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El crepúsculo sobre Tierra Escarlata siempre traía consigo un aire denso, casi premonitorio. En el despacho presidencial, las lámparas de escritorio apenas lograban disipar las sombras que se acumulaban en las esquinas, un reflejo perfecto del ambiente político que rodeaba a la joven mandataria. Megan exhaló un suspiro cansado, frotándose las sienes antes de regresar la mirada a la enorme pila de decretos oficiales que exigían su firma.
—Vamos, Megan, es solo una fiesta de máscaras —insistió Morgan, su mejor amiga, mientras se apoyaba en el borde de la mesa de caoba y apartaba con el dedo uno de los tantos informes que bloqueaban la vista de la gobernadora—. Tienes que salir de aquí, dejar por un momento este encierro y tus malditas montañas de papeles.
Megan se recostó en su silla de cuero, cruzando las piernas con una sonrisa de suficiencia que ocultaba el agotamiento crónico de sus ojos miel.
—¿Andas controlando mi agenda ahora? ¿Cómo sabes que no dejo todo esto a un lado de vez en cuando? Sabes perfectamente que lo hago —le respondió, arqueando una ceja con desafío.
Morgan rodó los ojos y soltó una risa burlona, cruzándose de brazos.
—Sí, sé que tienes tus métodos de escape, pero tus "escapadas" secretas no siempre son la solución definitiva, querida. Estás demasiado tensa.
—En eso tienes razón, no siempre quedo satisfecha —admitió Megan, inclinándose hacia adelante y guiñándole un ojo con total picardía—. De hecho, últimamente ningún hombre da la talla ni me ofrece lo que realmente necesito. Todos son predecibles y aburridos.
Gobernar Tierra Escarlata no era una tarea para débiles; era un nido de víboras. El peso de todo un territorio descansaba sobre los hombros de Megan, una carga que se sentía el doble de pesada al ser la única heredera y no tener un solo familiar en quien apoyarse tras las duras traiciones de su pasado. El fantasma de la desilusión la había vuelto desconfiada, obligándola a levantar una fortaleza de hielo a su alrededor. Saúl, su viejo y fiel consejero, siempre se lo repetía con el mismo tono solemne cada vez que la veía trabajar hasta la madrugada:
«Debes conseguir una pareja, gobernadora. Este territorio es una bestia salvaje y este trabajo no es para una sola persona».
Pero, honestamente, a ella le parecía una misión imposible. No había un solo hombre en los círculos de poder que la completara, o que al menos no se sintiera completamente intimidado por el tamaño de su corona y su carácter de titanio. Los que se atrevían a cortejarla solo buscaban estatus, y ella detestaba la hipocresía.
Por eso, esa tarde decidió que la loca idea de Morgan no sonaba tan mal. Una fiesta de máscaras en el club de la periferia era la oportunidad perfecta: podría pasar completamente desapercibida bajo el anonimato, olvidarse del maldito protocolo y, quién sabe, quizás tener un momento de pura pasión con algún desconocido que no supiera quién era ella. Megan quería divertirse, disfrutar de un juego peligroso sin nombres, títulos ni compromisos, y regresar a sus deberes reales al día siguiente como si nada hubiera pasado.
Para el disfraz, decidió dejar atrás la suntuosidad y los rígidos vestidos de gala del palacio. Se vistió con algo mucho más sencillo pero audaz: un vestido negro, corto y ceñido al cuerpo que acentuaba sus curvas, una coleta alta bien pulida que despejaba su cuello y sus infaltables tenis blancos con hilos de plata que destellaban sutilmente. Para ella, la comodidad nunca se negociaba, ni siquiera en una noche de incógnito. Si la situación se complicaba, tenía que estar lista para cualquier imprevisto.
Morgan apareció minutos después en el vestidor, sosteniendo dos elegantes antifaces oscuros que ocultaban perfectamente las facciones del rostro.
Para cerrar el plan, la gobernadora mandó llamar a su consejero a la oficina contigua.
—Saúl, necesito que organices un transporte sencillo ahora mismo —le ordenó Megan, deteniendo las inevitables objeciones del anciano con una mirada fría y tajante—. Quiero un vehículo común, algo de bajo perfil que no llame la atención. Y no te preocupes por el chofer, conduciré yo misma.
Saldría del palacio sin escolta militar. No quería que en esa fiesta nadie supiera quién era ella. Esta noche, Tierra Escarlata no tendría reina; solo sería Megan.







