La puerta principal no se abrió; fue arrancada de sus bisagras.
—¡SÁCALE LAS MANOS DE ENCIMA! —un rugido, más animal que humano, hizo que Javier se congelara.
No tuve tiempo de procesar nada. Javier fue arrancado de encima de mí con una violencia tan súbita que sentí el viento en mi cara. Escuché el sonido de carne golpeando carne, huesos rompiéndose y el grito ahogado de Javier antes de que el silencio volviera a reinar, roto solo por una respiración pesada y errática.
Cerré los ojos, tembland