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Pov Giovanni
El olor de la traición es más fuerte que el de la pólvora. Huele a cobardía, envidia y años de resentimiento acumulado. El club Landria, lugar donde siempre escapaba cuando los pensamientos me aturdían, se había convertido en una trampa mortal en cuestión de segundos. El estruendo fue ensordecedor, un coro de cristales rompiéndose y gritos de pánico, cuerpos tirados por todos lados, pero para mí, todo se redujo a una sola frecuencia, el chasquido metálico de un percutor golpeando la recámara. Un sonido que conocía demasiado bien, pero que nunca esperé escuchar de él. —¡Dante! —mi voz salió como un rugido desgarrado al ver a mi mejor amigo, el único hombre en este puto mundo al que respetaba, desplomarse. El idiota se interpuso. El disparo no era para él. Era para mí. Intenté correr hacia él, con el arma ya en la mano, listo para vaciar el cargador sobre quien hubiera osado tocar a mi amigo, mi hermano. Pero un impacto brutal me frenó en seco. La primera bala me dio en el hombro derecho.. Fue un shock eléctrico que me paralizó el brazo. Mi arma cayó al suelo. La segunda bala, milisegundos después, me atravesó el muslo izquierdo. Mis rodillas cedieron y caí al suelo frío, el impacto enviando una vibración dolorosa por toda mi columna. —Mierda... —jadeé, mi boca llenándose de un sabor ferroso y amargo. Luché contra la neblina que empezaba a devorar los bordes de mi visión. Mis ojos buscaban una explicación. Y la encontré. Caminando entre los cuerpos y los cristales rotos, con la calma de un depredador que ha esperado años por este momento, apareció él. Stefano DiGreco. Llevaba puesta esa máscara de "buen chico", el amigo fiel que siempre estaba allí para recoger los pedazos que yo rompía, el "paño de lágrimas" de Camelia. Pero ahora, sus ojos brillaban con una luz maníaca. No había rastro de la supuesta fragilidad por la que ella siempre me regañaba. Ya no era el tipo que agachaba la cabeza cuando yo lo humillaba, el que aceptaba mis desprecios con una sonrisa servil. ¿Esa sonrisa... Dios, esa maldita sonrisa será lo último que vea antes de morir?. Era una mueca de satisfacción absoluta. Una victoria que había cocinado a fuego lento, usando mi propia arrogancia como combustible. Stefano se detuvo a un metro de mí. Se agachó, rompiendo la distancia, y el olor de su perfume se mezcló con el hedor de la muerte a mi alrededor. —¿Te duele, Giovanni? —preguntó, su voz suave, casi cariñosa, lo que la hacía mil veces más retorcida—. Me tomó mucho tiempo planear ésto.Quería que tuvieras tiempo de verme. Que entendieras que el "pobre e indefenso Stefano" es quien te pone fin. Que fui yo quien orquestó este puto circo. Intenté levantar la mano izquierda para rodear su cuello, para borrarle esa expresión de la cara con mis propias manos, pero mi cuerpo no me obedeció. Mi brazo no tenía fuerza. Solo logré que mis dedos rozaran la suela de sus borcegos, una humillación final que me hizo hervir la sangre. —Tú... —logré articular entre borbotones de sangre, escupiéndole a la cara—. Eres una puta serpiente. Ella... ella te odiara. Stefano soltó una carcajada seca que resonó en las paredes del club vacío. Se limpió la saliva con el dorso de la mano, sin dejar de sonreír. —¿Ella? No si no se entera que soy el culpable..Camelia…. Mañana irá a tu funeral y yo estaré allí para sostenerle la mano. Llorará sobre tu ataúd pensando que moriste siendo un estúpido imprudente que se metió con la gente equivocada. Yo seré el héroe que limpie sus lagrimas Giovanni.. Cada palabra era un puñal más profundo que la bala. En mi mente, la imagen de Camelia apareció como un flash cegador. Su elegancia al patinar, la forma en que sus ojos me desafiaban. Recordé nuestra última noche. La desesperación de un encuentro que se sintió como una despedida aunque no lo supiéramos. Sentí una posesión feroz. Ella me pertenecía. Y este imbécil pretendía robármela. —Ella... cree que eres un monstruo, Giovanni. Y yo soy tu víctima. ¿No es poético? Morirás sabiendo que ella me defenderá a mí incluso después de que estés bajo tierra. Que mi "sufrimiento" en tus manos fue la llave que me abrió su puerta. Mi frente, empapada en sudor frío y sangre. Mis párpados pesaban muchísimo. El frío empezaba a subir desde mis pies, una marea helada que me apagaba los sentidos. Vi a Stefano levantarse, su figura borrosa pero su sonrisa grabada en mi mente. Vi cómo levantaba el arma de nuevo, apuntando directamente a mi pecho. —Esto es por cada vez que me hiciste sentir pequeño, Giovanni —dijo, su voz volviéndose fría y cortante—. Esto es por cada vez que me recordaste que tú eres un Ricci y yo un simple bastardo. Escuché las sirenas a lo lejos, pero sabía que no eran para mí. Don Marco no dejaría que la policía tocara este desastre. Mi familia, los Ricci, el apellido que tanto desprecié con mi rebeldía, ahora se sentía como una pesada roca que me hundía en lo más profundo. Recuerdo las palabras de la pelea que tuve con mi padre… dijo que yo era una decepción como hijo, el no va a mover ni un solo pelo por mi. Las palabras que me dijo Camelia ayer resuenan en mi cabeza, todo me da vueltas, ya no escucho nada …"Stefano...", fue mi último pensamiento antes del tercer disparo. El tercer disparo, justo en el corazón, fue un impacto seco y final. Sentí que me hundía en un pozo sin fondo, una oscuridad fría y eterna que me reclamaba. Mis ojos se cerraron al fin con la absoluta certeza de que la muerte era solo el comienzo de mi venganza.






