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CAPÍTULO 4: El rastro del veneno

Dominic Blackwood

Nadie me toca la cara. Nadie me da la espalda. Y, sobre todo, nadie se ríe de mí en una habitación llena de personas que darían su vida por no respirar mi mismo aire.

El rastro de su perfume, algo que olía extrañamente a cítricos y a una libertad que yo no conocía, todavía persistía en mi solapa cuando crucé las puertas de la mansión Blackwood. El silencio de mi hogar solía ser mi refugio, pero esta noche se sentía como una burla. El eco de la carcajada de esa mujer —Chloe Ross— resonaba en las paredes de mármol de la entrada, recordándome que había una grieta en mi control.

—Estás tenso, Dom. ¿A quién mataste hoy o a quién olvidaste matar? —La voz de mi hermano mayor, Spencer, llegó desde la biblioteca.

Entré y lo encontré rodeado de papeles y pantallas. Spencer era el lado "limpio" de los Blackwood. Mientras yo gobernaba las sombras y me manchaba las manos de sangre para mantener nuestro apellido en la cima, él manejaba el imperio legal con una frialdad matemática. Éramos dos caras de la misma moneda; él el orden, yo el caos que permitía que ese orden existiera.

—Una mujer —solté, sirviéndome un vaso de whisky. El hielo tintineó contra el cristal, un sonido que siempre me calmaba, excepto hoy.

Spencer levantó la vista, arqueando una ceja. —¿Una mujer te puso así? Debe ser una santa o el mismísimo diablo.

—Es el karma —mascullé, recordando sus palabras—. Dice llamarse Chloe Ross. Me insultó en la gala, se burló de mi estatus y me dio una palmadita en la mejilla como si fuera un perro faldero.

Spencer soltó una carcajada corta. —Me agrada. Alguien que finalmente no te mira como si fueras a degollarlo en cualquier momento.

—No me agrada a mí. Nadie me falta al respeto y vive para presumirlo.

Salí de la biblioteca antes de que Spencer pudiera seguir analizándome. En el pasillo, un estruendo de algo rompiéndose me indicó que mi hermana menor, Mía, estaba cerca. Ella era un torbellino pelirrojo con pecas en la nariz que parecía decidida a destruir la mansión antes de graduarse en Derecho.

—¡Suéltame, pedazo de roca andante! —el grito de Mía venía del jardín trasero.

Me asomé al balcón y vi la escena. Liam, el ex militar que Spencer había contratado para protegerla, la sostenía del brazo con una calma que rozaba lo insultante. Liam tenía veinticinco años, era eficiente y, por lo que veía, el único ser humano capaz de mantener a la "Pulga" a raya. Mía pataleaba, pero Liam ni siquiera parpadeaba. Su disciplina era impecable. Me caía bien el tipo; no hablaba mucho, hacía su trabajo y protegía la vida de mi hermana como si fuera la suya propia.

—Es por tu seguridad, señorita Blackwood —escuché decir a Liam con esa voz monótona de soldado.

—¡Me llamo Mía! ¡Y eres un dolor de muelas! —rugió ella, aunque su rostro estaba más rojo por la frustración que por la ira.

Me aparté. No tenía tiempo para los dramas de mi hermana. Fui directo a mi despacho, el lugar donde las órdenes se convertían en sentencias. Saqué mi teléfono y marqué a Marco, mi jefe de seguridad y el hombre que manejaba mis contactos en el bajo mundo.

—Marco —dije en cuanto descolgó—. Quiero todo.

—¿Todo sobre quién, jefe?

—Chloe Ross. Estaba en la gala de Samara. Vestido verde, cabello castaño ondulado, ojos café. Dice ser consultora de Nueva York. Quiero su dirección, su historial bancario, quiénes son sus padres y hasta el nombre del perro que tuvo a los cinco años. No permitas que se me escape un solo detalle.

—¿Nombre artístico o real? —preguntó Marco, ya tecleando.

—Averígualo tú. Si el apellido Ross es real, quiero saber por qué no tiene miedo. Y si es falso, quiero saber qué está escondiendo detrás de esa lengua de plata.

Colgué y me quedé mirando la oscuridad del jardín. Liam todavía estaba allí abajo, vigilando a Mía desde las sombras. Era irónico; Spencer quería una vida limpia para nosotros, contratando militares ejemplares como Liam para cuidar de nuestra familia, mientras yo me hundía cada vez más en la obsesión por una mujer que me había desafiado en público.

Chloe Ross pensaba que yo era un villano de película. No tenía idea de que, en mi mundo, los villanos no aceptan un "no" por respuesta. Me había llamado aburrido, me había tocado sin permiso y se había marchado como si fuera la dueña de la noche.

—Disfruta de tu libertad mientras puedas, Chloe —susurré para la habitación vacía—. Porque cuando sepa quién eres realmente, te voy a encerrar en una jaula de oro hasta que me pidas perdón de rodillas.

Esa noche no dormí. Cada vez que cerraba los ojos, veía esa sonrisa burlona y sentía el calor de su piel contra la mía. Ella creía que era mi karma. Yo iba a demostrarle que el karma solo es una excusa para los que no tienen el poder de cobrar sus propias deudas.

Y yo cobraba todas mis facturas con intereses de sangre.

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