Mundo ficciónIniciar sesiónDejando las copas vacías sobre la barra de mármol, Megan y Morgan se adentraron sin mirar atrás en la marea humana de la pista de baile. Se dejaron llevar por los ritmos electrónicos vibrantes y las luces bajas que envolvían el club en una neblina de sudor, perfume caro y misterio. Entre el calor de los cuerpos en constante movimiento, Megan apenas tuvo tiempo de adaptarse al compás de la música cuando sintió el peligro detrás de ella. Unas manos firmes, grandes y sumamente decididas aprisionaron su cintura desde atrás, pegándola a un torso que se sentía como una pared de piedra.
Su primer instinto, fiel a su naturaleza autoritaria y a su entrenamiento de autodefensa, fue girarse bruscamente para romper el agarre y poner en su sitio al atrevido que había osado tocar a la máxima autoridad del territorio. Sin embargo, las palabras que él susurró contra su oído la congelaron por completo, enviando una descarga eléctrica directo a su espina dorsal.
—Estás hermosa —le dijo, con una voz tan profunda, pausada y severa que le erizó la piel por completo.
Al darse la vuelta sobre sus tenis blancos, Megan se topó de frente con un hombre imponente. Era alto, de espaldas anchas que llenaban perfectamente una camisa oscura de sastre, con una piel clara y un cabello castaño que caía con un sutil y artractivo desorden sobre su frente. Pero fueron sus ojos verdes, intensos y brillantes como esmeraldas tras el antifaz que llevaba, combinados con unos labios sumamente provocativos, lo que la hipnotizó. Las palabras de reproche se le atoraron en la garganta. A pocos metros, Morgan captó de inmediato la electricidad estática que amenazaba con hacer arder el lugar; sonrió con complicidad.
—Hola, desconocido —respondió Megan, sosteniéndole la mirada con audacia, sin retroceder un solo milímetro a pesar de la imponente estatura del hombre.
—Hola, preciosa —susurró él. Su aliento cálido rozó la curva del cuello de Megan—. Solo un hombre ciego no iría detrás de una mujer que viste un vestido tan tentador y, aun así, camina por este antro con la cabeza tan alta. Tienes aire de mandar, de que el mundo te pertenece. Me gusta.
Megan soltó una risa suave, cargada de una deliciosa ironía, y apoyó las palmas de sus manos en el pecho de él, sintiendo el latido rítmicamente acelerado y el calor que emanaba a través de la fina tela de su camisa.
—Pues te sugiero que cuides dónde pones tus garras, desconocido, porque no recuerdo haberte dado permiso para gobernar mis movimientos.
Él sonrió de medio lado, una mueca canalla y posesiva que hizo que a Megan se le acelerara el pulso a niveles peligrosos. En lugar de alejarse como harían todos los hombres en el palacio, el militar la pegó aún más a su cuerpo, forzando a sus caderas a acoplarse al ritmo lento y sucio de la música.
—¿Andas arriesgándote? —le siseó él al oído, bajando la voz a un tono peligrosamente ronco—. Puedo sentir cómo te late el pulso aquí mismo, en la yugular... y dudo mucho que esos labios quieran que me aleje.
—Eres sumamente arrogante —replicó ella, clavándole sus ojos miel tras el antifaz, fascinada por un juego de poder donde, por primera vez, sentía que tenía un rival digno—. La arrogancia puede ser un boleto al infierno conmigo.
—El peligro es lo único que hace que una noche como esta valga la pena, ¿no crees? —Él bajó una de sus manos lentamente por la curva de su cadera, apretandola con una firmeza que la hizo jadear—. Apuesto lo que quieras a que debajo de esa máscara se esconde una boca que se muere por ser devorada. Andas jugando con fuego, preciosa, y apuesto también a que no eres de las que se asustan con un poco de presión.
Megan mordió su propio labio inferior, sintiendo una corriente ardiente instalarse en su vientre bajo. Le encantaba que no se doblegara, que la desafiara como nadie más en su reino se atrevía a hacerlo. Él no buscaba complacerla; buscaba dominarla.
—No me asusto, desconocido. Pero me aburro rápido si el juego solo se queda en palabras —provocó ella, rozando deliberadamente su nariz contra el cuello de él, oliendo su loción a madera y cuero—. Así que podrías intentar devorarme... si es que tienes el valor de llevarme a un lugar donde nadie más nos vea.
El hombre soltó un gruñido bajo, un sonido puramente animal que vibró directo contra el pecho de Megan. Sus dedos se enterraron con una urgencia posesiva en su cintura, eliminando cualquier milímetro de distancia entre sus cuerpos.
—Nunca cuestiones mi valor, preciosa —le siseó al oído, con la respiración notablemente alterada—. Porque si sigo tocándote así en medio de la multitud, voy a terminar empotrándote contra esta barra sin importarme quién esté mirando. Camina.
Lejos de intimidarse, a Megan se le dibujó una sonrisa altiva y triunfante en los labios. Le fascinaba haber desatado a la bestia detrás de ese hombre.
—Sácame de aquí —ordenó ella, manteniendo su esencia de mando incluso cuando el deseo ya le encendía la sangre.
Sin perder un solo segundo, él le atrapó la mano, entrelazando sus dedos con una fuerza casi dolorosa, y la arrastró con paso firme a través de la marea de gente, guiándola directo hacia la terraza más lejana y oscura del club, donde el aire fresco de la noche se convirtió en su único testigo.







