La acusación implícita quedó flotando en el aire del despacho, densa, pesada y asfixiante. Megan sintió el impulso casi frenético de esconder los pies bajo la silla, pero se obligó a quedarse inmóvil, congelando cada músculo de su cuerpo. Ocultar su calzado en ese preciso instante habría sido una confesión abierta de culpabilidad, y ella se negaba rotundamente a doblegarse ante un hombre, por muy General Superior que fuera y por mucho que le hubiera hecho temblar las piernas la noche anterior.