La acusación implícita quedó flotando en el aire del despacho, densa, pesada y asfixiante. Megan sintió el impulso casi frenético de esconder los pies bajo la silla, pero se obligó a quedarse inmóvil, congelando cada músculo de su cuerpo. Ocultar su calzado en ese preciso instante habría sido una confesión abierta de culpabilidad, y ella se negaba rotundamente a doblegarse ante un hombre, por muy General Superior que fuera y por mucho que le hubiera hecho temblar las piernas la noche anterior.Apretó los puños por debajo del escritorio de caoba, clavándose las uñas en las palmas con fuerza para anclarse a la realidad y no perder los papeles.—Está cruzando una línea sumamente peligrosa, General Camilo —le espetó ella, con una voz que recuperó milagrosamente su tono cortante, gélido y soberano—. Insinuar que la gobernante de Tierra Escarlata pasa sus noches de incógnito en clubes nocturnos de la periferia, usando tenis de plata, es una falta de respeto institucional que podría costarle
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