El sol apenas iluminaba la ciudad cuando Sebastián Rossi llegó nuevamente a la cafetería. La noche anterior había revisado cada registro, cada pista, y había confirmado lo que temía: el peligro de Valentina no era solo una sensación, ni producto de su imaginación. Su familia, especialmente su hermano, tenía un control oscuro sobre ella. Cada gesto de miedo, cada mirada esquiva, cada moretón, cada silencio prolongado ahora cobraba sentido. La chica no solo estaba atrapada emocionalmente; estaba