La noche había caído con un silencio extraño sobre la ciudad, un silencio que parecía presagiar lo que estaba por venir. Sebastián Rossi estaba sentado en su automóvil, estacionado a unas calles de la cafetería. Sus manos descansaban sobre el volante, tensas, mientras revisaba mentalmente cada detalle de su plan. Había estudiado los movimientos de Daniel y sus amigos, los horarios de la cafetería y las rutas que Valentina podría tomar después del trabajo. Todo debía sincronizarse a la perfecció