Mundo ficciónIniciar sesiónEl estallido de luces tenues en tonos carmesí, la música vibrante que hacía retumbar el suelo y el murmullo embriagador de cientos de voces recibieron a Megan y a Morgan al cruzar las pesadas puertas dobles del club. El lugar estaba abarrotado, convertido en un laberinto de misterio y sofisticación. Hombres y mujeres de la alta sociedad de la periferia se movían de un lado a otro como sombras elegantes, vistiendo atuendos impecables y ocultando sus verdaderas intenciones tras llamativos antifaces de plumas, encaje negro y pedrería fina.
Megan se detuvo un segundo justo en la entrada y barrió el salón con sus ojos miel. El anonimato la envolvió como una caricia cálida. No reconoció a una sola persona entre la multitud, lo que le provocó una maravillosa y desconocida descarga de adrenalina en el pecho. Si ella, con toda la red de inteligencia del Estado, no podía identificar a nadie a simple vista, estaba completamente segura de que nadie la reconocería a ella. Por una sola noche, la gobernadora de Tierra Escarlata no existía.
Haciéndose paso con naturalidad entre la marea de desconocidos, ambas mujeres se acercaron a la barra de mármol negro, iluminada desde abajo por hilos de luz dorada. El barman las atendió de inmediato, fascinado por la presencia magnética de la recién llegada.
—Dos Elíxir de Seda, por favor —pidió Morgan con soltura, apoyando un codo en la barra y guiñándole un ojo a su amiga.
Cuando el hombre les entregó las copas de cristal cortado, Megan probó un sorbo de la mezcla. El vodka premium, el licor de moras silvestres y el toque seco de la champaña burbujearon en su garganta, encendiendo una agradable calidez en su estómago. Se apoyó de espaldas contra el mármol, cruzando los brazos para observar el panorama de la pista de baile, mientras Morgan se inclinaba hacia ella, dispuesta a iniciar la verdadera charla de la noche.
—Y bien... —comenzó Morgan con una sonrisa pícara, dándole un trago generoso a su bebida—. Ya que estamos convenientemente lejos del palacio y de las sofocantes montañas de papeles, ¿me vas a contar por qué has estado tan selectiva e insufrible últimamente?
Megan soltó una risa ahogada, recordando la absurda catástrofe de su último encuentro secreto. Se acercó más al oído de su amiga, permitiendo que el perfume costoso de Morgan y el olor a tabaco dulce del ambiente las rodearan para que la música no ahogara sus palabras.
—No te imaginas lo que me pasó con el último candidato —confesó Megan, moviendo la cabeza con una mezcla de diversión y genuina frustración—. El pobre chico no alcanzó ni a desvestirse.
Morgan abrió los ojos de par en par, deteniendo su copa a mitad de camino, sumamente intrigada.
—¿Cómo que no alcanzó? ¿Tan rápido lo despachaste?
—¡No fui yo! —replicó Megan en un susurro divertido, asegurándose de que el barman estuviera lo suficientemente lejos—. Estábamos en la suite y, apenas me vio quitarme el vestido y quedarme completamente desnuda, el hombre entró en pánico. Se puso pálido como un papel, se dio la vuelta y salió corriendo directo al baño.
—¿Al baño? —Morgan arrugó la frente, soltando una risita confundida—. ¿A qué?
—A contener el desastre, querida —soltó Megan, entornando los ojos con una mezcla de fastidio y gracia—. Justo cuando cerró la puerta, soltó un gemido tremendo... y no de dolor, precisamente. El pobre infeliz no aguantó ni dos segundos mirándome; terminó la faena él solo antes de que yo pudiera siquiera rozar las sábanas. Ahí se acabó toda la magia. Me volví a poner el vestido y me largué.
Morgan se quedó congelada un segundo, procesando la escena en su mente, hasta que soltó una carcajada tan fuerte que tuvo que taparse la boca con la mano libre para no llamar la atención de los hombres de la mesa contigua.
—¡No puede ser! —exclamó Morgan entre dientes—. ¡Era virgen! Te lo aseguro, Megan, ese tipo era completamente inexperto y la sola impresión de verte sin ropa lo superó por completo. Tu aura de reina lo destruyó.
Megan negó con la cabeza rotundamente, dándole otro sorbo pausado a su Elíxir de Seda.
—Imposible. Sabes perfectamente que la experiencia y la madurez son los primeros requisitos que le exijo a mi consultora para filtrar a los candidatos. Mi tiempo es demasiado escaso y valioso como para andar enseñándole el abecedario a un principiante.
—Bueno, de pronto el tipo mintió en el formulario y manipuló la entrevista —le respondió Morgan, encogiéndose de hombros con una sonrisa de complicidad—.
Megan suspiró, extrañamente divertida por la teoría, y dejó la copa vacía sobre la barra con un golpe seco. La calidez del alcohol ya estaba haciendo su efecto, relajando los músculos de su espalda.
—Como sea, por eso mismo esta noche no quiero filtros, ni agencias, ni aburridos contratos de confidencialidad —sentenció la gobernadora, ajustándose con firmeza el antifaz oscuro—. Solo quiero dejarme llevar por el instinto.







