Mundo ficciónIniciar sesiónDe día, la ley y el protocolo. De noche, un secreto prohibido. Megan es la gobernadora de Tierra Escarlata, una mujer fuerte que juró no volver a confiar en nadie tras una gran traición. Camilo es su General Superior, un hombre implacable que daría la vida por protegerla, pero que también despierta en ella una atracción salvaje e incontrolable. Todo cambia tras un fuerte temblor. Megan y Camilo escapan de una suite privada, pero cometen un error: dejar pistas íntimas atrás. Al día siguiente, Morgan, la mejor amiga de Megan, se cuela en el lugar para recuperar lo olvidado con la ayuda de un oficial de confianza. El problema es que Victoria, la despechada exesposa del general, descubre el movimiento y amenaza con destruirlos públicamente. Sin salida, Megan y Camilo se ven obligados a inventar una gran mentira frente a sus enemigos: asegurar que la intrusa era un activo en una misión secreta del gobierno. La red se cierra rápidamente sobre ellos. Con traiciones acechando en su propio círculo y la presión aumentando en los pasillos del palacio, la fachada empieza a agrietarse. ¿Lograrán sostener la mentira antes de que el mundo descubra lo que de verdad pasó en esa habitación?
Leer másEl crepúsculo sobre Tierra Escarlata siempre traía consigo un aire denso, casi premonitorio. En el despacho presidencial, las lámparas de escritorio apenas lograban disipar las sombras que se acumulaban en las esquinas, un reflejo perfecto del ambiente político que rodeaba a la joven mandataria. Megan exhaló un suspiro cansado, frotándose las sienes antes de regresar la mirada a la enorme pila de decretos oficiales que exigían su firma.
—Vamos, Megan, es solo una fiesta de máscaras —insistió Morgan, su mejor amiga, mientras se apoyaba en el borde de la mesa de caoba y apartaba con el dedo uno de los tantos informes que bloqueaban la vista de la gobernadora—. Tienes que salir de aquí, dejar por un momento este encierro y tus malditas montañas de papeles.
Megan se recostó en su silla de cuero, cruzando las piernas con una sonrisa de suficiencia que ocultaba el agotamiento crónico de sus ojos miel.
—¿Andas controlando mi agenda ahora? ¿Cómo sabes que no dejo todo esto a un lado de vez en cuando? Sabes perfectamente que lo hago —le respondió, arqueando una ceja con desafío.
Morgan rodó los ojos y soltó una risa burlona, cruzándose de brazos.
—Sí, sé que tienes tus métodos de escape, pero tus "escapadas" secretas no siempre son la solución definitiva, querida. Estás demasiado tensa.
—En eso tienes razón, no siempre quedo satisfecha —admitió Megan, inclinándose hacia adelante y guiñándole un ojo con total picardía—. De hecho, últimamente ningún hombre da la talla ni me ofrece lo que realmente necesito. Todos son predecibles y aburridos.
Gobernar Tierra Escarlata no era una tarea para débiles; era un nido de víboras. El peso de todo un territorio descansaba sobre los hombros de Megan, una carga que se sentía el doble de pesada al ser la única heredera y no tener un solo familiar en quien apoyarse tras las duras traiciones de su pasado. El fantasma de la desilusión la había vuelto desconfiada, obligándola a levantar una fortaleza de hielo a su alrededor. Saúl, su viejo y fiel consejero, siempre se lo repetía con el mismo tono solemne cada vez que la veía trabajar hasta la madrugada:
«Debes conseguir una pareja, gobernadora. Este territorio es una bestia salvaje y este trabajo no es para una sola persona».
Pero, honestamente, a ella le parecía una misión imposible. No había un solo hombre en los círculos de poder que la completara, o que al menos no se sintiera completamente intimidado por el tamaño de su corona y su carácter de titanio. Los que se atrevían a cortejarla solo buscaban estatus, y ella detestaba la hipocresía.
Por eso, esa tarde decidió que la loca idea de Morgan no sonaba tan mal. Una fiesta de máscaras en el club de la periferia era la oportunidad perfecta: podría pasar completamente desapercibida bajo el anonimato, olvidarse del maldito protocolo y, quién sabe, quizás tener un momento de pura pasión con algún desconocido que no supiera quién era ella. Megan quería divertirse, disfrutar de un juego peligroso sin nombres, títulos ni compromisos, y regresar a sus deberes reales al día siguiente como si nada hubiera pasado.
Para el disfraz, decidió dejar atrás la suntuosidad y los rígidos vestidos de gala del palacio. Se vistió con algo mucho más sencillo pero audaz: un vestido negro, corto y ceñido al cuerpo que acentuaba sus curvas, una coleta alta bien pulida que despejaba su cuello y sus infaltables tenis blancos con hilos de plata que destellaban sutilmente. Para ella, la comodidad nunca se negociaba, ni siquiera en una noche de incógnito. Si la situación se complicaba, tenía que estar lista para cualquier imprevisto.
