capitulo 3

Carusso agregó, rompiendo el silencio que se había vuelto incómodo.

  —Mi familia también mantiene acuerdos matrimoniales hace décadas atras. Si comenzamos a romperlos por conveniencia, ningún pacto significará nada.

  Antonio DiGreco apretó la mandíbula. Había esperado más apoyo, o al menos neutralidad. Aquello era un rechazo abierto, público, y lo colocaba en una posición incómoda frente al Consejo. Sin embargo, no era un hombre que se rindiera tan facil.

  —No es un rechazo a tu hijo —intervino Vittorio Ricci, con voz diplomática pero firme—. Es respeto por aquello que nos mantiene civilizados. Los Ricci y los Salvatore sellamos este acuerdo cuando nuestros hijos eran pequeños. Romperlo sería un insulto directo para ambas familias.

  Antonio dejó caer las manos sobre la mesa. No con violencia, pero el sonido seco resonó en la sala.

  —El respeto también puede convertirse en obstinación —dijo lentamente—. Y la obstinación, caballeros… suele cobrarse caro. Muy caro.

  Nadie respondió de inmediato.

  Desde la galería, Camelia sintió un escalofrío recorrerle la columna. No eran las palabras de Antonio lo que la inquietaba, sino el tono. Había algo debajo, algo que no se decía en voz alta. Una promesa o una amenaza futura.

  Giovanni, recostado en su silla con insolencia estudiada, soltó una risa breve.

  —¿acaso lo que escuché fue una amenaza? —murmuró, lo suficientemente alto para que todos lo oyeran—. Te comportas como un viejo amargado llorando por lo que no puede tener.

  Dante le dio un codazo inmediato.

  —Cállate, Gio —le advirtió en voz baja—. Este no es el lugar ni el momento. 

  Pero el daño ya estaba hecho. Stefano, que hasta ese instante había permanecido como una estatua silenciosa detrás de su padre, levantó lentamente la vista. Sus ojos encontraron a Giovanni.

  No hubo explosión de ira o reacción impulsiva. Hubo algo mucho peor. Una calma absoluta densa, controlada, del tipo que no anuncia una pelea… sino una guerra futura. Sus labios se curvaron apenas, en una sonrisa microscópica que nadie más pareció notar.

  Giovanni sostuvo la mirada sin apartarse. Le devolvió una sonrisa más amplia, descarada, cargada de desprecio.

  —Mira al bastardo —susurró a Dante, deliberadamente alto—. Cree que puede tener algo que está muy por fuera de su alcance. 

  Vittorio cerró los ojos un instante, conteniendo la frustración que su hijo le provocaba. Giovanni siempre había sido así, brillante, temerario pero incapaz de medir las consecuencias.

  Antonio golpeó la mesa con la palma abierta. No fue un golpe furioso, sino calculado. El sonido bastó para reclamar atención.

  —Entonces queda claro —dijo con voz cortante—. Los Salvatore honran un pacto que quizás ya no los beneficie tanto como creen.

  —Nos beneficia a todos —corrigió Vittorio—. Evita guerras innecesarias. Mantiene el equilibrio de poder. ¿O acaso olvidaste lo que ocurrió en los años ochenta cuando las familias comenzaron a pelearse por territorios y matrimonios rotos?

  Antonio no respondió.Nadie había olvidado aquellos años. Cientos de muertos, negocios arrasados, intervención policial y familias enteras desaparecidas.

  Alessandro Salvatore se inclinó hacia adelante. Sus manos se entrelazaron sobre la mesa con calma absoluta.—El compromiso entre nuestras familias se celebrará muy pronto —declaró—Giovanni y Camelia se casarán, uniendo oficialmente nuestras casas. Y esta decisión no será cuestionada nuevamente por nadie. Fue una sentencia inapelable llena de irritacion.

  Desde la galería, Camelia sintió que el aire le faltaba. Las paredes parecieron cerrarse sobre ella. Aquellas palabras acababan de sellar su futuro. ¿Sus padres no pensaban decirle nada? ¿no les importaba que quería ella o si quizás estaba enamorada de alguien más? 

 Miró hacia abajo y observo que Giovanni estaba sonriendo, pero no hacia ella. Le estaba sonriendo a Stefano. Tenía una sonrisa victoriosa demostrando posesión, como si hubiera ganado un juego y ella era el trofeo. 

  En cambio Stefano…Stefano finalmente levantó la vista hacia la galería. Sus ojos encontrandose con los de Camelia. No la miraba con deseo romántico. Ni siquiera con lujuria. Era algo mucho más frío, más inquietante. La observaba como se observa una inversión perdida. Una herencia negada. Algo que, en su mente retorcida, debía haber sido suyo. Sus labios se movieron apenas sin sonido seguida de una sonrisa ladeada. Camelia no supo que fue lo que dijo pero esa sonrisa le genero escalofríos. Stefano jamás la había mirado de esa manera tan intimidante. Desvió la mirada de inmediato, el corazón golpeándole con violencia contra el pecho. Su futuro había sido decidido. Sin consultarle. Sin importarle a nadie lo que ella queria.

  Cuando finalmente los hombres comenzaron a levantarse —la reunión había durado casi tres horas— Decidió retirarse de la galería antes de que alguien pudiera detenerla. Descendió por escaleras secundarias hacia uno de los salones laterales, donde se servían deliciosos aperitivos para las familias. Su madre conversaba con otras esposas, todas sonriendo con cortesía vacía.

  Isabela la vio y lo supo de inmediato de que se trataba está reunión. No hubo tiempo para hablar con su hija, para prepararla para este momento, pensó que todavía no era necesario pero los DiGreco tenían intensiones avariciosas y se adelantaron antes que ella pudiera encontrar el momento correcto. 

  —¿Confirmaron el pacto? —preguntó en voz baja.

  Camelia asintió, incapaz de hablar.

  Isabela suspiró y tomó la mano de su hija con ganas de consolarla.

  —Lo sé, cariño. Lo sé. Entiendo lo que estás pasando.

  Afuera, en los jardines del palacio, los hombres salían en pequeños grupos. Vittorio Ricci y Alessandro Salvatore caminaban juntos, conversando en voz baja sobre detalles finales.

  Giovanni pasó junto a Stefano deliberadamente cerca. Se detuvo en un golpe seco y giro su cuerpo.—Cuidado con lo que deseas DiGreco —dijo en voz baja pero clara— Los perros deben saber cuál es su lugar .

  Stefano no respondió. Pero en sus ojos, Giovanni vio algo que debería haberlo alertado. Algo que debería haberlo inquietado más de lo que estaba dispuesto a admitir. Odio puro, paciente y mortal. 

  Giovanni simplemente sonrió orgulloso y siguió caminando, rodeando los hombros de Dante con familiaridad. Sin saber que acababa de crear a su peor enemigo.

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