Mundo ficciónIniciar sesiónCamelia se inclinó hacia adelante, acercando el rostro al vidrio frío de la galería. Desde allí, el mundo parecía dividido en dos planos: arriba, el silencio contenido de quienes no tenían voz; abajo, el murmullo peligroso de los hombres que decidían sobre negocios clandestinos.
Fuera lo que fuese que Antonio DiGreco había pedido discutir esa noche, había logrado reunir al Consejo completo apenas un mes después de la última sesión. Eso no era habitual. En la mafia, las reuniones no se repetían sin motivo. Aquello no era cortesía sino una urgencia disfrazada de protocolo. El silencio inicial era parte del ritual. Nadie hablaba hasta que el anfitrión rompiera el hielo. —Caballeros —comenzó Don Marco, con voz áspera y medida—, agradezco su presencia. Algunos de ustedes han viajado largas distancias para estar aquí esta noche. Con un gesto mínimo, casi aburrido y no muy convencido, cedió la palabra a Antonio DiGreco, éste le rogo tanto por esta reunión que decidió seder solo por esta vez para saber qué tanto era lo que tenía para decir. Antonio dio un paso hacia adelante. No se sentó de inmediato. Le gustaba ser el centro de atención, lo hacía sentir importante y poderoso. —Los tiempos están cambiando más rápido de lo que cualquiera de nosotros anticipó —dijo—. Los rusos avanzan hacia el sur con una agresividad inédita. Controlan gran parte del tráfico en los Balcanes. Y los franceses… —esbozó una sonrisa tensa— siempre han querido el negocio que no les pertenece. —Nada de eso es nuevo —interrumpió Vittorio Ricci, con voz grave y cansada—. Siempre hubo presión externa. Y siempre resistimos. —Resistir no es igual a prosperar —replicó Antonio sin mirarlo—. Tres de mis camiones fueron interceptados en los últimos meses. Las rutas del norte ya no son seguras. —Entonces mejora tu seguridad —dijo Giovanni Ricci, con desdén y sin levantar demasiado la voz—. No es responsabilidad del Consejo cubrir tus errores. El silencio que siguió fue inmediato y cortante, como una cuchilla sobre el frío mármol. Desde la galería, Camelia sintió el cambio en el aire. Giovanni no había gritado, ni insultado. Pero su tono había sido suficiente. Stefano DiGreco, de pie detrás de su padre, apretó los puños. Los nudillos se le pusieron blancos. No dijo nada. No podía. Todavía no tenía ese derecho. Nadie lo tomaba en cuenta en ese lugar. Mientras tanto Antonio inhaló despacio, conteniendo algo que parecía más orgullo que ira. —La arrogancia de la juventud… —murmuró—. Debe ser maravilloso tener un heredero tan… confiado. —Contestó mirando a Vittorio y no a Giovanni. —Mi hijo habla con franqueza —respondió Vittorio—. A veces de forma incómoda, pero no se equivoca. Cada familia protege su propio negocio. —Exactamente —asintió Antonio mirando a todos mientras pensaba las palabras que debía decir—. Y es por eso que propongo algo que nos beneficie a todos. Esta vez sí se sentó. —No más pactos frágiles con acuerdos que se rompen cuando alguien ve una oportunidad mejor. Propongo algo permanente. Alessandro Salvatore, que había permanecido en silencio, alzó la mirada. —La permanencia siempre tiene un precio —dijo resaltando la última palabra con fastidio—. ¿Cuál es el tuyo, Antonio? Antonio sonrió. No fue una sonrisa amable, sino una llena de interés y ambición —Unión familiar de nuestras casas en matrimonio. Se podía sentir la tensión de todos en aquel momento en medio de un silencio incómodo Camelia sintió cómo el estómago se le cerraba. Se inclinó aún más hacia el vidrio, conteniendo la respiración. Mientras tanto Digreco volvió a tomar la palabra. —Mi hijo Stefano —continuó Antonio— es joven, disciplinado, leal. Está listo para formar su propia familia. Para crear lazos que no se rompan con una firma o una traición. Su mirada se deslizó hacia Alessandro. —Tu hija Camelia está en edad apropiada. Una unión entre nuestras familias fortalecería el norte y el oeste como nunca antes. Salvatore y DiGreco. Sería… extraordinario.—Contestó en un tono orgulloso y confiado. Desde lo alto, Camelia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. No era una sugerencia. Era una oferta. Y en ese mundo, las ofertas no se rechazaban sin consecuencias. Comenzó a sentir como los nervios invadían todo su cuerpo, las manos le temblaban. ¿Que era lo que diría su padre?. Mil pensamientos pasaron en su cabeza en cuestión de segundos. A Giovanni la reunión dejó de parecerle aburrida, esas palabras captaron toda su atención. No habló. No protestó. Solo se enderezó lentamente en su silla y apoyó ambos antebrazos sobre la mesa. Su mirada cruzó el salón hasta clavarse en Stefano. No había furia en sus ojos, más bien una gran advertencia. Alessandro no mostró sorpresa, viniendo de Antonio DiGreco se podía esperar cualquier cosa. Su rostro permaneció inexpresivo, mostrando una calma por fuera pero había una furia difícil de contener por dentro. Su voz salió seca. —Mi hija ya tiene un destino pactado —dijo—. Camelia Salvatore se unirá a Giovanni Ricci. Esa decisión fue tomada hace años. Fue firmada y presenciada por este Consejo. —Los pactos antiguos pueden revisarse, por algo son antiguos, lo que no funciona en tiempos actuales aún se puede cambiar —insistió Antonio. —No cuando hay palabra de por medio —lo cortó Alessandro su mandíbula se tensó, los labios se apretaron en una línea dura, y sus ojos se clavaron en Antonio con una intensidad que no admitía réplica.—. Si rompemos eso, dejamos de ser hombres de honor. Taglia y Carusso intercambiaron miradas. Luego asintieron. —Los acuerdos antiguos se respetan —dijo Taglia—. O no somos mejores que aquellos de los que nos quejamos. Camelia tuvo que cubrirse la boca. No porque fuera a llorar. Sino que, por primera vez, entendió algo con absoluta claridad; no había sido invitada como espectadora. Ella era el tema central de la reunión. Se acomodó en su asiento, con las piernas temblorosas. Stefano levantó la vista yla miró desde su lugar, con una calma demasiado calculada. Intrigado por saber qué opinaba o qué pensaba en ese momento Camelia. Quería observarla, estudiar de cerca la expresión de su cara.






