Giovanni permanecía junto al pilar, rígido, como si la piedra misma lo hubiera reclamado para ocultar lo que ardía en su interior. La mirada que dirigía a Camelia era un campo de batalla de compasión y reproche, pero detrás de esa máscara había algo más profundo, algo que él se negaba a reconocer. El amor, ese sentimiento que lo desarmaba, era para él una debilidad intolerable, mostrar ternura equivalía a perder poder, y Giovanni no estaba dispuesto a ceder terreno. La inmadurez lo empujaba a esconderse detrás de gestos severos, de palabras cortantes, de silencios que pretendían ser autoridad. Sin embargo, cada vez que la veía, con el corazón desgarrado, una punzada lo atravesaba. Era el dolor de quien ama y no sabe cómo amar sin sentirse humillado. La contradicción era insoportable, quería extender su mano, pero la soberbia le ataba los brazos; deseaba pronunciar su nombre con dulzura, pero la inmadurez le imponía un tono áspero. Así, se refugiaba en la dureza de su mirada, en la
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