Mundo ficciónIniciar sesiónLa lluvia había regresado esa noche.
Las luces de la ciudad se reflejaban en el pavimento mojado mientras Valentina caminaba desde la parada del autobús hasta el edificio donde vivía.
Cada paso se sentía más pesado que el anterior.
Sabía lo que le esperaba al llegar.
Y aun así, no podía retrasarlo más.
El viejo edificio se alzaba oscuro y silencioso frente a ella.
Las escaleras del pasillo estaban mal iluminadas, y el olor a humedad llenaba el aire.
Valentina subió lentamente hasta el tercer piso.
Se detuvo frente a la puerta del apartamento.
Respiró profundamente.
Una vez.
Dos veces.
Luego giró la llave.
La puerta se abrió con un leve chirrido.
El sonido de voces llenaba el interior.
Valentina sintió cómo su estómago se encogía.
Había gente.
Su padre estaba sentado en la sala con dos hombres que ella no conocía.
El televisor estaba encendido, pero nadie lo estaba viendo.
Las botellas de alcohol sobre la mesa indicaban que llevaban allí un rato.
El padre de Valentina levantó la mirada cuando ella entró.
Sus ojos estaban fríos.
Siempre lo estaban.
—Llegaste tarde.
Valentina bajó la cabeza.
—El autobús tardó más de lo normal.
Daniel estaba sentado en el sofá, apoyado contra el respaldo, observándola con esa sonrisa que ella odiaba.
—Siempre tiene excusas —dijo.
Uno de los hombres en la sala la miró de arriba abajo.
Valentina sintió un escalofrío recorrer su cuerpo.
Conocía esa mirada.
Demasiado bien.
Su padre tomó un sorbo de su vaso.
—Ve a cambiarte.
Valentina sintió que el aire desaparecía de sus pulmones.
—¿Para qué?
La pregunta salió de su boca antes de que pudiera detenerla.
La habitación quedó en silencio.
Daniel se levantó lentamente del sofá.
Su expresión había cambiado.
—¿Acabas de cuestionar a papá?
Valentina dio un paso hacia atrás.
—Yo solo…
Daniel caminó hacia ella.
—Solo nada.
Se detuvo frente a ella.
Demasiado cerca.
—Haz lo que te dijeron.
Valentina sintió cómo sus manos comenzaban a temblar.
Miró a su padre.
Pero él ni siquiera la estaba mirando.
Para él, aquello era completamente normal.
Como si ella fuera simplemente… un objeto.
—Está bien —susurró.
Caminó rápidamente hacia el pequeño pasillo que llevaba a su habitación.
Cerró la puerta detrás de ella.
Y finalmente dejó caer su bolso sobre la cama.
Su cuerpo comenzó a temblar.
Sabía lo que significaban esas visitas.
Lo sabía demasiado bien.
Se miró en el pequeño espejo de la pared.
Sus ojos estaban llenos de miedo.
Había vivido así durante años.
Atrapada.
Sin salida.
Muchas veces había pensado en escapar.
Pero siempre ocurría lo mismo.
Daniel la encontraba.
Siempre.
Se sentó en la cama y cubrió su rostro con las manos.
—Solo respira —susurró para sí misma.
Era lo único que podía hacer.
Respirar.
Sobrevivir.
Un golpe fuerte en la puerta la hizo sobresaltarse.
—¡Date prisa! —gritó Daniel desde el otro lado.
Valentina se levantó lentamente.
Tomó una chaqueta del armario.
Era más grande de lo normal.
La usaba siempre que tenía que salir de su habitación.
Era como una pequeña armadura.
Inútil.
Pero al menos le daba la ilusión de protección.
Abrió la puerta.
Daniel estaba apoyado en la pared del pasillo.
—Qué lenta eres.
Valentina no respondió.
Caminó hacia la sala.
Los hombres seguían allí.
Uno de ellos sonrió al verla.
Valentina sintió náuseas.
Su padre se levantó.
—Compórtate bien.
Esas palabras siempre tenían el mismo significado.
Valentina bajó la mirada.
El hombre se levantó del sofá.
—Hola.
Ella no respondió.
Daniel rió suavemente.
—Es tímida.
El hombre tomó su abrigo.
—Vamos.
Valentina sintió que el mundo se volvía borroso.
Pero caminó.
Porque sabía que resistirse solo haría todo peor.
Mientras salían del apartamento, la lluvia golpeaba las ventanas con más fuerza.
Y por primera vez en mucho tiempo, una pequeña imagen apareció en su mente.
La cafetería.
El olor a café.
La tranquilidad de ese lugar.
Y por alguna razón inexplicable…
los ojos de Sebastián Rossi.
Valentina no sabía por qué pensaba en él.
Pero esa pequeña chispa de pensamiento fue suficiente para que una idea imposible apareciera en su mente.
Tal vez…
solo tal vez…
algún día podría escapar.







