Capitulo 4

La familia estaba de vuelta en la Villa Salvatore, tuvieron un viaje silencioso y pacifico que no duraría por mucho más tiempo.

Camelia entró corriendo a la mansión empujando la puerta de entrada con todas sus fuerzas. Los ventanales resonaron a punto de romperse. Los cuadros cercanos a la entrada se movieron, pero nada de eso le importó. Las mucamas que limpiaban la mansión corrieron a esconderse en la cocina, ¡que Dios las libre de todo pecado si Don Alessandro pensaba que se quedaban a escuchar la disputa familiar por chismosas!.

—¡No voy a hacerlo! El grito le desgarró la garganta. Fue puro, visceral y desesperado. Se había contenido de discutir durante todo el camino.

Isabela se quedó inmóvil por un momento, respiro profundo pensando en que iba a reponder.

—Camelia, baja la voz —pidió, aunque su tono sonaba cansada y sin autoridad—. Esta no es forma de hablarle a tu padre.

—¡No me importa! —giró hacia ella, con los ojos brillantes de lágrimas contenidas—. ¡Decidieron mi vida como si fuera un maldito contrato comercial!

Las lágrimas que tanto había guardado comenzaron a derramarse. Se limpió la cara con rabia.

Alessandro estaba junto al escritorio de roble cobrizo de su despacho, de pie, con las manos a la espalda. Inexpresivo. Como siempre.

—Cálmate —ordenó con voz amenazante.

—No —replicó ella como un susurro, su voz se quebró a punto de llorar—. No me voy a calmar después de escuchar cómo me ofrecían como si fuera ganado en una subasta.

Su madre dio un paso hacia ella, extendiendo una mano.

—No entiendes cómo funciona este mundo, cariño.

—¡Lo entiendo perfectamente! —gritó Camelia frustrada—. Funciona aplastando a quienes no pueden hablar y casualmente, siempre somos nosotras las que perdemos esos derechos, no tenemos ni voz ni voto.

El silencio que siguió fue denso y pesado.

—Ese matrimonio es necesario —dijo Alessandro finalmente—. Los Ricci representan una unión estratégica y segura para el negocio. Con esto consolidamos las alianzas que llevamos construyendo hace varios años.

—No quiero casarme —escupió Camelia, cada palabra como una piedra— ¿Alguna vez pensaste en preguntarme al menos?.

—Aqui no se trata de lo que tú quieres—sentenció su padre. Eso fue el golpe final.

Camelia rió, pero había lágrimas cayendo libremente ahora, marcando surcos calientes por sus mejillas.

—Claro que no. Nunca lo fue. Porque esto jamás se trata de mí, ¿verdad? Se trata de los negocios. Del dinero, de malditas alianzas y mantener el apellido en lo alto.

Isabela abrió la boca para responder, pero Camelia ya había salido, dejando la puerta abierta de par en par como último acto de rebeldía.

Dos horas después, Dante la encontró en el jardín trasero sentada en el borde de la fuente de agua, con los brazos rodeando sus rodillas.

—Gritaste lo suficiente como para que te oyera toda la mansión—dijo su hermano, acercándose con las manos en los bolsillos.

Dante se sentó a su lado, dejando que sus piernas colgaran sobre el borde. El silencio entre ellos se extendió, roto solo por el agua.

—Giovanni no es tan terrible —dijo finalmente arrastrando las palabras—. Podría ser peor.

Camelia giró la cabeza lentamente, como si no pudiera creer lo que escuchaba.

—¿Cuándo? —lo interrumpió, girando hacia él cada vez más impaciente en busca de respuestas—. ¿Cuándo lo supiste?

La expresión de Dante cambió. Apenas un segundo de vacilación, pero fue suficiente.

—¿Cuándo lo supiste, Dante? —repitió, y ahora su voz temblaba de rabia contenida.

—Camelia, no es...

—¡Respóndeme! —gritó—. ¿Cuándo supiste que iban a venderme como si yo fuera un objeto?

Dante se levantó, incómodo.

—No te están vendiendo. No seas dramática.

—¿Dramática? —Camelia soltó una carcajada amarga—. ¿Dramática? Me acabo de enterar que voy a casarme con alguien que no elegí, y tú... tú lo sabías. No fueron capaz de decirme, si no fuera por esa reunión me hubiera enterado el día que me lleven al altar a la fuerza!

—Hace dos semanas —admitió finalmente, pasándose una mano por el cabello—. Papá me lo dijo hace dos semanas.

El mundo de Camelia se detuvo.

—Dos semanas —susurró—. Dos semanas y no me dijiste nada.

—No era mi lugar decir algo tan importante, era papá quien debía hablar contigo de un acuerdo que implicaría tu futuro.

—¡Eres mi hermano! —explotó, empujándolo fuertemente en el pecho—. ¡Se supone que debes protegerme! ¡Se supone que estás de mi lado!

—¡Estoy de tu lado!—su tono fue parejo, con el ceño apenas fruncido y la quietud de su gesto mostraban la tensión de quien ya no sabe cómo convencerla. —Sabes que yo no tengo autoridad en estas decisiones.

—¡Mentiroso! —las lágrimas corrían libremente ahora—. Estás del lado de papá. Del lado de los negocios. Del lado de tu estúpido amigo Giovanni.

—¡Estás exagerando un poco! Respondió Dante indignado.

—No estoy exagerando —dijo ella, su voz rompiéndose—. Confié en ti. Siempre confié en ti, Dante. Eras la única persona en esta maldita casa en la que podía confiar.

El "eras" quedó suspendido en el aire como una sentencia.

—Camelia, por favor...—dijo con calma y un leve temblor en su voz.

—¿Y Giovanni? —lo cortó—¿Él también lo sabía?. El silencio de Dante fue respuesta suficiente.

Camelia retrocedió como si le hubieran dado una bofetada.

—Dios mío, como pudieron mentirme de esa manera—susurró—. Ustedes dos... los dos lo sabían. — y se rieron en mi cara.

—No fue de la manera que piensas… —dijo Dante con angustia.

—¿Cómo fue entonces? —exigió—. ¿Te pidió consejos sobre cómo manejarme? ¿Le dijiste que soy terca? ¿Que tengo mal genio? ¿Le advertiste que no soy como las mujeres dóciles que prefiere?¿Que sería buena inversión? ¿Que los Salvatore somos buena mercancía o qué?

—¡Basta Camelia por favor!.

Dante abrió la boca para replicar pero no sabía que más decir, cuanto más intentaba justificarse más complicaba la discusión. Optó por retirarse a su habitación. Ya habría tiempo de hablar con su hermana mañana cuando estuviera más calmada.

Ella se quebró en un sollozo, pero no bajó la mirada, se quedó parada mirando a la nada pensando en todo lo que había pasado en un solo día. Y de golpe...

Una figura se desprendió de las sombras del pilar, avanzando con calma, como si hubiera estado escuchando cada palabra. El sonido de sus pasos sobre el camino de piedra fue suficiente para helarle la sangre. El aire se volvió más pesado, como si la villa misma contuviera el aliento.

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