Dominic Blackwood
El sótano de la mansión Blackwood no tiene ventanas. No las necesita. El aire aquí abajo es pesado, con un olor persistente a humedad, hierro y el miedo rancio que emana de los hombres que saben que su vida ha llegado a un callejón sin salida.
Bajé las escaleras con una calma que habría aterrorizado a cualquiera, pero mis nudillos, todavía enrojecidos por los golpes del día anterior, ansiaban terminar el trabajo. Marco me esperaba junto a la puerta de acero reforzado.
—Está de