capitulo 1

MESES ANTES...

El Palacio Venero se alzaba sobre las costas del noroeste de Italia como un monumento al poder que no necesitaba gritar para imponerse. Bastaba con cruzar sus puertas para entenderlo. El lujo se desplegaba en cada rincón, cuadros enmarcados en oro macizo, floreros de porcelana llenos de jazmines blancos, alfombras persas que valían más que mansiones enteras y piedras talladas incrustadas en las paredes como si fueran simples adornos.

Nada allí era casual. Todo estaba dispuesto para recordar quién mandaba.

Durante generaciones, aquel palacio había funcionado como la sede del Consejo, el lugar donde se negociaban alianzas, traiciones y sentencias de muerte, oculto bajo la fachada respetable de una academia de música clásica elitista. Para el mundo exterior, conciertos y partituras. Para quienes conocían la verdad, era una sinfonía de sangre y poder.

Camelia Salvatore llegó con su familia en un jeep Grand Cherokee blindado, escoltado por vehículos negros que rugían detrás como una advertencia. Tenía dieciocho años, odiaba esos eventos con cada fibra de su ser. Prefería mil veces quedarse encerrada en la villa Salvatore antes que perder horas rodeada de hombres hipócritas que hablaban de honor mientras mataban inocentes.

Su madre, Isabela Romano de Salvatore, le acomodó con delicadeza las tiras del vestido sobre los hombros mientras esperaban que los escoltas despejaran la entrada.

—Recuerda mantener la compostura —le susurró— Hoy habrá muchos ojos sobre nosotros.

Camelia frunció el ceño.

—¿Por qué? Ni siquiera nos permiten participar de estas reuniones mamá. No tiene sentido estar aquí.

Isabela esbozó una sonrisa suave, cargada de una sabiduría amarga que sólo una mujer criada en la mafia podía tener.

—Las reglas requieren que toda la familia se presente cuando es solicitada.

Las palabras le dejaron un sabor amargo en la boca.

Avanzaron por los pasillos interminables del palacio. Los empleados trabajaban en un silencio sepulcral, con la vista baja. Mirar a los ojos a los invitados era un riesgo innecesario; en ese lugar, una mirada equivocada podía equivaler a una sentencia de muerte.

Camelia observó los tapices bordados, las lámparas de cristal que multiplicaban la luz en destellos hipnóticos. A simple vista, la academia era un templo de belleza. Pero ella sabía que esa magnificencia no era más que una máscara, una cortina elegante para ocultar los crímenes que se decidían allí dentro.

Alessandro Salvatore caminaba al frente, con su hijo Dante a su lado. Vestía un traje gris impecable y una corbata de seda azul marino. Había heredado el imperio familiar a los veinticinco y lo había triplicado durante 27 años gracias a una mente estratégica y una frialdad envidiable.

—Papá —murmuró Dante, inclinándose apenas hacia él—, ¿por qué Antonio DiGreco pidió esta reunión? Estuvimos aquí el mes pasado.

—Porque los hombres desesperados buscan renegociar constantemente —respondió Alessandro en un tono frío, seco y lleno de disgusto—. Antonio lleva años siendo visto como el más débil del Consejo. Eso lo vuelve impredecible.

—¿Es peligroso para nosotros o el negocio?—Pregunto Dante con algo de preocupación.

—Todo hombre desesperado lo es. El vendería a su madre si pudiera obtener más poder con ello —Contesto Alessandro con el ceño fruncido.

Camelia caminaba tres pasos detrás, junto a su madre, como dictaba el protocolo. Odiaba ese protocolo. Odiaba ser invisible cuando convenía a los hombres y demasiado visible cuando necesitaban recordarle que era una pieza más del tablero.

Tras una puerta discreta, disimulada entre estanterías de partituras antiguas, se abría un pasillo estrecho. Las paredes insonorizadas parecían tragarse cada sonido. Ese corredor secreto conducía a la Sala del Consejo, un espacio ausente en los planos oficiales de la academia, reservado solo para quienes conocían su existencia.

Dos guardias custodiaban las enormes puertas de madera.

—Señor Salvatore, su familia puede pasar. Las damas deben dirigirse al salón lateral o a la galería superior —Respondió uno de los guardias cordialmente.

Isabela asintió con elegancia ensayada.

—Vamos, Camelia.

—Prefiero la galería —respondió ella sin dudar.

Su madre la miró con advertencia, pero Alessandro intervino sin voltearse a mirarlas.

—Déjala si quiere observar Isa.

Mientras los hombres ingresaban a la sala, Camelia subió por la escalera que conducía a la galería superior.

El palco de vidrio se alzaba sobre la Sala del Consejo como un mirador invisible. Las mujeres no participaban, pero nadie podía impedirles mirar. Desde allí, el cristal ofrecía una vista perfecta de la mesa donde los capos de las cinco familias tomaban asiento. Podía oír cada palabra, cada respiración, como si el vidrio no solo dejara pasar la luz, sino también los secretos.

La puerta principal se abrió con un chirrido grave y el murmullo se extinguió de inmediato.

Don Marco (capo di tutti capi) apareció bajo la luz cálida del pasillo. No era el fundador del Palacio Venero, pero sí el hombre que lo había convertido en la fachada perfecta. Su sola presencia bastó para que las miradas se inclinaran. Caminó con paso lento y seguro, observando a cada paso cada una de las caras y gestos de las personas sentadas en aquella mesa.

Desde el palco, Camelia sintió el corazón acelerarse.

Don Marco tomó la cabecera y la reunión comenzó.

Los cinco capos se acomodaron con la precisión de un ritual ensayado durante años.

Alessandro Salvatore ocupó el extremo este, con Dante a su derecha y Victorio Ricci a la izquierda, cincuenta y ocho años, cabello gris acero y rostro curtido por decisiones difíciles. Su hijo Giovanni: veinte años, arrogante, vestido de forma demasiado casual para la ocasión, chaqueta de cuero sobre camisa negra tomó lugar al lado de su amigo Dante.

Antonio DiGreco tomó el lado norte. Era el más joven de los capos, cuarenta y siete años, ascendido siete años atrás tras la "muerte súbita" de su padre. Fumaba un cigarro con movimientos calculados. A su lado, su hijo Stefano permanecía de pie, manos entrelazadas, postura militar. Aún no había ganado el derecho a sentarse.

Esteban Taglia y Lorenzo Carusso completaban el círculo. El primero,dominaba los puertos del sur. El segundo, controlaba casinos y extorsiones en el centro de Italia.

Desde lo alto, Camelia observó a Giovanni Ricci. No entendía por qué, pero sintió un escalofrío pasar por su piel, como si su cuerpo reconociera un peligro antes que su mente. Había algo en él en su arrogancia despreocupada, en la forma en que ocupaba el espacioque la obligaba a mirarlo, aun cuando sabía que debía apartar la vista.

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