Morgan apareció minutos después en el vestidor, sosteniendo dos elegantes antifaces oscuros que ocultaban perfectamente las facciones del rostro.
Para cerrar el plan, la gobernadora mandó llamar a su consejero a la oficina contigua.
—Saúl, necesito que organices un transporte sencillo ahora mismo —le ordenó Megan, deteniendo las inevitables objeciones del anciano con una mirada fría y tajante—. Quiero un vehículo común, algo de bajo perfil que no llame la atención. Y no te preocupes por el chofer, conduciré yo misma.
Saldría del palacio sin escolta militar. No quería que en esa fiesta nadie supiera quién era ella. Esta noche, Tierra Escarlata no tendría reina; solo sería Megan.
El llanto de Megan se fue apagando lentamente, transformándose en una respiración acompasada contra el pecho de Camilo. El peso de los años de desconfianza, el fantasma de la traición y el blindaje de la corona se habían disuelto en el suelo de aquella suite, junto a las hojas esparcidas de una renuncia que nunca se firmaría.Camilo la estrechó con una delicadeza inusual, rodeándola con sus brazos como si protegiera el tesoro más valioso de su existencia. Con un movimiento suave, le levantó la barbilla, obligándola a clavar sus ojos en el brillo profundo de sus esmeraldas. Ya no había máscaras, ni uniformes, ni mentiras entre ellos.—Te lo prometí, Megan —susurró el general, con esa voz ronca y pausada que ahora transmitía una paz absoluta—. Conmigo estás a salvo. No hay pasado que pueda tocarte en este territorio.Megan esbozó una sonrisa de medio lado, la primera sonrisa verdaderamente libre y auténtica que reflejaba su rostro en mucho tiempo.—Es una insubordinación gravísima dejar
El viernes por la mañana, el aire en el palacio se cortaba con un cuchillo. La Fase 2 de la estrategia había dejado a Megan en un estado de vulnerabilidad absoluta; sus noches eran insomnios continuos pensando en la devoción silenciosa del general, y sus días eran una tortura de distancia. El terreno estaba preparado, las defensas agrietadas. Era el momento de la estocada final.La tormenta estalló a las nueve en punto. El viejo Saúl entró al despacho de la gobernadora con el rostro pálido y las manos temblando de verdad, sosteniendo una carpeta roja de alta prioridad. No era una actuación; el consejero jefe ignoraba que su propia hija, Morgan, había diseñado este colapso junto al general.—Gobernadora... Megan... —tartamudeó Saúl, dejando caer la carpeta sobre el escritorio de caoba—. Esto es una catástrofe para la seguridad del territorio. El General Superior Camilo acaba de radicar una solicitud de baja inmediata y traslado definitivo fuera de Tierra Escarlata.A Megan se le detuvo
El lunes amaneció con un cambio sutil, casi imperceptible para cualquiera que no fuera Megan, pero sísmico para ella. La fase de "vacío absoluto" había terminado. Camilo ya no era el soldado robótico y distante de los últimos días; había vuelto a ser el estratega impecable, pero con un giro que la desconcertaba aún más: su protección se había vuelto una presencia constante, silenciosa y absoluta.Durante la inspección de las obras en el Sector Cuatro, donde el atentado del acueducto aún mantenía los ánimos caldeados, Megan se sintió custodiada como nunca antes. No era el despliegue aparatoso de la Guardia; era Camilo, moviéndose como una sombra a su espalda.Cuando una viga mal sujeta se desprendió, Megan ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar. Antes de que el estruendo terminara, el cuerpo del general ya estaba frente a ella, cubriéndola con su propia espalda mientras desvió los escombros con una precisión casi inhumana. En cuanto el peligro pasó, Camilo no esperó un agradecimiento, n
El jueves por la mañana, el regreso de la gobernadora al palacio de Tierra Escarlata fue recibido con el más alto protocolo. Megan cruzó el umbral del ala presidencial vistiendo un impecable traje sastre color gris sutil, con la barbilla en alto y los ojos miel fijos al frente. Por dentro, su corazón era un motor fuera de control. Había pasado las últimas cuarenta y ocho horas ensayando sus respuestas, blindando su mente y preparándose para el inevitable choque contra el general. Esperaba que Camilo la mirara con ese reproche doloroso, que intentara acorralarla en el pasillo o que, al menos, dejara caer una de sus sonrisas canallas para recordarle que seguían unidos por un pacto.Megan estaba lista para la guerra contra la insistencia de Camilo. Pero no estaba lista para el vacío.Cuando dobló la esquina del corredor principal, la imponente silueta del General Superior ya estaba apostada junto a la entrada de su despacho. Camilo vestía el uniforme negro reglamentario de servicio, perf





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