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Capítulo 5: Pistas en la penumbra

En cuanto Megan cruzó las puertas pesadas de su residencia oficial, despojándose de la chaqueta que apenas la cubría del frío nocturno, la adrenalina pura del sismo empezó a mermar. Sin embargo, una nueva y terrible oleada de pánico, mucho más fría y racional, la golpeó de frente. Fue justo al quitarse el ceñido vestido negro en la intimidad de su enorme habitación cuando sus manos palparon el vacío.

Se quedó congelada bajo las luces tenues, con la respiración suspendida en los labios. El encuentro había sido tan salvaje, tan descontrolado y frenético, que en la prisa por arreglarse la ropa durante la evacuación del personal de seguridad, había olvidado por completo sus bragas. Se habían quedado allá, en el suelo de esa terraza oscura.

—No puede ser, no puede ser —susurró para sí misma, caminando en círculos sobre la alfombra mientras se pasaba las manos por el rostro—. Es una maldita broma del destino.

La cabeza le daba vueltas a mil por hora. Necesitaba idear una estrategia de inmediato para regresar a ese edificio y recuperar la prenda antes de que el personal de limpieza o las autoridades del club la encontraran. El riesgo político era absurdo; era inadmisible que la máxima gobernante de Tierra Escarlata dejara ese tipo de evidencia en el lugar de un escándalo público. Con el corazón latiéndole con fuerza en la garganta, tomó su teléfono y marcó el número de Morgan.

—¿Megan? ¿Estás bien? —la voz de su amiga sonó agitada y con el ruido de la calle de fondo al otro lado de la línea—. El temblor fue fuerte, te busqué entre la multitud pero te tragó la tierra...

—Morgan, tengo un problema gigante —la interrumpió Megan, con un hilo de voz que oscilaba peligrosamente entre la euforia flotante de la pasión que aún sentía vibrar en su cuerpo y el terror absoluto del descuido—. Dejé mi ropa interior en la terraza del bar.

Hubo un segundo de silencio sepulcral en la línea, seguido por una carcajada tan ruidosa y estridente que Megan tuvo que apartar el teléfono de su oído de inmediato. Morgan se reía con ganas, sin poder contenerse. Jamás en todos sus años de amistad había escuchado a la implacable y fría gobernadora sonar de esa manera: completamente humana, vulnerable y desquiciada por un desliz pasional.

—¡Cállate, Morgan! No tiene la más mínima gracia —siseó Megan, aunque una sonrisa nerviosa y resignada se le escapó—. Si alguien encuentra esa prenda de diseñador y la inteligencia del palacio empieza a investigar las huellas...

—Está bien, está bien, lo siento, pero es que es una joya de anécdota —dijo Morgan, tratando de recuperar el aire entre risitas—. La mismísima soberana de Tierra Escarlata, derrotada por un par de bragas de encaje. Escúchame, quédate tranquila en el palacio. Tú no puedes volver allá, sería un suicidio mediático ver a la gobernadora merodeando un club clausurado por un sismo. Yo me encargaré personalmente de burlar el perímetro y buscar la prenda. Nadie me conoce, inventaré cualquier excusa con los guardias.

—¿Harías eso por mí? —preguntó Megan, soltando el primer suspiro de alivio real de la noche.

—Por supuesto. No podemos dejar que la reputación de mi gobernadora favorita caiga por culpa de una noche de copas y un misterioso hombre de ojos verdes. Quédate ahí, yo te aviso en cuanto la tenga en mis manos.

Megan colgó, sintiendo que recuperaba un poco el control de su propio imperio.

Sin embargo, lo que ninguna de las dos sospechaba era que el destino ya corría a una velocidad de combate. En ese mismo instante, aprovechando la confusión del sismo y utilizando una autoridad silenciosa que los rescatistas civiles no se atrevieron a cuestionar, el hombre de los ojos verdes regresó al lugar.

Vestido de civil pero con un andar marcial e implacable, cruzó las cintas amarillas de peligro y recorrió las instalaciones vacías del club clausurado. Con paso firme y seguro, subió las escaleras de emergencia hacia el ala exterior, la cual ahora se encontraba sumida en un silencio sepulcral bajo la luz de la luna. Caminó despacio, barriendo el suelo con su mirada esmeralda, apenas iluminada por los destellos intermitentes de las alarmas del edificio. No sabía exactamente qué buscaba; tal vez una pista, un nombre, un rastro de la misteriosa mujer que le había hecho temblar el mundo antes de que la tierra misma lo hiciera.

Entonces, justo cerca de la pared de piedra donde la había acorralado y devorado minutos antes, divisó un pequeño trozo de tela oscura que contrastaba con el polvo del concreto.

Se agachó con parsimonia y lo recogió entre sus grandes dedos. Al palpar la delicada, suave y costosa seda negra, una sonrisa ladeada, cargada de una absoluta suficiencia y diversión peligrosa, se dibujó en sus labios. La reconoció de inmediato. Se llevó la prenda cerca del rostro por un breve segundo, impregnándose del aroma embriagador a perfume y piel que emanaba de ella, antes de doblarla con un cuidado casi militar y deslizarla con total tranquilidad dentro del bolsillo interior de su chaqueta.

Ya tenía el hilo conductor. Ahora solo era cuestión de tiempo para cazar a su dueña.

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