Dominic Blackwood
Entrar en este taller se había convertido en un hábito peligroso. Mis hombres rodeaban el bloque en Shoreditch como si estuviéramos protegiendo un cargamento de diamantes, pero la realidad era mucho más volátil. Estábamos protegiendo a una mujer que, veinticuatro horas después de haber sido atacada, ya estaba de pie, con un pincel en la mano y la misma mirada de desprecio de siempre.
La luz de la tarde bañaba el desorden de su estudio. Chloe estaba frente a un lienzo, moviendo