El despacho de Vittorio Ricci no era un refugio para la diplomacia, sino un tribunal sin jueces ni apelaciones donde se dictaban sentencias entre humo espeso y el gemido del cuero fatigado. A diferencia de la propiedad de los Salvatore con su mármol ostentoso y bibliotecas diseñadas para engañar a los ojos, el dominio de Vittorio no pretendía disfrazarse de civilización.
Giovanni entró sin llamar.
Las puertas de caoba se abrieron de par en par con un golpe seco, lo bastante violento para