Mundo ficciónIniciar sesiónEl cielo sobre la ciudad estaba cubierto de nubes grises cuando el helicóptero descendió lentamente sobre la azotea del edificio más alto del distrito financiero.
Sebastián Rossi apenas miró por la ventana.
Para él, aquella vista era algo completamente normal.
Había crecido rodeado de poder, dinero y lujo. Las grandes ciudades del mundo eran prácticamente su oficina.
Nueva York.
Milán.
Londres.
Tokio.
Sebastián Rossi era el dueño de Rossi Global Holdings, un imperio empresarial que abarcaba tecnología, inversiones y bienes raíces en varios continentes.
A sus treinta y dos años, muchos lo consideraban uno de los hombres más poderosos del mundo financiero.
Pero el poder no era lo que más lo definía.
Era el control.
Sebastián controlaba todo.
Cada negocio.
Cada inversión.
Cada movimiento.
El helicóptero finalmente tocó la plataforma.
El piloto se giró hacia él.
—Hemos llegado, señor Rossi.
Sebastián asintió y tomó su teléfono.
En la pantalla ya tenía quince notificaciones nuevas.
Nada fuera de lo normal.
Salió del helicóptero con paso firme. El viento movía ligeramente su abrigo oscuro mientras caminaba hacia el ascensor privado del edificio.
Su asistente lo esperaba allí.
Lucía Martínez llevaba trabajando con él casi cinco años.
Era una de las pocas personas que podía seguir el ritmo de Sebastián.
—Buenos días —dijo ella mientras caminaban hacia el ascensor.
—Buenos días.
—La reunión con los inversionistas europeos fue confirmada para las once.
Sebastián asintió.
—Perfecto.
Lucía revisó su tablet.
—También tenemos la cena con el consejo esta noche.
Sebastián suspiró levemente.
—Cancélala.
Lucía levantó la mirada, sorprendida.
Sebastián casi nunca cancelaba reuniones.
—¿Algún motivo en especial?
Sebastián dudó un momento.
—Necesito despejar la cabeza.
El ascensor se abrió en el último piso del edificio.
Las puertas revelaron una oficina enorme con ventanales de piso a techo que mostraban toda la ciudad.
Era impresionante.
Pero Sebastián apenas parecía notarlo.
Entró directamente a su despacho.
El escritorio de madera oscura estaba impecablemente ordenado.
Como todo en su vida.
Lucía dejó la tablet sobre la mesa.
—También hay algo más.
Sebastián levantó la mirada.
—¿Sí?
—Su madre llamó esta mañana.
Sebastián frunció ligeramente el ceño.
—¿Qué quería?
—Preguntó si asistiría a la gala benéfica este fin de semana.
Sebastián se dejó caer en su silla.
—Dile que lo pensaré.
Lucía sonrió levemente.
—Eso significa que irá.
Sebastián no respondió.
Tomó uno de los informes del escritorio y comenzó a revisarlo.
Pero su mente no estaba completamente allí.
Desde hacía unos días sentía algo extraño.
Una especie de vacío.
Había logrado todo lo que se suponía que debía lograr.
Dinero.
Respeto.
Poder.
Sin embargo…
Nada de eso parecía llenar realmente el silencio de su vida.
Su teléfono vibró.
Era un mensaje de su socio en una nueva inversión.
Sebastián respondió rápidamente.
Trabajo.
Siempre trabajo.
Era lo único que conocía.
Dos horas después, tras varias reuniones y llamadas, Sebastián finalmente se levantó de su escritorio.
—Lucía.
Ella apareció casi de inmediato en la puerta.
—¿Sí?
—Voy a salir un momento.
—¿A dónde?
Sebastián tomó su abrigo.
—A caminar.
Lucía arqueó una ceja.
—¿Caminar?
Eso definitivamente no era algo común en la agenda de Sebastián Rossi.
Pero él ya estaba dirigiéndose hacia el ascensor.
A veces necesitaba escapar del mundo de negocios.
Aunque fuera solo por unos minutos.
Las calles de la ciudad estaban húmedas por la lluvia de la mañana.
Sebastián caminó sin un destino claro.
Sin escoltas.
Sin asistentes.
Solo él.
Las personas a su alrededor ni siquiera lo reconocían.
Y eso era algo que agradecía.
Caminó varias calles antes de detenerse frente a un pequeño local en la esquina.
Una cafetería.
Nada lujoso.
Nada exclusivo.
Solo un lugar sencillo con mesas de madera y una ventana grande que dejaba ver el interior.
Sebastián no sabía por qué se detuvo.
Pero algo en ese lugar le resultó… tranquilo.
Empujó la puerta.
Una pequeña campana sonó al abrirse.
El aroma del café recién hecho llenó el aire.
Sebastián levantó la mirada.
Y entonces la vio.
Una chica estaba limpiando una mesa cerca de la ventana.
Cabello oscuro.
Movimientos tranquilos.
Pero había algo en ella que llamó su atención de inmediato.
No era solo su belleza.
Era su mirada.
Una mirada que parecía esconder demasiadas cosas.
Demasiado silencio.
Demasiado dolor.
Valentina aún no había notado que alguien la observaba.
Pero en ese momento…
la vida de ambos acababa de cruzarse.
Y ninguno de los dos estaba preparado para lo que vendría después.







