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Capítulo 6: El lazo se cierra

Morgan llegó a los alrededores del club a media mañana, pero el panorama que encontró fue desalentador. El perímetro del edificio estaba completamente acordonado con cintas amarillas de precaución y varios oficiales de la policía local custodiaban la entrada principal con rostros de piedra, impidiendo el paso a los civiles y curiosos. Morgan intentó usar su encanto natural y su mejor sonrisa para convencer a uno de los guardias, inventando una historia rápida sobre un objeto de gran valor familiar olvidado en las mesas, pero el uniformado se mantuvo implacable.

—Nadie entra sin una autorización firmada, señorita. El edificio está bajo revisión estructural estricta tras el sismo —sentenció el hombre, cruzándose de brazos.

Morgan bufó, frustrada, y estuvo a punto de darse por vencida hasta que divisó una silueta conocida que cruzaba el vestíbulo interior entre los escombros ligeros.

—¡Jhon! —exclamó, agitando una mano con desesperación por encima del hombro del guardia.

El hombre, un imponente coronel de la Guardia Militar con el uniforme impecablemente alineado y el pecho cubierto de condecoraciones, se giró al escuchar la voz. Al reconocer a Morgan, una chispa de sorpresa rompió su severa expresión y se acercó de inmediato al cordón de seguridad.

—¿Morgan? ¿Qué demonios haces aquí? Este sector no es seguro hoy —dijo Jhon, haciendo una sutil señal al guardia para que se replegara.

—Jhon, gracias al cielo —suspiró ella, acortando la distancia para hablarle en un susurro apenas audible—. Anoche estuve aquí durante el temblor y... dejé algo de muchísimo valor personal en una de las terrazas superiores. Sé que suena como una locura superficial, pero de verdad necesito recuperarlo antes de que los equipos de limpieza registren el lugar. Por favor, déjame pasar solo cinco minutos. Te prometo que seré un fantasma.

Jhon la miró con fijeza y severidad por un instante, evaluando los riesgos militares de romper el protocolo, pero la larga historia de complicidad y amistad que compartía con ella terminó ganando la partida.

—Está bien, tienes cinco minutos exactos. Pero entras bajo mi supervisión y te mueves rápido —cedió el coronel, levantando la cinta amarilla con un movimiento rápido de su brazo.

Una vez adentro, aprovechando un descuido de Jhon con los ingenieros estructurales, Morgan se separó sutilmente con la excusa de buscar en los salones principales y comenzó la verdadera infiltración. Subió las escaleras con el corazón latiéndole en la garganta, dejando para el final la terraza más alejada y oscura; el lugar exacto que Megan le había descrito de madrugada entre lágrimas de rabia. Buscó con desesperación debajo de los muebles volcados, detrás de las enormes plantas decorativas de la entrada y sacudió los escombros de mármol.

Nada. El suelo de la terraza estaba completamente limpio, como si nunca hubiera pasado nada allí.

Morgan salió del club minutos después, visiblemente perturbada y con las manos vacías. En cuanto estuvo a una cuadra de distancia segura, se ocultó tras la esquina de una avenida residencial y marcó el número de su amiga.

En el palacio de Tierra Escarlata, Megan caminaba de un lado a otro en su despacho presidencial, ignorando por completo los informes de daños humanos y materiales que Saúl le había dejado sobre el escritorio a primera hora. Cuando el teléfono vibró en su mano, contestó al primer timbrazo.

—¿La tienes? ¿La encontraste? —preguntó Megan sin rodeos, con la voz rota por la ansiedad.

—Es imposible, Megan —respondió Morgan al otro lado de la línea, con un tono sombrío que encendió todas las alarmas de la gobernadora—. Recorrí cada maldito centímetro de esa terraza. No hay absolutamente nada. Las bragas no están por ningún lado. Alguien se nos adelantó.

A Megan se le heló la sangre en las venas. El miedo, crudo, punzante y humillante, la golpeó de lleno, obligándola a buscar apoyo.

—¿Cómo que no están? —exclamó en un susurro desesperado, dejándose caer pesadamente en su silla de cuero—. Morgan, esto es una catástrofe política. Si alguien del personal de limpieza o, peor aún, la inteligencia militar las encontró y se les ocurre rastrear la marca... ¡Es un encaje exclusivo hecho a medida por mi diseñador privado! Las costuras tienen hilos de plata que solo yo uso. ¿Ahora qué demonios voy a hacer?

—Tranquilízate, respira —la consoló Morgan, tratando de mantener la mente fría desde el teléfono—. No entres en pánico todavía. Tienes que llamar a tu consultora de inmediato. Ella es experta en manejar situaciones delicadas, filtrar información y comprar silencios. Pídele que idee un plan de contingencia para vigilar si esa prenda aparece en el mercado negro o para silenciar cualquier rumor antes de que llegue a la prensa.

—Sí... sí, tienes razón. La agencia sabrá cómo borrar el rastro —balbuceó Megan, presionándose las sienes con los dedos, tratando de recomponer su máscara de frialdad.

Justo cuando Megan se disponía a colgar para realizar la llamada de emergencia, la pesada puerta de madera tallada de su despacho se abrió de golpe y sin previo aviso, golpeando la pared.

Megan cortó la comunicación de inmediato y deslizó el teléfono bajo una pila de decretos oficiales, adoptando instantáneamente la postura rígida e implacable de una gobernante soberana. En el umbral apareció Saúl, su consejero jefe, vistiendo su habitual traje de gala y con una expresión de profunda solemnidad que aceleró el pulso de la joven.

—Gobernadora, disculpe la interrupción tan abrupta y fuera de agenda —anunció Saúl, dando un paso al frente y haciendo una reverencia formal—. Pero acaba de llegar el asunto de seguridad urgente del que le hablé la semana pasada. Es un absoluto honor para mí presentarle formalmente al nuevo General Superior de la Guardia de Tierra Escarlata. Él estará a cargo de toda la seguridad del territorio, el mando de las tropas y, en especial, de su protección personal a partir de este milisegundo.

Saúl se hizo a un lado con presteza, permitiendo la entrada del nuevo oficial. El eco de unas botas militares de cuero negro resonó con fuerza contra el suelo de mármol del despacho.

Megan levantó la vista, con el mentón en alto y el discurso de bienvenida protocolario listo en los labios, pero las palabras se le congelaron para siempre en la garganta.

Frente a ella, impecablemente uniformado y sosteniendo su gorra militar bajo el brazo, se encontraba el hombre de la terraza. El mismo cabello castaño perfectamente peinado, la misma estructura imponente y, sobre todo, aquellos intensos ojos verdes que la miraron con una mezcla letal de formalidad y absoluta suficiencia.

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