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Entre Sombras y Rendicion
Entre Sombras y Rendicion
Por: Luz Sandoval
Capítulo 1: La chica invisible

La lluvia caía suavemente sobre la ciudad aquella mañana.

Las gotas golpeaban las ventanas del pequeño apartamento con un sonido constante, casi hipnótico. Para muchos, ese ruido podía resultar relajante.

Para Valentina no.

Cada sonido fuerte la hacía sobresaltarse.

Estaba de pie frente al fregadero de la cocina, lavando los platos del desayuno. Sus movimientos eran rápidos, casi mecánicos, como si quisiera terminar lo antes posible.

Sabía que no debía tardar.

Nunca debía tardar.

El apartamento estaba en silencio, pero ese silencio no significaba paz.

Significaba que en cualquier momento algo podía romperlo.

Valentina tenía veintidós años, pero en sus ojos había un cansancio que parecía mucho más antiguo.

Su cabello oscuro estaba recogido en una coleta desordenada y su rostro, aunque naturalmente hermoso, siempre estaba serio, como si sonreír fuera algo que hubiera olvidado cómo hacer.

Miró el reloj de la pared.

7:10 de la mañana.

Tenía que irse pronto para llegar a la cafetería donde trabajaba.

Ese lugar era el único espacio donde podía respirar un poco.

Donde nadie le gritaba.

Donde nadie la golpeaba.

Donde nadie la trataba como si no valiera nada.

Terminó de lavar el último plato y lo dejó en el escurridor con cuidado.

Entonces escuchó pasos en el pasillo.

Su cuerpo se tensó inmediatamente.

La puerta del dormitorio se abrió con un golpe.

—¿Ya hiciste el desayuno?

La voz de su hermano Daniel llenó el pequeño apartamento.

Valentina bajó la mirada.

—Sí.

Daniel apareció en la cocina unos segundos después.

Era tres años mayor que ella y mucho más alto. Su presencia parecía ocupar todo el espacio.

Sus ojos oscuros recorrieron la cocina.

—Está frío.

Valentina apretó los dedos contra el borde del fregadero.

—Puedo calentarlo.

Daniel bufó con desprecio.

—Siempre inútil.

Tomó el plato de la mesa y lo dejó caer con fuerza sobre el mostrador.

El ruido hizo que Valentina se estremeciera.

—Lo siento —susurró.

Daniel se acercó lentamente.

Demasiado cerca.

Valentina conocía esa mirada.

Era la misma que aparecía cuando él estaba de mal humor.

La misma que había aprendido a temer desde que era una adolescente.

Daniel levantó la mano.

Valentina cerró los ojos instintivamente.

Pero el golpe nunca llegó.

En cambio, él soltó una pequeña risa.

—Mira cómo tiemblas.

Valentina abrió los ojos lentamente.

Daniel parecía disfrutar de su miedo.

Siempre lo hacía.

—Patética —murmuró él.

Tomó el plato y salió de la cocina.

Valentina permaneció inmóvil unos segundos.

Su corazón latía demasiado rápido.

Respiró profundamente.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Era algo que había aprendido a hacer para calmarse.

No debía llorar.

No aquí.

No ahora.

Tomó su bolso del respaldo de la silla.

Tenía que irse.

Mientras se ponía su abrigo viejo, escuchó la voz de su padre desde la sala.

—No llegues tarde esta noche.

Valentina se detuvo en la puerta.

—Sí.

—Tenemos invitados.

El estómago de Valentina se hundió.

Sabía lo que significaba eso.

Pero no respondió.

Solo salió del apartamento.

El aire frío de la mañana golpeó su rostro cuando llegó a la calle.

La lluvia seguía cayendo.

Caminó rápido hacia la parada del autobús, abrazando su bolso contra el pecho.

Las calles estaban llenas de personas que comenzaban su día.

Personas normales.

Personas que reían.

Que hablaban.

Que parecían vivir en un mundo completamente diferente al suyo.

Valentina bajó la mirada mientras caminaba.

Había aprendido a no llamar la atención.

A ser invisible.

Eso era lo más seguro.

El autobús llegó unos minutos después.

Subió y se sentó cerca de la ventana.

Mientras el vehículo avanzaba por la ciudad, Valentina observó las gotas de lluvia deslizarse por el vidrio.

A veces se preguntaba cómo sería tener una vida diferente.

Una donde no tuviera miedo.

Una donde pudiera reír sin sentir culpa.

Pero esos pensamientos eran peligrosos.

Porque la esperanza siempre terminaba en decepción.

Cuando el autobús finalmente se detuvo frente a la pequeña cafetería donde trabajaba, Valentina bajó rápidamente.

El aroma del café recién hecho la recibió en cuanto entró.

Marta, la dueña del lugar, levantó la mirada desde el mostrador.

—¡Buenos días, Vale!

Valentina asintió ligeramente.

—Buenos días.

Marta sonrió.

—Hoy va a ser un día tranquilo.

Valentina dejó su bolso en el pequeño cuarto de empleados.

No sabía por qué, pero por primera vez en mucho tiempo, sintió una pequeña sensación extraña en el pecho.

Como si algo estuviera a punto de cambiar.

Todavía no lo sabía.

Pero ese día…

alguien entraría en esa cafetería.

Alguien que cambiaría su destino para siempre.

Sebastián Rossi.

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