Mundo ficciónIniciar sesiónLa cafetería estaba tranquila aquella tarde.
El sonido de la máquina de café, el murmullo suave de algunos clientes y la música baja que salía de una pequeña radio llenaban el ambiente.
Valentina caminaba entre las mesas con una bandeja en las manos.
Su rutina era siempre la misma.
Tomar pedidos.
Servir café. Limpiar mesas.Era un ritmo simple y predecible.
Y eso le gustaba.
Porque en su vida, lo predecible significaba seguridad.
Pero ese día algo era diferente.
Sebastián Rossi seguía sentado en la misma mesa junto a la ventana.
No era extraño que un cliente se quedara un rato largo.
Pero él ya llevaba casi una hora.
Con una sola taza de café.
Y apenas la había tocado.
Valentina lo había notado varias veces mientras caminaba por el salón.
Pero intentaba no mirarlo demasiado.
Algo en su presencia la ponía nerviosa.
No de la forma en que la ponía nerviosa su hermano o su padre.
Era diferente.
Era como si él pudiera ver cosas que nadie más veía.
Sebastián levantó la taza lentamente y tomó un pequeño sorbo.
Sus ojos se movieron discretamente hacia el otro lado del salón.
Valentina estaba limpiando una mesa.
La observó por un momento.
No de forma invasiva.
Solo… observando.
Había algo en ella que no encajaba.
La forma en que mantenía la cabeza baja.
La manera en que se sobresaltaba cuando alguien hablaba fuerte.
Y el moretón que había visto en su muñeca.
Sebastián no era un hombre impulsivo.
Era analítico.
Siempre observaba antes de actuar.
Pero aquella chica despertaba una sensación extraña en él.
Una sensación de alerta.
Como si algo estuviera mal.
Muy mal.
Valentina caminó hacia la barra para dejar una taza sucia.
Marta la miró.
—Ese hombre sigue mirándote.
Valentina frunció ligeramente el ceño.
—¿Quién?
Marta señaló discretamente hacia la mesa de la ventana.
—El del traje.
Valentina miró por un segundo.
Sebastián bajó la mirada hacia su café.
—Solo es un cliente —dijo ella.
Pero Marta no parecía convencida.
—No lo sé… parece interesado.
Valentina negó con la cabeza rápidamente.
—No.
La idea la incomodaba.
Mucho.
Marta suspiró.
—Como quieras.
En ese momento Sebastián se levantó de su mesa.
Caminó hacia el mostrador con paso tranquilo.
Valentina sintió cómo su estómago se tensaba.
Sebastián se detuvo frente a ella.
—Disculpa.
Su voz era tranquila.
Grave.
Valentina levantó la mirada.
Por un segundo sus ojos se encontraron.
—¿Sí?
—¿Podría pedir otro café?
—Claro.
Valentina tomó una taza limpia.
Mientras la llenaba, Sebastián habló de nuevo.
—¿Siempre trabajas aquí?
La pregunta la tomó por sorpresa.
—Sí.
—Debe ser un trabajo difícil.
Valentina negó suavemente.
—No tanto.
Sebastián apoyó una mano sobre el mostrador.
Sus ojos se movieron hacia la muñeca de Valentina.
El moretón estaba allí.
Esta vez más visible.
—¿Te lastimaste?
Valentina reaccionó de inmediato.
Retiró la mano.
—No es nada.
Sebastián la observó en silencio.
No parecía convencido.
—Parece doloroso.
Valentina forzó una pequeña sonrisa.
—Fue un accidente.
Sebastián conocía esa respuesta.
La había escuchado muchas veces antes.
Personas que querían ocultar algo.
Pero no insistió.
—Gracias por el café —dijo finalmente.
Valentina asintió.
Sebastián pagó y caminó hacia la puerta.
La campana sonó cuando salió.
Valentina soltó un suspiro que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
Marta la miró con curiosidad.
—Definitivamente estaba interesado.
—No —respondió Valentina rápidamente.
Pero su voz no sonó convincente.
Marta sonrió.
—Si tú lo dices.
Valentina miró hacia la ventana.
Sebastián estaba caminando por la acera.
Al doblar la esquina, levantó ligeramente la mirada hacia la cafetería.
Durante un segundo sus ojos se encontraron nuevamente.
Luego desapareció entre la gente.
Valentina volvió a su trabajo.
Intentando ignorar la sensación extraña en su pecho.
Pero Sebastián Rossi no estaba pensando en café mientras caminaba por la calle.
Estaba pensando en el moretón.
En la forma en que ella había escondido la mano.
En el miedo en sus ojos.
Y una idea empezaba a formarse lentamente en su mente.
Tal vez aquella chica no estaba a salvo.
Y si eso era cierto…
Sebastián estaba dispuesto a descubrir la verdad.







