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Capítulo 4: Fuego y escombros

En cuanto cruzaron el umbral de la terraza desierta, la delicadeza se esfumó. Él la acorraló contra la fría pared de piedra y la besó. Fue un beso voraz, hondo y hambriento que le cortó la respiración a Megan de golpe; las piernas le temblaron de tal manera que tuvo que aferrarse con fuerza a su cuello, enterrando los dedos en su cabello castaño para no colapsar. Jamás en su vida había sentido una intensidad tan destructiva. Las manos del desconocido recorrieron su cuerpo con una urgencia posesiva, delineando sus curvas, subiendo a presionar sus senos por encima de la tela, mientras sus labios bajaban en una línea de fuego por su cuello, mordiendo con una devoción salvaje que la hizo gemir sin control.

Él deslizó una de sus manos grandes por el muslo de ella, levantando con lentitud el vestido corto. Al rozar su intimidad y notar la evidente humedad que la empapaba, una sonrisa de absoluto triunfo y deseo puro se dibujó en sus labios.

—Ya estás lista para recibirme —le susurró contra el oído, con el orgullo vibrando en su voz ronca.

Megan, lejos de dejarse intimidar por su arrogancia, bajó su propia mano con decisión, cruzando la barrera de la tela hasta encontrarse con la anatomía de él: una rigidez imponente y palpitante que delataba su urgencia.

—Y tú estás así desde que me viste —replicó ella con la misma moneda, recordándole el poder que ella también ejercía sobre su cuerpo.

El juego de orgullo mutuo encendió aún más la hoguera. Él le levantó una pierna, acomodándola con firmeza en su cadera mientras maniobraba con la otra mano. Sin embargo, antes de que pudiera empujar, Megan le detuvo el pecho, mirándolo con fijeza felina tras el antifaz.

—Protección —exigió con voz firme, una orden que no admitía discusión.

El hombre soltó un gruñido bajo de desaprobación, contrariado por la interrupción, pero la disciplina de su naturaleza se impuso ante la petición. Sacó un pequeño envoltorio del bolsillo, y en segundos, la tensión volvió a estallar.

Cuando finalmente entró en ella, el universo entero se detuvo. Ambos soltaron un jadeo unísono que se ahogó en el aire de la noche. Megan experimentó un torrente de sensaciones desconocidas, un placer tan agudo que le nubló la mente, mientras él se tensaba al máximo, abrumado por la calidez que lo envolvía. Era un encuentro único; por primera vez, ninguno de los dos lograba reconocer los límites de su propio dominio.

Incapaz de soportar la maravillosa tortura de la lentitud, Megan levantó su otra pierna y lo envolvió por completo con su cuerpo, entregándose a un vaivén frenético y demandante. El orgasmo la reclamó de una forma abrumadora, haciéndola arquear la espalda mientras pronunciaba un gemido que él devoró con sus labios. Al sentir el clímax de ella, el hombre perdió los papeles por completo; el control se le escapó de las manos y se entregó a ella con una fuerza que lo dejó temblando contra su pecho.

Se quedaron así unos instantes, unidos en la penumbra de la terraza, recuperando el aliento. Él comenzó a dejar besos suaves y húmedos en su hombro, saboreando el final del encuentro, cuando una repentina y violenta sacudida interrumpió el encanto.

Bajo sus pies, el suelo vibró con una fuerza descomunal. El crujido de las estructuras de concreto y el tintineo ensordecedor de los cristales rotos dentro del club no dejaron lugar a dudas: estaba temblando. En cuestión de segundos, la música se cortó de golpe, siendo reemplazada por el ulular estridente de las alarmas de emergencia y los gritos de pánico de la multitud en el interior.

La neblina del deseo se disipó instantáneamente, sustituida por una descarga pura de adrenalina. Se separaron con urgencia, obligados por el instinto de supervivencia. Con manos torpes y rápidas por el movimiento telúrico, ambos se arreglaron la ropa como pudieron. Megan se bajó el vestido de un tirón y se calzó los tenis, sin percatarse de que, en la prisa y la oscuridad reinante, su delicada ropa interior de encaje negro había quedado olvidada en el rincón más sombrío de la terraza.

Las puertas de emergencia se abrieron de par en par y las luces rojas tiñeron el lugar. Varios miembros de seguridad aparecieron con megáfonos.

—¡Evacuación inmediata! —bramaban—. ¡Diríjanse a las salidas exteriores!

El desconocido se giró de inmediato hacia ella. A pesar del peligro, sus ojos verdes reflejaron una profunda preocupación. Extendió la mano con desesperación, buscando la suya.

—Tenemos que salir de aquí juntos, ven conmigo —le dijo, intentando protegerla con su cuerpo.

Megan miró su mano. Sabía que una evacuación oficial significaba rescatistas, luces y el riesgo inminente de que su máscara cayera, revelando a la gobernadora de Tierra Escarlata en un escándalo mayúsculo. No podía permitírselo.

Aprovechando un violento empujón de la multitud que obligó al hombre a dar un paso atrás para no perder el equilibrio, Megan le dedicó una última mirada cargada de misterio. Se soltó de su alcance y, mezclándose con la masa de personas que corría hacia la calle, se dejó arrastrar por la corriente. Para cuando él logró estabilizarse y gritar buscándola en medio del caos, Megan ya se había fundido con la oscuridad, desapareciendo sin dejar rastro.

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