Megan tardó varios minutos en asimilar el silencio sepulcral que había quedado flotando en su despacho tras la partida del militar. Se puso de pie con lentitud, sintiendo las piernas extrañamente flojas, y caminó hacia el gran ventanal que daba a los jardines principales del palacio. Desde allí, oculta tras el pesado cortinaje de terciopelo, vio la silueta de Camilo cruzar el patio de armas. Su caminar era seguro, marcial e imponente, desbordando una autoridad innata que parecía haber nacido pa