El hombre que acababa de invadir el despacho presidencial no parecía un subordinado común; parecía un deudor cobrando una cuenta pendiente. Tenía las facciones más perfectas y masculinas que Megan hubiera visto jamás: una mandíbula firmemente esculpida, rasgos tallados con precisión y un porte imponente que llenaba por completo cada rincón del lugar.
A medida que él avanzaba hacia el escritorio, un aroma familiar se adelantó a sus pasos. El rastro de su loción llegó directo a las fosas nasales