ¿algún inconveniente legal, médico… algo que pueda complicarlo más adelante?

Ella niega con la cabeza.

—Ninguno. El donante cumple con todos los requisitos médicos y legales. Ha pasado cada prueba necesaria. Puedes estar tranquila.

Algo dentro de mí se afloja, como un nudo que no sabía que seguía ahí.

—Entonces avancemos —digo.

La doctora se pone de pie y me indica la camilla.

—Muy bien, Morgan. Vamos a comenzar.

Me recuesto, el corazón latiendo con fuerza, pero sin miedo. Mientras ella se prepara y el procedimiento inicia, cierro los ojos por un instante.

No sé si funcionará. No sé cuánto tiempo tomará. Pero este es el primer paso hacia algo que elijo sin culpa.

Y no pienso dar marcha atrás.

ASHER

No creo en el matrimonio. No creo en las promesas que se dicen de rodillas ni en los votos que se rompen cuando dejan de ser convenientes. Creo en los contratos, en las cláusulas bien redactadas y en las decisiones que no dependen de sentimientos volátiles.

Eso es lo que pienso mientras observo a mi madre caminar de un lado a otro del salón, impecable como siempre, hablando de linajes y herederos como si fueran activos financieros.

—No puedes seguir postergándolo, Asher —dice—. Necesitas un hijo. Alguien que continúe el nombre.

No menciona el amor. Nunca lo hace. Tampoco menciona el hecho de que fue ella quien destruyó cualquier idea que alguna vez tuve sobre la familia.

Mi padre creyó en ella. Le entregó todo: la empresa, la lealtad, la confianza. Y ella lo engañó. No una vez. Varias. Luego se fue. Nos dejó con un vacío que duró años, con un apellido que pesaba más que la ausencia y con un niño aprendiendo demasiado pronto que las personas que dicen amarte también pueden desaparecer sin mirar atrás.

Regresó cuando ya no necesitaba nada. O cuando creyó que no la odiaría lo suficiente como para cerrarle la puerta.

—No voy a casarme —respondo, sin alzar la voz—. Eso no va a pasar.

Mi madre suspira, irritada.

—Entonces ¿qué propones? ¿Que el apellido muera contigo?

No contesto de inmediato. No porque no tenga una respuesta, sino porque sé que no le gustará.

—Tendré un hijo —digo al fin—. Pero no una esposa.

Se detiene. Me mira como si intentara descifrar si hablo en serio.

—¿Cómo?

—Gestación subrogada.

La palabra queda suspendida entre nosotros. Clara. Precisa. Imposible de romantizar.

—No confío en las mujeres —continúo—. No de esa manera. No quiero mentiras, ni juegos, ni afecto condicionado. Quiero un heredero. Quiero ser padre. Y quiero hacerlo sin poner mi vida emocional en manos de alguien que puede decidir marcharse.

No digo como tú. No hace falta.

Mi madre aprieta los labios. No discute. Sabe que no voy a ceder.

Horas después, estoy en mi oficina, frente a la pared de vidrio que domina la ciudad. Firmo documentos mientras un asesor legal me explica los términos: selección de vientre gestante, anonimato, derechos, obligaciones. Todo es claro. Todo es controlable. Eso me tranquiliza.

—¿Está seguro? —pregunta el abogado—. Una vez iniciado el proceso…

—Sí —respondo—. Quiero avanzar.

No necesito tiempo para pensarlo. Llevo años tomando esta decisión sin saberlo.

Tener un hijo no requiere amor romántico. Requiere compromiso. Presencia. Permanencia. Todo lo que a mí nunca me faltaría.

Mientras firmo el último papel, no siento emoción. Siento certeza.

Mi hijo no crecerá preguntándose por qué alguien se fue.

Yo me aseguraré de quedarme.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
capítulo anteriorcapítulo siguiente
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP