Luego de que Suny se retirara del depósito, Stefano se quedó solo en la penumbra. El silencio del lugar era absoluto, roto únicamente por el crujido metálico de la estructura enfriándose tras el calor del día. Se ajustó los puños de la camisa de seda negra; el roce del tejido costoso contra sus muñecas se sentía como una caricia fría, un recordatorio táctil del estatus que tanto le costaba mantener. Miró su reflejo en una ventana sucia. Sabía que tarde o temprano tenía que hablar con Antonio so